Hope Springs (Si de verdad quieres..., nominada a la peor traducción de títulos del año), del director de The Devil Wears Prada (El diablo viste de Prada), David Frankel, es otra obra que, como el debut de Dustin Hoffman en la dirección con Quartet, o The Best Exotic Marigold Hotel (El exótico hotel Marigold), de John Madden, está construida pensando en el nuevo sector de la audiencia que colma las salas de cine, la tercera edad. Este bloque de películas constituye un subgénero caracterizado por ser protagonizado por gente madura, añadir un tono cómico que reduce la capa dramática y evitar un final trágico.

Pero la diferencia de Hope Springs es la inclusión de una temática de la que suelen huir este tipo de obras, el sexo entre gente madura, que ha sido bastante obviado por la cinematografía. Yo siempre recordaré la secuencia en la que se acuestan Liv Ullmann y Erland Josephson tras su reencuentro treinta años después desde su divorcio en Saraband, la última obra de Ingmar Bergman, como uno de los momentos más intensos y naturales de los últimos años. Porque, al fin y al cabo, ante la proximidad muerte, hay que estimular el placer. Y, en Hope Springs son también treinta años los que lleva una pareja a sus espaldas, aunque aquí sin divorcio de por medio: treinta años median desde el culmen de la relación hasta su decrepitud sexual.

El riesgo de abordar esta temática entre gente madura a través de la comedia es caer en el patetismo, al fomentar la reproducción de estereotipos manidos sobre la sexualidad en los matrimonios con demasiada trayectoria a sus espaldas. Pero Hope Springs logra un difícil equilibrio entre el psicologismo y el humor: los personajes no llegan a ser clichés pero tampoco disponen de una densa personalidad que hubiese generado un excesivo dramatismo en la narración, de modo que sirven como guías hacia esta cómica auscultación del sexo entre personas mayores.

La sexualidad de este longevo matrimonio comienza a cuestionarse cuando la esposa (Kay), ante la apatía sexual de su marido (Arnold) decide asistir a un terapeuta, que sirve como intermediario para el conflicto en la relación. Pero la obra no es una terapia sexual para gente madura; funciona, ante todo, como comedia, y este tono la salva del carácter aleccionador que podría adquirir, pues la figura del terapeuta suele servir como voz de autoridad en el tema. Aunque el mérito corresponde a Steve Carel, que cede su impertérrito rostro para encarnar a un terapeuta que no juzga ni da lecciones, sino que sobre todo escucha.

Pero, lo que salva realmente esta obra de un cierto vacío discursivo es la magnífica interpretación de Meryl Streep y, sobre todo, Tommy Lee Jones, que con su interpretación minimalista, siempre de gestos esenciales y sin dramatismos excesivos, logra gran naturalidad y comicidad en el film. Los personajes son, en realidad, los actores, y se sostienen sólo gracias a ellos. Los actores insuflan la personalidad de los personajes, e incluso, en su mímesis con su rol, logran atraer a públicos de otros rangos de edad, seducidos por su capacidad interpretativa.

Este énfasis en la interpretación se obtiene gracias a la dilatación de la duración de los planos, que permite la emergencia de la gestualidad de los actores. Así, se crea un tempo pausado donde la interpretación deviene hegemonía. Y este ritmo pausado permite la construcción de un humor lacónico, de silencios y gestos, próximo al absurdo, pues hace énfasis en la inconsistencia de ciertas conductas humanas señalando, mediante la elusión del corte de plano, hacia el ser humano, y no hacia el montaje. Es una obra de un humor tan lacónico como la propia personalidad del texano Tommy Lee Jones.

Pero estas son las virtudes de una cinta filmada bastante torpe en la utilización del tiempo, pues ante la ligereza de su propuesta cómica, su ritmo lánguido puede resultar pesado en ocasiones. Además, hay una pésima utilización de la música extradiegética: se introducen piezas de los ochenta, con un ritmo base bastante frenético, que son insertados en escenas despojadas de elementos dramáticos, casi en tiempos muertos, creando un contraste que extrae al espectador de la diégesis. La música subraya momentos que requieren simplemente de sonido ambiente, pues su aire patético, como la adquisición de libros sobre sexualidad por parte de Meryl Streep, se sustenta mejor sin sonidos no justificados.

De este modo, visionar Hope Springs es sumergirse en una ligera y cómica atmósfera sobre los conflictos sexuales de un matrimonio saturado por su propia prolongación en el tiempo. Sin ser analítica, ofrece algunas claves de la sexualidad en un matrimonio de gente madura, y resulta hilarante encontrar a dos actores tan reconocidos en situaciones algo bizarras. Pero el problema es que siempre resulta cómoda para el espectador: todo atrevimiento encuentra su límite, y resulta en ocasiones plegada a las convenciones.

Fotos: Heyuguys