El Festival de Cine 4+1, celebrado la semana pasada de manera simultánea en Argentina, Brasil, Colombia, México y España, abrió su tercera edición ofreciendo en exclusiva Amour del cineasta germano-austríaco Michael Haneke. Con esta cinta, el director ganó la Palma de Oro en la última edición del festival de Cannes, la segunda que consigue durante su carrera después de seis nominaciones. La película nos presenta a un matrimonio anciano: dos músicos retirados que disfrutan de una plácida y acomodada vida juntos, que asisten en la secuencia inicial a un concierto de piano interpretado por un virtuoso pianista que resulta ser un antiguo alumno.

Como es frecuente en la filmografía del director, sus películas arrancan con esta falsa sensación de calma y tranquilidad. Sitúa al espectador en una posición cómoda frente a lo que está viendo, antes de perturbarle con esa visión desgarradora que tiene de la existencia. El amor es un tema casi inédito para Haneke, todo un especialista en plasmar audiovisualmente la violencia y la inhumanidad que en muchas ocasiones es capaz de alcanzar el ser humano. Amour, a pesar de tener esta firma inconfundible, es la película más conmovedora e indudablemente tierna que ha salido de la cabeza del genial cineasta.

El elemento que convulsiona la historia, al contrario de lo que ocurre en Funny Games o en Caché, no es un individuo. En Amour es la enfermedad la que trastoca la vida de este matrimonio retirado, actuando como un monstruo aún más insensible e implacable que los terribles personajes que suele crear Haneke. Un día, Anne (Emmanuelle Riva) se queda totalmente catatónica mientras desayuna con su marido Georges (Jean-Louis Trintignant). La mujer vuelve a la conciencia tras no reaccionar durante varios minutos, pero no recuerda nada de lo ocurrido. En el hospital se confirman los peores augurios, y Anne vuelve a casa con medio cuerpo paralizado y con una enfermedad degenerativa que la va devastando física y mentalmente.

El sufrimiento de Anne es el punto de partida de un relato bello y a la vez terriblemente angustioso, que mantiene al espectador pegado a la butaca sobrecogido e incomodo, pero a la vez tremendamente fascinado por la manera que tiene Haneke de narrar. Y que nadie se engañe, la película es lenta, algo que se ha convertido casi en una marca de autor para el cineasta. Pero la elección del ritmo no es una decisión trivial. Haneke es un verdadero maestro de la narración, y consigue detener el tiempo de la acción para hacernos entender –y padecer- el sufrimiento gradual que vive Georges mientras va perdiendo a la persona que ama. Una angustia acentuada por el escenario donde trascurre la historia: esa casa que nos parece acogedora en un principio, se va viendo cada vez más fría y abandonada a medida que la soledad de George crece. Haneke no nos permite salir de esas cuatro paredes y las convierte en una jaula vital para los dos protagonistas.

Como nos viene acostumbrando con sus anteriores trabajos, los planos amplios, fijos e interminables predominan en la película. En muchas ocasiones sitúa la cámara en la parte opuesta del pasillo donde acontece la escena, de esta forma transforma la perspectiva del espectador, convirtiendo a la audiencia en unos voyeurs de la relación íntima de un matrimonio que camina de la mano por los senderos del amor y la muerte. La película alcanza tal grado de verosimilitud que sacude con furia los sentimientos de un público muy poco acostumbrado a presenciar cosas similares en la gran pantalla.

La enfermedad se convierte en la prueba de amor más dura y salvaje a la que tiene que someterse un marido, condenado a presenciar impotente el trayecto de decrepitud que nos lleva irremediablemente a la muerte. La descomposición del amor juvenil y carnal nos abre la puerta a un afecto puro y honesto, que se confunde en ciertos momentos con otros sentimientos como la piedad. Haneke nos demuestra que el amor verdadero reside en la sensatez del que ansía evitar el dolor de su amada por encima de todo. Un clímax visual que alcanza la película en una escena preciosa, cuando George sostiene la cabeza de Anne en su primer ataque de parálisis y observa sus ojos inertes.

Otro aspecto fundamental en Amour es el simbolismo que confiere Haneke a ciertos detalles a lo largo de la película: el agua, la paloma, el piano o la música clásica –siempre intradiegética-, que va desapareciendo a medida que la enfermedad avanza. Como siempre ha defendido, él es un director que desposee al espectador de las riendas de film, y no da respuestas a las preguntas que plantea, porque su cine no ha sido creado para ser consumido, sino para ser razonado.

En definitiva, Amour es una película sobrecogedora, dirigida impecablemente y con unas actuaciones excelentes. No es fácil de ver ni de digerir, pero todo el que se atreva a adentrarse en la historia sentirá durante dos horas emociones encontradas, de la misma manera que George se balancea entre la ternura y el dolor. Después, una vez que se apague la pantalla y salgamos a la calle, sólo nos quedará respirar aliviados y alejarnos de este fragmento de realidad creado por Haneke.

5 estrellas