La película Hasta la vista llega a los cines con un buen cartel, después de que el año pasado su director, el belga Geoffrey Enthonven, se alzara con la Espiga de Oro en la Semana Internacional de Cine de Valladolid, además de otros muchos premios en diversos festivales de cine independiente. El argumento de la película es muy engañoso, narra el viaje en caravana de tres amigos belgas, un parapléjico, un paralítico por culpa de una grave enfermedad y un ciego para llegar a un prostíbulo en España especializado en gente minusválida. Este trayecto en busca de perder la virginidad tiene como destino Punta del Mar, en Málaga, donde está el burdel El Cielo.

Haciendo caso a la sinopsis, podría ser el argumento de una comedia de baja calidad que solo busca el chascarrillo fácil. La primera secuencia no ayuda a quitarte esa idea de la cabeza: dos jóvenes de prominentes pechos hacen footing por la playa y la cámara se centra en el bote de sus atributos durante una eternidad. Cuando acaban, descubrimos que estamos viendo la acción desde el punto de vista de Philip, el joven parapléjico. Precisamente esta cercanía y crudeza para plasmar el sentimiento de los protagonistas es lo que nos hace darnos cuenta de que la película es algo más que una road movie sexual.

El cineasta Geoffrey Enthonven está convirtiéndose en un director especializado en tratar temas ásperos y muy difíciles de llevar a la gran pantalla. En su anterior trabajo Meisjes cuenta la historia de un grupo de septuagenarias con Alzheimer que comienza una aventura musical formando un grupo. Aparte de su arrojo para elegir la temática de su filmografía, otro elemento común es el tono de su cine, aunque con tintes irremediablemente dramáticos, firma comedias como Hasta la vista, que consiguen ser ácidas sin caer en la vulgaridad o el mal gusto. En esta cinta, consigue encontrar la comicidad en las dificultades cotidianas de tres jóvenes, que a pesar de su discapacidad no dejan de tener las necesidades y las inquietudes de cualquier chaval con las hormonas revolucionadas.

Hasta la vista no habla de sexo, es solo un pretexto. Es un canto a la libertad individual de acción y de decisión de tres amigos acostumbrados a no tener ninguna independencia. Enthoven abusa con acierto de los planos cortos y de la mirada subjetiva para que empaticemos con los protagonistas, relatando pequeños momentos cotidianos de sus vidas. Realmente lo consigue y en ciertos momentos de la película el espectador llega a sentir angustia por la falta de libertad real que tienen los tres chicos, sobreprotegidos e infantilizados en ciertos momentos por sus familias. Pero la película también aborda el tema de la paternidad en estas condiciones, y lo complicado que es no ser demasiado controlador cuando tu hijo tiene unas limitaciones tan obvias.

El propio director señaló que siendo un joven minusválido tienes todas las virtudes y los defectos típicos de la edad. La virtud reside sobre todo en la valentía de los tres amigos, que se ponen el mundo por montera y se montan en una destartalada furgoneta para vivir sus sueños. Además, como la gente de su edad, siguen teniendo esa concepción pura de la amistad por encima de todo. Pero también tienen la lívido adolescente, y sobre todo las ganas de conocer mujeres con las que compartir experiencias más allá del sexo. Un argumento que te hace reflexionar sobre una sexualidad que es disfuncional y casi nunca aceptada por una sociedad como la nuestra, plenamente superficial. Como ejemplo, una escena especialmente dura donde somos testigos de la imposibilidad de los tres amigos de socializar con tres chicas españolas y el rechazo inconsciente que provoca en ellas una silla de ruedas.

La puesta en escena es sencilla y realista, sin ningún artificio innecesario y con un ritmo muy ágil. El inicio es algo precipitado, pero te introduce rápidamente en el meollo de la película, donde destacan unas cuantas situaciones muy cómicas durante los preparativos del viaje. Hasta la vista, a pesar de tener muy buenos momentos de humor negro, va perdiendo fuelle a medida que los protagonistas avanzan kilómetros en su aventura, y la parte final se estanca definitivamente, recreándose en algunos aspectos demasiado sentimentales.

Mención especial merecen los actores, que ofrecen una actuación creíble y muy natural, algo complicado si pensamos en lo difícil que es ser expresivo interpretando a un parapléjico o a un ciego. Geoffrey Enthonven quiso buscar minusválidos reales para este proyecto, pero ante la excesiva dificultad del rodaje, decidió contratar actores profesionales. Seguro que quedó satisfecho con el resultado.

En definitiva, Hasta la vista es una interesante tragicomedia que te hace reflexionar sobre lo las barreras sociales y sexuales con las que se enfrentan muchos minusválidos. A pesar de todo, la película tiene un ritmo inconstante, la parte final es demasiado obvia y es fácil prever el desenlace mucho antes de que acabe. Aun así, con sus defectos, nos ofrece una historia muy vital con la que pasar una buen tarde.

3 estrellas