En 2008, Matteo Garrone obtuvo el Premio Especial del Jurado por Gomorra, la adaptación al cine del libro de Roberto Saviano, donde aborda una visión crítica de la mafia napolitana. Su cámara recogía con gran veracidad los acontecimientos, siguiendo la tradición neorrealista de la cinemtagrafía de su país, recogiendo, sin concesiones, la crudeza de la situación: es una gran descripción de los abismos por los que se mueve esa esfera social. Este año, Garrone repetía premio en el mismo festival: obtuvo de nuevo el Premio del Jurado por su última obra, Reality. Una obra que pretende ser una pequeña vuelta de tuerca del neorrealismo.

Ya una de las elecciones más destacadas es una característica propia del neorrealismo más puro: el recurso a actores no profesionales. El protagonista de Reality es Aniella Arena, un preso que lleva más de veinte años en la cárcel de alta seguridad de Volterra, en Pisa, y que obtuvo un permiso para poder protagonizar el film, aunque no pudo salir para asistir al festival de Cannes. Interpreta a Luciano, un pescadero que realiza pequeños timos junto con su mujer para poder ganarse la vida, y que divierte al vecindario con su excentricidad. Pero todo cambia cuando un día decide presentarse al casting de Gran Hermano, pues cambiará su percepción de la realidad.

Y aquí está el leve giro que hace Garrone en su retrato neorrealista de Italia: su cámara ya no pretende captar, como hacía Roberto Rossellini, los hechos en bruto, de cuya observación, con la mínima manipulación posible, emergía una epifanía, una cierta verdad sobre la sociedad. Garrone es consciente de que la sociedad italiana ha sido transformada por los medios, pues la realidad es un reflejo de la imagen audiovisual, procedente de cine o televisión. Ya no es posible que el cine tome la realidad en bruto cuando el cine mismo ha transformado la realidad.

Así, es un neorrealismo autoconsciente de su propia participación en el imaginario social: la realidad se sabe construida, y el neorrealismo de Garrone capta la doble capa que la constituye, realidad ficcionalizada o ficción real. El director trata de captar aquello que, tan prematuramente, supo describir el filósofo francés Jean Baudrillard en la construcción de su concepto hiperrealidad. La hiperrealidad es el contexto en el que habita el ser contemporáneo, incapaz de distinguir entre la realidad y la simulación, pues la realidad ha sido invadida por su imagen clonada.

En el s. XX, el ser humano confió en los sistemas de representación de la realidad que el progreso capitalista ofrecía: los medios de masas representaron, en oleadas cósmicas de flujos de información, el acontecimiento concreto (que pierde su carácter matérico), y al final, devino más importante la transmisión del hecho que su acontecer, creándose así la hiperrealidad. Un ejemplo perfecto de hiperrealidad es el capitalista financiero: es un enorme simulacro del intercambio de materias, pues es un sistema que genera socialmente un valor de signo sobre un fragmento de realidad que carece de valor; lo que vale es el intercambio, no el objeto de cambio. De este modo, el vacío, la materia inerte, adquiere una valoración social a través de un signo, no vale por sí misma. La realidad se desmaterializa, y sólo queda la representación, que ha colonizado la genética de la materia:

No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real.

El ser humano flota en un universo de signos sin significado asignado, pues una vez creados, se desligaron del referente y devinieron concepto abstracto. Ya no hay un referente que impone al ser humano su hegemonía, sino que el signo desborda al referente y se autonomiza hasta borrar su huella:

Entonces, todo el sistema queda flotando convertido en un gigantesco simulacro —no en algo irreal, sino en simulacro, es decir, no pudiendo trocarse por lo real pero dándose a cambio de sí mismo dentro de un circuito ininterrumpido donde la referencia no existe.

Así, Garrone pretende captar la hiperrealidad de una sociedad que ya no es real, sino que es un reflejo de la televisión, o más exactamente, de Gran Hermano. Gran Hermano es, en realidad, una metáfora de esta nueva constitución de la realidad, en la que la observación de sí misma ha generado una copia sin referente. Así, los personajes de Reality quieren participar en el reality show, y fundan su búsqueda vida en la aspiración a participar en tal programa de televisión hasta el punto de comportarse como una figura televisiva. El ser humano está mediado, es a través de los medios.

Es interesante ver que Garrone no capta la realidad en bruto, sino que la filtra a través del sistema formal de Federico Fellini, una puesta en escena que, en una ocasión, sirvió para reflejar la realidad, pero que ya se ve como una mediación. Reality está construida, como el cine de Fellini, a través de planos de duración extensa y plagados de personajes: es una film coral, como la obra de Fellini. Y los rostros de los actores se toman por su feísmo y adscripción a la categoría estética de lo grotesco: siempre se busca un tono pintoresco en la imagen.

Si Fellini una vez captó Italia gracias a su puesta en escena, ahora la realidad está mediada a través de tales recursos formales: Italia se ve a sí misma así. Y Garrone la capta así, porque quiere representar una realidad transformada. Su idea de la realidad como ficción llega a puntos extremos cuando incluso pretende tomar la religión como otra ficción humana, pero ahí el film se le escapa de las manos: es un tema tan complejo que merece un análisis detallado diferente.

Porque el problema de Garrone es que pretende más de lo que da: su puesta en escena y el desarrollo narrativo del film no cubren todos los frentes abiertos. Es una obra demasiado dispersa, y que diluye su discurso en una exaltación constante del feísmo, que a lo mejor impide un discurso mucho más complejo e interesante. Por mi parte, me quedo con las primeras secuencias, el magnífico plano-secuencia de apertura y la fiesta, donde se funde realidad y ficción con gran eficacia; después, todo es una deriva.

3 estrellas