Cesare deve morire (César debe morir) certifica, sin lugar a dudas, el buen estado de salud del que goza la creatividad de los hermanos Taviani. Durante años ocultos algo olvidados por la cinefilia, esta eclosión de imaginación que supone su última obra, que obtuvo el Oso de Oro en la Berlinale de este año, permite vislumbrar que el compromiso ético y social y la emoción no están reñidos. Cesare deve morire es un film de combate, fundado en el conflicto entre dos opuestos: la libertad del actor y la ausencia de libertad del preso.

Cesare deve morire pone en escena los ensayos y la representación que unos presos de la cárcel de alta seguridad de Rebibbia, cerca de Roma, realizan de la obra Julio César, de Shakespeare. Es interesante su elección, pues habla acerca de los valores de la lealtad y la traición, precisamente los valores que fundan las leyes de la Camorra, y la mayoría de los presos del film son acusados de participación con la mafia. Además, mediante el contraste entre la poderosa Roma Antigua y la Roma actual, en la prisión, crea una sensación de declive, de decadencia, de una cultura que nos ha ofrecido algunas de las revoluciones culturales más destacadas de la historia.

Es admirable descubrir que esos actores son presos reales, no actores profesionales, lo que genera una fuerte resonancia de realismo y verismo. Y esto permite que emane la emoción, especialmente en la presentación de personajes, magistralmente llevada a cabo a través de la selección de actores. En ese momento, cada rostro expresa su emoción más íntima y un subtítulo informa sobre su edad, nombre y crimen, de modo que obtenemos la subjetividad más radical yuxtapuesta con la identidad que la sociedad les otorga, la de prisioneros, olvidando los matices de su personalidad. Además, la preservación del dialecto napolitano en los actores permite generar un realismo más sincero todavía.

Cesare deve morire es un intenso clímax, que arranca desde los primeros minutos y avanza como un torrente hasta la representación final. Es una cuerda de un arco, que se tensa y asistimos a cada vibración sin espera ni demora. A eso ayuda su duración, 75 minutos, que permite construir el film a través de una eclosión constante de emoción, de toda la potencia que estos presos guardaban en su interior.

Lo más asombroso, es sin duda, la ambigüedad de cada secuencia. Se supone que los hermanos Taviani están filmando los ensayos de la representación teatral, pero adaptan cada diálogo y cada escena al cinematógrafo: Cesare debe moriré nunca es teatral, es siempre la apoteosis de lo fílmico. Y, en esta filmación teatral, la cámara se sumerge hasta la intimidad del actor-personaje, rompiendo la cuarta pared o la visión del director teatral: la cámara palpita con la interpretación.

En esa intromisión olvida las fronteras entre actor y personaje. Filma en bruto a los presos pronunciando las frases del guión, y en ningún momento sabes si es un ensayo, o los presos recitan en su tiempo libre, o si la conducta de los presos se ha modificado de tal manera que su personalidad y la de su personaje se confunden. Los Taviani filman el ser o no ser de Shakespeare, ya que al no explicitar la actitud de los presos, todo queda en una duda: si ahora habla el actor o el personaje; y, precisamente, es la duda que Shakespeare nos mostró con ser o no ser, en ese solapamiento de identidades que supone la interpretación.

Además, la cárcel se modifica a través de la puesta en escena, construyendo espacios de representación y de visionado de los ensayos, haciendo de ella un inmenso teatro absurdo, con sus pasillos y sus células austeras, que sirven de cuartos de ensayo. La muerte de César se pone en escena al aire libre, y los guardias observan la escena trágica mientras los personajes son filmados a través de rejas o aplastando su rostro contra muros infranqueables. Asimismo, los discursos frente al cadáver se ejecutan frente a las ventanas del edificio, de modo que todos los presos ocupan su palco y, desde el confinamiento, observan el asombroso espectáculo que es el teatro. Una prisión deviene un teatro, pero sin que la puesta en escena sea teatral: la cámara de los Taviani logra semantizar cada espacio con una nueva función, señalando la posibilidad del vuelo libre de la imaginación en el edficio más mustio de la sociedad, la cárcel.

La obra alterna el color y el blanco y negro, en principio por un motivo clásico: el color se reserva al presente, y el blanco y negro al pasado, a ese inmenso flash back que construye la diégesis. Pero, en su utilización, emana un discurso paralelo al temporal: el presente sólo se da en la representación fuera de los muros, mientras que el pasado se desarrolla en la cárcel, por lo que se crea una dialéctica entre libertad-ausencia de libertad en la yuxtaposición de color-blanco y negro en el metraje. De hecho, hay un salto de la lógica temporal: a mitad del film, la cámara recoge un mural de un paisaje paradisíaco pintado en el interior de la cárcel, y entonces se vuelve la pantalla en color, explicitando esa ansia de libertad y la angustia de la imposibilidad.

Todo esto se convierte en un mecanismo de significación para ejercer la crítica contra el sistema penitenciario, un mecanismo de ordenamiento social que impone la exclusión y marginación de una parte de la población sin posibilidad de recuperación. Pero lo mejor es la elegancia de esta crítica: no lo hace mostrando la decadencia de la vida en la cárcel, sino todo lo contrario, explicitando la posibilidad de cambio y transformación de todo sujeto puede ejercer, aún siendo preso, a través del arte. Porque la salvación, al fin y al cabo, está en la imaginación.

5 estrellas