Poco queda reconocible de Susanne Bier en su última obra, Amor es todo lo que necesitas, una sumersión en la comedia romántica y protagonizada por Pierce Brosnan y Trine Dyrholm. Sólo retazos en la puesta en escena hacen reconocibles ciertos estilemas de la directora, y nos conectan con aquellos duros retratos de la sociedad contemporánea, como esa magnífica disección de la violencia como motor humano de In a better world (En un mundo mejor). Una cámara violenta, dinámica, con movimientos bruscos en ocasiones, nunca estática, es lo que queda de su época dogma 95. Porque Amor es todo lo que necesitas es, precisamente, una evasión, una dulce evasión a Italia de los personajes y una evasión a la comedia romántica del espectador. Pero claro, con el estereotipo como eje del film.

El relato tiene como telón de fondo el matrimonio, en Sorrento, de una pareja de jóvenes, que deciden reunir a todos los familiares en la localidad italiana para celebrar la boda. El contexto de pasión en un territorio foráneo sirve como marco perfecto para la transgresión de los lazos familiares, y así es como el padre del novio, Phillip (Pierce Brosnan) y la madre de la novia, Ida (Trine Dyrlholm) comienzan un progresivo acercamiento que les hará relativizar su vida pasada. Por un lado, Phillip, tras la muerte de su esposa, se ha dedicado incansablemente al trabajo y apenas concede tiempo a su vida privada; por otro lado, Ida tiene un marido infiel y poco sensible, y sufre cáncer.

Lo más interesante del film es la construcción de personajes realistas, gracias al empeño que ha puesto Susanne Bier en la interpretación y en la definiciión de múltiples facetas de su personalidad. Los actores cumplen con su personaje de forma bastante acertada, y en ningún momento existen personajes planos o estereotipos: son extraídos de la realidad. Aunque claro, de la realidad que ha decidido retratar Susanne Bier, unas clases medianamente acomodadas, y que muestran una belleza caduca en sus fotogramas: es la belleza de la utopía tardocapitalista de los años noventa, que apenas se ajusta con los rostros que pueden atisbarse hoy en la calle, y que se ajustan más bien a una convención del PP (o quizá en Dinamarca todavía pasean por las avenidas esos rostros).

Pero estos personajes redondos chocan contra la trama, una trama construida en base al cliché y a la situación convencional del género de la comedia romántica. Así, todo realismo termina por desinflarse ante una narración totalmente previsible y que puede provocar tedio en algunos tramos en su visionado, pues todos conocemos el destino de esos personajes, simplemente por haber habitado en los años noventa y consumir sus productos cinematográficos.

El film me interesa por la explicitación de que toda vivencia humana es, ante todo, una ficción. Todo se acumula en la vida de Ida: la infidelidad, el cáncer y la tendencia al aislamiento, y todo termina deviniendo una ficción, todo es psicosomático, y depende de la perspectiva con que lo afronte el personaje; del mismo modo, la boda de los hijos es una ficción que permite la transgresión de las convenciones de vida. Todo el relato se construye en torno a ficciones que se construyen los personajes, y que estallan en su irrealidad en un momento dado, para ofrecer a cada personaje su dosis de verdad.

Y, lo que más me divierte es esa idealización de Italia, pues está filmada siempre inundada de luz y primavera, en comparación con una Dinamarca surcada de líneas geométricas que oprimen a sus personajes, de lluvia y de incomunicación. Algo sorprendente en una directora de Dinamarca, pues desarrolla algunos clichés en su tratamiento del espacio. Casi parece explicitar la necesidad que Europa del Norte tiene de la Europa del mediterráneo, como una cara B que requieren visitar a menudo para olvidar ciertas fronteras humanas, lo que convierte en Italia es una especie de paraíso y, a la vez, en una especie de colonia de la riqueza del norte. Discurso de reconciliación o de colonización, pero al fin y al cabo, Italia como utopía, idea curiosa hoy en día y más propia de los años cincuenta.

Aún así, esta película sólo es recomendable para aquellos fans de la comedia romántica, y casi es preciso ubicarse en la posición de un espectador naïf para poder asimilar la trama que nos propone. Una trama romántica, alejada del cinismo y la ironía postmodernas, de modo que a veces es difícil reconocerse en la imagen, pues todo deviene ideal. Falta una mayor subversión, pero el propósito de la directora es ese: hacer una comedia romántica que permita fabular con los personajes, aunque lo consigue a medias.

2 estrellas