La animación es, a veces, un complejo engranaje que suma diferentes técnicas superpuestas en un mismo metraje. Y un ejemplo perfecto de ello es Toys in the Attic (Juguetes en el ático), el nuevo proyecto del checo Jiri Barta, que combina stop-motion, dibujos a mano e imágenes filmadas. De hecho, los mismos personajes con volumen están en ocasiones dibujados en 2D. El trailer da muestras de esta fascinante mezcla de texturas, que permite la creación de un mundo autosuficiente, antimimético, desligado de la imitación de la realidad:

Toys in the attic es una especie de Toy Story surgido en un contexto comunista, donde los juguetes están viejos, estropeados, rotos, manchados, pero deben reutilizarse ante la falta de dinero y la exclusión del vertiginoso consumismo que tiñe la cultura estadounidense. Se reivindica, de este modo, un trato más duradero con los objetos: no es preciso la sustitución rápida. Asimismo, puede verse como la respuesta irónica que la URSS hubiese realizado, en los años ochenta, si Toy Story se hubiese producido en tal década. Y es que el argumento es propio de la Guerra Fría: en el ático, existen dos espacios totalmente contrapuestos. Por un lado, la zona este diabólica, donde se encuentran los muñecos más ajados y malvados; por otro lado, la zona oeste de la felicidad, donde las condiciones de vida son mejores y los muñecos son más optimistas. Y un ser humano toma el rol de la inflexible policía comunista.

Toys in the attic reúne importantes figuras de la cultura europea materializados en los muñecos, entre los que encontramos un Don Quijote que habla en verso y se imagina un caballero que mata a un dragón; un Schubert con un sombrero con forma de botella, recordando su afición a la bebida o el señor Handsome, un títere tradicional checo. Así, los muñecos representan símbolos culturales propios del espacio en que germinaron, por lo que Toys in the Attic busca un distanciamiento radical de la cultura estadounidense, desligándose de los arquetipos americanos que surcan Toy Story.

Pero además, Jiri Barta trata de conciliar el carácter imaginativo de la animación con un telón realista, e incluye una dimensión que en ocasiones está extirpada del género de la animación: el tiempo. Los muñecos no son invariantes, como muchos personajes de películas de animación. Aquí los muñecos crecen, envejecen, se cansan y se encaminan hacia la apatía y la desidia. Asimismo, los muñecos desarrollan una memoria similar a la humana, con un pasado que determina su comportamiento presente y les hace mella, y un mundo de significaciones creado por su propia comunidad, de forma ajena a los seres humanos.

En definitiva, Barta propone la construcción de un mundo de muñecos completamente autónomo, con la complejidad propia de los seres humanos pero con unos hábitos propios. El ser humano es el como Dios en los cultos deístas: si en el panteísmo, Dios crea el mundo y después el mundo gira de forma autónoma según las leyes de la causalidad, en Toys in the Attic el ser humano crea al muñeco y le insufla el primer movimiento, pero después éste crea su propio sistema de vida.

Jiri Barta es uno de los animadores contemporáneos que continúan la larga tradición de la República Checa en el mundo de la animación. Y gran importancia tiene el creador Jan Svankmajer, que influye poderosamente a Jiri Barta porque ambos utilizan la técnica del stop-motion mediante la utilización de muñecos. Jiri Barta realizó algunas obras importantes en stop-motion en los años ochenta, pero tras la caída del régimen estuvo 15 años sin dirigir nuevos proyectos. En 2007 estrenó Cook, Mug, Cook!, y en septiembre de este año se proyectará, en los cines de EEUU, este esperadísimo proyecto habitado por muñecos.

Fotos: You Toons