Cuando te enfrentas a una película compuesta por distintos cortometrajes de diferentes autores, la respuesta "algunos son interesantes y otros son prescindibles" se ha convertido, ya, en un cliché. Y es que son tantas las películas construidas a base de cortometrajes que se han presentado últimamente que estamos acostumbrados a enfrentarnos a ellas con ciertas reticencias. Pues bien, en el caso de 7 días en la Habana, ocurre lo mismo: hay cortometrajes mejores (Elia Suleiman) y peores (Julio Medem). Pero recomiendo esta película porque, si bien los directores que aparecen no están realizando un trabajo a la altura de su talento, sí que se vislumbra la marca de su autoría: son directores muy interesantes aisladamente, así que en los cortometrajes que forman parte de esta obra es fácil encontrar interesantes propuestas en la puesta en escena que convierten, este obra, en un placer para los sentidos.

Y más, teniendo en cuenta que La Habana es el trasfondo de todo cortometraje, en esta obra que pretende captar (y lo logra medianamente) el ritmo de la ciudad cubana. Ahora pasamos a las virtudes y defectos de cada una de las propuestas audiovisuales:

Lunes: Benicio del Toro

El debut en la dirección del actor Benicio del Toro ofrece resultados contradictorios: logra una gran calidad en la puesta en escena, con interesantes composiciones psicológicas del plano y un sabio manejo de la iluminación, pero no logra una consistencia narrativa, al recurrir a una historia algo estereotipada, pues parte de un estadounidense, interpretado por Josh Hutcherson, que llega a Cuba y viaja al fin de la noche de la Habana en busca de mujeres. Con este corto se descubre que Benicio del Toro es un gran creador de atmósferas, pues logra captar en celuloide una noche de festividad, con sus momentos de baile, compañía y soledad, a través de elipsis y planos concentrados en el movimiento corporal.

Martes: Pablo Trapero

El cortometraje de Pablo Trapero comienza con un grandioso plano secuencia que sigue la trayectoria de Emir Kusturica desde un bar hasta el hotel, desde el auge de la fiesta hasta el declive del vómito. Se centra en la llegada del director serbio Emir Kusturica a Cuba para recibir un homenaje, y muestra el conflicto entre respeto a las normas o deriva en los placeres de la isla. En la puesta en escena, el metraje de Pablo Trapero aporta interesantes propuestas: una continuidad temporal en la elusión del montaje en el primer plano, que muestra sin cortes el proceso de decadencia del personaje; planos concentrados en la mirada del personaje y un final que asombra por la naturalidad de las interpretaciones.

Miércoles: Julio Medem

El cortometraje de Julio Medem es, en mi opinión, el peor de todo el conjunto. Y es que todas las señas de identidad de su cine, en especial algunas de las más molestas si no conectas con su estilo, se condensan en escasos minutos. Asistimos a un triángulo amoroso entre una joven cubana y dos hombres: su pareja estable y un empresario español (interpretado por Daniel Bruhl) que le ofrece posibilidades de trabajo en Madrid, un hecho bastante curioso teniendo en cuenta la situación actual de la economía española (parece que hubiese escrito el guión sin observar la realidad social de cada país).

Esta dicotomía que se le presenta a la joven está narrada con un tempo artificiosamente dinámico, construido mediante la supresión de todas las transiciones, lo que corta el aire a la narración. A ello hay que añadirle la presencia obsesiva de la banda sonora, una canción demasiado vocal y poco atmosférica como para estar omnipresente en todo el metraje, y la reiteración de metáforas de amor desgarrado propias de Medem, alejadas de todo atisbo de conexión con la realidad.

Jueves: Elia Suleiman

El cortometraje de Elia Suleiman es, en sí mismo, una pequeña obra maestra, y podría aislarse como una pieza autónoma y con interesantes aportaciones estéticas. El argumento es divertidísimo: un diplomático palestino, encarnado por el propio Elia Suleiman (que dispone de un rostro estático que acompaña al metraje, al crear situaciones absurdas), se ha desplazado a la isla para conocer a Fidel Castro en persona, pero debe esperar a que finalice un discurso del mandatario cubano para entrevistarse con él. El discurso, como suele ocurrir, se prolonga indefinidamente, y Elia Suleiman sale a dar paseos por la ciudad para conocer a sus habitantes.

Es, en realidad, el cortometraje más respetuoso con la isla y, ante todo, el que menos clichés desarrolla, pues los otros terminan manejando estereotipos en su representación de Cuba. Y es que el corto consiste en un diplomático, interpretado por el propio director de cine, observando la Habana con una mirada analítica y, a la vez, libre. Suleiman pone en escena la intuición eidética de Husserl, esa mirada sin conceptos y sin pasado hacia lo nuevo: ver sin memoria, en presente. Y lo hace mediante una puesta en escena absurda, que recuerda a los mejores creadores del absurdo en el plano, como Jacques Tati o Buster Keaton. Todos los planos son simétricos, y recogen la geometría del lugar, de modo que los personajes quedan recluidos a un espacio del plano que los oprime y los minimiza, generando gran ironía por su reclusión, y generando una subversión en la yuxtaposición de geometría inmóvil y personaje móvil y orgánico.

Además, él observa, pero no es observado: se quiebra el concepto de mirada de Jacques Lacan, que señala que un ser humano, cuando mira, en el fondo desea ser mirado por el objeto de su mirada, y suprimir su estatus como sujeto. Así, Suleiman nunca recibe la mirada de los personajes a los que observa, de modo que toda su mirada es incompleta: el director nos señala la imposibilidad de conocer la realidad en su totalidad, pues todo es un conocimiento parcial del entorno. Y, todo ello, en apenas 15 minutos de metraje.

Viernes: Gaspar Noé

El enfant terrible francés Gaspar Noé yuxtapone dos escenas diferentes de la vida de la Habana: una fiesta nocturna y un ritual de iniciación de una joven en un río. En su continuidad en el montaje, establece una relación de analogía, señalando el aspecto ritual que tiene ya todo baile, y el aspecto erótico y sexual que emana de todo acto próximo a la religiosidad. Filmado de noche en su totalidad, está construido siguiendo el concepto de discontinuidad que comenzó a instaurarse en el cine tras A bout de souffle (Al final de la escapada), de Jean-Luc Godard: aquí realiza el montaje mediante una sucesión de fundidos en negro y una música atmosférica electrónica que alterna silencios y sonoridad. Así, crea una relación de repetición y diferencia que atrapa al espectador visual y sonoramente, convirtiendo el cortometraje en una gran atmósfera.

Sábado: Juan Carlos Tabío

El director cubano Juan Carlos Tabío es el que realiza, posiblemente, el mayor acercamiento a la vida cotidiana cubana, pues la conoce directamente. Posee un hálito feminista, al retratar a una esposa que trabaja como médico, una profesión que completa con colaboraciones en la televisión como tertuliana, y que aún así debe dedicarse a ser pastelera sin licencia para poder sobrevivir. Un apagón en el barrio provoca la pérdida de su producción pastelera, y se encamina, entonces, a recoger ingredientes de todo el barrio, mostrando una disposición a colaborar entre la colectividad de vecinos. Este cortometraje, de sencilla puesta en escena, es un milagro de la naturalidad, con unos personajes extraídos de la realidad, gracias también a las magníficas interpretaciones de sus actores (Mirta Ibarra y Vladimir Cruz): todo tiene un aire de improvisación y de proximidad.

Domingo: Laurent Cantet

El director francés Laurent Cantet, siempre atento a la observación del entorno, pretende captar la religiosidad que surca la vida de la generación más anciana de cubanos, y para ello parte de la historia de una señora de avanzada edad que tiene un sueño con la virgen donde le revela la necesidad de celebrar una fiesta en el edificio. Entonces, mueve a todos los habitantes para engalanar el bloque para la celebración: se crea así una dialéctica en el espectador entre rechazo y empatía ante la inocente credulidad de la mujer. La cámara de Cantet pasea por todos los rostros, a los que filma con gran dignidad y otorgando un mismo nivel de protagonismo.

3 estrellas