Kaspar Hauser, el huérfano de Europa, sigue siendo un misterio hoy en día. Un misterio a causa de la imposible explicación de su aparición y conducta. Se trata de un adolescente errante, que irrumpió en Nuremberg el 28 de mayo de 1828, convirtiéndose en foco de atención de toda su población: era un joven de aspecto descuidado que no sabía apenas hablar, que portaba ropa de gran coste pero ya vetusta, y con unos zapatos de tamaño inferior al que le correspondía y que le provocaban heridas en los pies. Fue llevado de inmediato a la comisaría y sólo podía pronunciar dos frases: su nombre, Kaspar Hauser, y la fecha de su nacimiento, el 30 de abril de 1812. Junto a él llevaba una carta dirigida al militar Friedrich von Wessing, quien le acogió en su hogar de Nuremberg.

Con el tiempo, aprendió la lengua alemana, y pudo relatar su pasado: desde los tres años, estuvo recluido en una celda donde apenas podía ponerse de pie, y donde le suministraban pan y agua como único sustento; de hecho, alguna vez hacían pasar por agua un sedante que le dejaba dormido y, al despertar, se encontraba completamente aseado. Así hasta que fue liberado a la edad de 12 o 13 años.

Cuando tenía 17 años, intentaron atentar contra su vida hiriéndole en la frente. Pero, finalmente, fue asesinado a la edad de 21 años, recibiendo heridas de arma blanca en el hígado en los pulmones. Cuando lo encontraron agonizando, afirmó que un extraño le había acuchillado junto al río, y en su vestimenta encontraron una nota con una críptica frase escrita: "yo soy de la orilla del río, mi nombre es Milo". Para añadir más misterio, esta nota estaba escrita al reves, de modo especular, por lo que sólo podía leerse a través del reflejo en un espejo. A los días, murió y nunca se supo quién cometió tal asesinato.

Las investigaciones científicas más recientes, basadas en la sangre que impregnó su ropa tras su muerte, han arrojado algunos resultados sobre su procedencia: posee una filiación con la familia real del condado de Baden: sería hijo de Stéphanie de Bauharnais y Carlos II de Baden. No obstante, últimamente se ha señalado otro origen más radical: el matrimonio entre Stéphanie y Carlos no era muy feliz, por lo que podría ser el resultado de una infidelidad entre la mujer y Napoleón Bonaparte. El joven Kaspar, de hecho, recordaba su estancia en palacios en su niñez, antes de ingresar en la celda. Este tránsito entre el lujo y la prisión podría resultar de la necesidad de ocultar al descendiente ilegítimo tras la caída de Napoleón. Además, Napoleón y Kaspar comparten rasgos físicos, pues tienen barbillas y frente similares y la misma distancia entre la nariz y el labio superior.

Pero a pesar de la participación de la ciencia, es difícil descubrir el hecho histórico real, por lo que el mito nunca se cerrará, quedando como base para el ejercicio de la imaginación. y sobre esta base de leyenda, el director alemán Werner Herzog, una de las cabezas visibles del nuevo cine alemán por entonces, realizó un film sobre el caso en 1974, que se alzó con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes. Se trata de El enigma de Kaspar Hauser, y aborda el suceso de manera realista, a través de la proximidad y la cotidianeidad, evitando el hálito épico y el convertir al personaje en héroe.

El metraje dispone de un ritmo parsimonioso, con planos de escasa movilidad y una duración prolongada, sumergiéndonos así en el ritmo de vida propio del s. XIX, sobre todo en la cadencia de la vida rural. Hay, además, un gran trabajo en la ambientación: numerosos planos tratan de tomar composiciones propias del pintor romántico alemán Caspar Friedrich, con los personajes observando, de espaldas a nosotros, un paisaje infinito, inaprehensible a través de los sentidos por su extensión y que entra dentro de la categoría de lo sublime.

Lo más interesante del film es, en mi opinión, el tratamiento de Kaspar Hauser como un ser sumamente creativo, pues en su ruptura de la lógica racionalista, lograba una originalidad en su pensamiento y actitud: porta la mirada primera del mundo, sin conceptos que la ahoguen; es la visión eidética que desarrolla el filósofo Edmund Husserl, una visión no determinada por las estructuras de la lógica, sino abierta a lo inconmensurable de la realidad. Vemos este aspecto de su pensamiento en numerosos actos: no siente la amenaza del mismo modo, pues se atreve a tocar el fuego y no responde ante las embestidas de una espada. Se muestra cómo aspectos como el miedo, o la propia percepción, son más resultado del aprendizaje y la estructura social que aspectos innatos del ser humano.

Además, también cuestiona la identidad de la mujer en la sociedad burguesa a través de una pregunta naif que le plantea a una sirvienta: ¿Para qué sirve una mujer? ¿Para estar sentada y coser? Una pregunta que sólo viene a demostrar cómo, desde los ojos del niño, del que tiene una visión primera de las cosas, incontaminada por la abstracción y la civilización, es inconsistente el hecho de que el género femenino quede recluido en el hogar. Kaspar Hauser explicita la construcción del género femenino a través de la repetición de actos, de gestos: permanecer en casa realizando labores del hogar. Y mediante la repetición generalizada de tal gesto, se construye el término mujer, pero sólo entonces: y Kaspar, que no conoce la distinción genérica, se asombra ante el papel que desempeña la mujer en esa sociedad. Además, la puesta en escena ayuda a plantear tal cuestión, pues reproduce pinturas propias del arte flamenco del s. XVII, con escenas cotidianas en el hogar y con luz natural entrando a través de las ventanas y reflejando el encierro de las mujeres en la casa.

Pero lo más interesante se corresponde con la conversación que mantiene un profesor, donde chocan dos maneras de entender el mundo: el profesor describe un mundo con dos pueblos, uno lleno de mentirosos y otro incapaces de mentir. Si te topas con un ser humano, ¿cómo distinguir si proviene del pueblo de mentirosos o del de honestos? El profesor ofrece la siguiente respuesta:

Si le preguntas al hombre si viene del pueblo de los honestos y es verdad, dirá que sí, honestamente sí. Pero si viene del pueblo de los mentirosos mentirá y también dirá sí. Aún así, hay una pregunta que resuelve el problema. Es ésta: Si tú vinieras del otro pueblo, ¿responderías "no" si yo te preguntara si vienes del pueblo de los mentirosos? Aplicando una doble negación, el mentiroso se ve forzado a decir la verdad. Esta construcción le obliga a revelar su identidad, ya ves. Esto es lo que yo llamo argumento lógico para descubrir la verdad.

Pero Kaspar no se contenta con tal razonamiento lógico y abstracto, y replica el juego lingüístico del profesor:

Le preguntaría a ese hombre si era una rana. El hombre del pueblo de los honestos diría: "No, no soy una rana", porque dice la verdad. El hombre del pueblo de los mentirosos diría: "Sí, soy una rana", porque me está mintiendo. Así sabría de dónde procede.

El profesor encarna lo que Northrop Frye llama la era hierática de la palabra, desarrollada desde Platón hasta el Renacimiento: el sujeto y el objeto se están separando, el sujeto autónomo es capaz de generar pensamiento abstracto y la palabra es el médium hacia ese pensamiento. Todo se desprende de la experiencia y pasa a ser especulación: la verdad está en el pensamiento abstracto.

En cambio, Kaspar Hauser se ubica en la concepción del lenguaje de la era demótica, desarrollada desde el Renacimiento y donde se ha producido una separación radical de sujeto y objeto. Pero la función del lenguaje es la referencia hacia ese objeto: el sujeto se refiere al mundo a través del lenguaje. Así, el lenguaje vuelve a referirse a la cosa, y la verdad está en el referente alcanzado a través de una desnudez del lenguaje, lejos de la retórica y la lógica proposicional del profesor. La verdad está en el lenguaje como representación del mundo, exactamente la función que Kaspar desarrolla en su resolución del problema: la palabra representa a una rana que no se corresponde con la realidad del mundo dibujado y, por su inconsistencia, se desvela la verdad.

El salvaje se pone del lado del Fausto de Goethe, de aquel Fausto que era incapaz de ver en el Evangelio de San Juan la verdad del enunciado "Al principio, era el verbo". Fausto no pertenece a la lógica abstracta de la era hierática, sino a la era demótica, y es incapaz de concebir que la verdad está en la palabra: para él, la verdad está en la acción del ser humano, único motor de transformación del mundo. Y la palabra encuentra la verdad en cuanto contiene el referente; pero ante todo, hay una lógica de la experiencia del ser humano, que afirma que el conocimiento sólo puede llegar en el acto, en el descenso a los infiernos, y no en la especulación. Kaspar Hauser vive las cosas y las nombra por ver primera.

Y en la construcción del personaje, Kaspar Hauser sigue una serie de fases que van desde la curiosidad hacia su conducta, transitan por la compasión, el rechazo y el humor (es clave esa escena como sujeto de exhibición en una barraca de feria que muestra rarezas de la naturaleza), y finalmente desembocan en una aceptación por parte de la sociedad burguesa. Pero sería asesinado, y con él moriría una diferente visión de las cosas, alejada del racionalismo burgués y con un lenguaje creativo, pues para él, palabra y cosa no son diferentes, sino que la palabra invoca a la cosa como la cosa existe gracias a la palabra.