El nuevo cine rumano sigue con la radiografía de una sociedad todavía en tensión, resultado de 20 años de dictadura de Nicolae Ceauşescu. Y uno de sus más fieles retratistas es Cristi Puiu, quien está realizando una hexalogía titulada "Seis historias desde los suburbios de Bucarest", en respuesta a la hexalogía dirigida por Éric Rohmer, "Los seis cuentos morales". La hexalogía de Puiu está compuesta por 6 películas que abordan el amor desde perspectiva diferente. Comenzó con La muerte del Señor Lazarescu, una tragicomedia sobre el amor hacia uno mismo, pues narra la epopeya de un hombre por los hospitales de la capital rumana en busca de atención médica. Los próximos versarán sobre el amor entre un hombre y una mujer, el amor hacia un niño, el amor hacia el éxito, la amistad y el amor carnal.

Aurora es la segunda parte de su hexalogía, y en este caso, versa sobre el amor incondicional de un hombre hacia una mujer ausente, pues Viorel, el protagonista (interpretado por el propio director, que a la vez es guionista, convirtiéndose en todo un hombre orquesta), está divorciado. La obra retrata este caso extremo: Viorel es un hombre incapaz de olvidar la relación íntima con una mujer, y ante una imposible adaptación a las nuevas circunstancias, se convierte en asesino. De ahí que Viorel afirme lo siguiente al recordar el divorcio: ”yo no creo que el sistema de justicia tenga acceso a la relación compleja entre yo y mi mujer”.

Pero esta obra se adentra en esta turbia psicología sin emitir juicios de valor sobre sus personajes. Y para ello, se sirven del recurso al in media res: el film comienza con una acción en mitad de su desarrollo, de modo que el personaje se nos presenta a la vez que actúa, eliminando el film la etapa de presentación de personajes y pasando directamente al nudo. El director no suministra datos sobre el personaje, no conocemos el pasado del protagonista ni hay flashbacks, simplemente nos adentramos en su vida en tiempo real desde el momento elegido por el director, y transitaremos junto a él durante las 3 horas de metraje, pero nunca podemos distanciarnos para emitir un juicio de valor sobre él. Todo es acto.

Y lo mismo ocurre con el resto de los personajes: irrumpen en el plano de improvisto, sin conocer la relación previa con el personaje. Puiu trata de eliminar los artificios narrativos que permiten una fácil aprehensión de la historia por parte del espectador: capta un fragmento de vida tal y como se da, sin presentaciones ni explicaciones. Hechos brutos. La cámara sigue al personaje en su obsesión, en este caso un ciego amor, y lo presenta en la realización de actos que materializan tal obsesión. La explicación vendrá al final para dar un sentido al relato, pero siempre será subjetiva.

Así, sigue la vía iniciada del cine realista iniciada por los hermanos Dardenne, construida en base a una cámara adherida a un personaje, de quién únicamente conocemos su actitud, pero no su pasado ni su pensamiento: accedemos a la conducta y reconstruimos así una personalidad, pero el juicio de valor está vetado.

Y con este propósito de mínima manipulación de los hechos, accede a una nueva categoría del realismo fílmico, un tono que surca la mayor parte de las obras del nuevo cine rumano. El realismo de Puiu consiste en el máximo respeto posible del tiempo real. Las elipsis son escasas y breves, y el resto de escenas no son mutiladas por el montaje aunque estén vaciadas de acontecimientos. Así, el tiempo real se alcanza mediante la inclusión de tiempos muertos, paseos, miradas del personaje. De hecho, las conductas clave, que son las que una obra convencional mostrarían, están acompañadas de conductas menos explícitas pero, quizá, con mayor importancia en el retrato psicológico del personaje.

Para respetar la continuidad del tiempo, el recurso clave es la elusión del montaje a través del plano secuencia. Y Aurora está construida básicamente mediante planos secuencias: es la forma de acceder a la vivencia de los personajes en su tiempo real y evitar un falseamiento de los acontecimientos, pues todo conserva su duración.

Estéticamente existe un paralelismo directo con la magnífica 4 meses, 3 semanas y 2 días, de Cristian Mungiu, pues tanto Aurora como este film galardonado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes, recurren al plano secuencia, pero Mungiu otorga de mayor movilidad a la cámara, mientras que en Puiu, los planos son más estáticos, y su movimiento se reduce, en numerosas ocasiones, a panorámicas sobre un eje fijo.

Asimismo, la cámara está al hombro y próxima al personaje, evitando recursos cinematográficos, como grúas o travellings, que implican una necesidad técnica en la relación personaje-plano. Si captamos al personaje en bruto, a su lado, con el mínimo equipo necesario, estaremos más próximos de su realidad. Y todo en localizaciones reales, evitando un estudio artificioso.

La violencia se elude visualmente, como en Michael Haneke, obligando al espectador a crearla; en ocasiones, se filma tan lejos que es imposible atisbarla con claridad. Pero no se evita auditivamente, y accedemos a la sonoridad del asesinato, por lo que se genera una gran tensión en tales momentos. El sonido cuenta con un trabajo espectacular, y conserva siempre el sonido ambiente, que no es suprimido para generar un mayor realismo: el sonido de las calles de Bucarest siempre está de telón de fondo.

Se trata, pues, de un retrato aséptico de un asesino, en un crudo realismo sucio, propio de este nuevo cine rumano que tantas alegrías nos está dando en los últimos años. Quizá la obra adolece de falta de ritmo en algunas ocasiones, pero si se le da tiempo (como hay que hacer con las obras de Yasujiro Ozu o Béla Tarr), la experiencia cinematográfica es bastante recomendable. Estamos ante un realismo tan áspero, tan duro, que en ocasiones la cinta parece una obra de terror. Pero en el fondo, el terror no está en el género, sino en la sociedad que retrata.

Fotos: Sos Moviers