El director noruego Pål Sletaune es conocido por construir una filmografía monopolizada por el género thriller, siempre conciliando el éxito comercial con una interesante puesta en escena, pues no en vano es fotógrafo profesional; y también es célebre por rechazar la dirección de American Beauty, pues pensó que el guión no era lo suficientemente interesante. Y ahora nos trae su último trabajo, el thriller Babycall, protagonizado por una inmensa Noomi Rapace, que reivindica así su origen sueco y se suma a proyectos procedentes de su área geográfica. Por este papel obtuvo el Premio a la Mejor Actriz en la última edición del Festival de Roma.

Babycall toma el elemento que construye la red simbólica entre los personajes como título, pues es el medio de comunicación entre Anna, una madre colapsada por una difícil relacion amorosa, que se ve amenazada por su exmarido, y su hijo de 8 años. Ambos se acogen a un programa de protección de testigos, y todas las noches recurren a un monitor de bebés para controlarse en la distancia del sueño. A través de ese medio, Anna comenzará a recibir sonidos extraños procedentes de otros apartamentos y, a la vez, recibe visitas de un amigo de su ex pareja que dispone de las llaves del piso.

Babycall es interesante en el reflejo de la angustia de la madre ante la amenaza constante de un marido que no aparece en el plano. Si en algo destaca el film, es en la construcción de un constante miedo sin objeto, pues oculta al marido del celuloide y sólo podemos captar una atmósfera enrarecida, una constante vigilancia del entorno por parte de Anna. Mediante esta ansiedad, que no conoce causa sino sólo efecto, el miedo, se construye la primera hora de metraje, sin duda la más interesante, pues en su puesta en escena estamos insertos en la mirada de interrogación del personaje hacia la realidad circundante; somos una mirada de temor mientras visionamos el thriller.

Pål Sletaune interactúa con los elementos urbanos para construir esta tensión entre Anna y la realidad: siempre ubica al personaje aplastada con los edificios, las paredes, en planos que tratan de eliminar el volumen y la perspectiva. Todo son superficies grises, geométricas, que encajonan a Anna y expulsan su organicidad a causa de su rectitud. Además, los personajes siempre están sometidos a un reencuadre, a través de los marcos de las puertas y las ventanas, que los aprisionan y coartan su libertad. Son seres amenazados por un objeto sin presencia, una figura ausente, y ese miedo se proyecta en una pérdida de la subjetividad en la geometría urbana.

Este retrato del individuo perdido en una urbe construida mediante edificios racionalistas es, ya, una marca del thriller nórdico. El retrato urbano novedoso del norte de Europa es, quizá, una de las claves del éxito de toda la narrativa detectivesca nórdica, tanto en cine como en novela: los paisajes desolados, surcados de nieve, y los edificios geométricos procedentes de la postguerra mundial europea, bloques construidos al amparo del crecimiento económico pero que se han convertido en fantasmas, en sombras, de un desarrollo poco estético y poco armonioso con el ser humano. Un crecimiento que somete al ser humano a sus reglas.

Y, ante todo, es la incomunicación la clave de la receta del thriller nórdico: en una sociedad con escasas horas de luz, grandes distancias y poca población, se produce un fenómeno de incomunicación que bloquea la empatía y, además, impulsa el desarrollo de patologías individuales. Y, precisamente, de esta adquisición de síntomas patológicos va Babycall, pues la protagonista, Anna, va perdiendo el contacto con el mundo hasta ser incapaz de distinguir entre fantasía y realidad.

Si nos creemos esta confusión, es gracias a la demoledora actuación de Noomi Rapace, que guía este camino a los abismos de la incomunicación. Pero la narración entonces se pierde, entra en una deriva de la que es imposible salvarse, pues comienza a introducirse en el terreno de la alucinación con poca sutilidad. Entonces entramos en un torbellino caótico de imágenes subjetivas que provocan la pérdida del espectador y diluyen el interesante discurso de ansiedad y angustia de Anna. Además, introduce un nuevo personaje que se convierte en guía hacia la pesadilla de Anna, solapando dos mundos alucinatorios que no terminan de encajar. De este modo, un comienzo prometedor, que pone en escena le miedo sin objeto, deviene un naufragio de alucinaciones que no son capaces de hilar ningún relato.

2 estrellas