La impronta de Zodiac en el cine policíaco no deja de crecer con el tiempo, y ahora parece que todos los films quieren imitar su construcción narrativa. Y ese es el caso de Das lentze Schweigen (Silencio de hielo), un film policíaco alemán, recientemente estrenado en España y dirigido por Barab do Obar. Está protagonizado por célebres actores alemanes como Ulrich Thomsen, famoso por su aparición en Festen (Celebración), de Thomas Vinterberg, o Burghart Klaußner, que actuó en Good Bye Lenin, Los edukadores o Das Weisse Band (La cinta blanca), de Michael Haneke.

Zodiac se erigió en el paradigma de la razón débil postmoderna, una forma de ejercicio de la razón que asume a imposibilidad de acceder a la verdad. La razón de la modernidad había asumido que la verdad no está en Dios, sino que ésta se generaba en la propia dinámica social, por lo que el ser humano era capaz de acceder a la luz a través de la reflexión.

Pero los excesos de la razón, que anularon la subjetividad del ser humano hasta convertirlos en objeto en algunas etapas de la modernidad (sólo es preciso observar la 2ª Guerra Mundial), impulsaron el nacimiento de una razón débil en la postmodernidad, teorizada por Gianni Vattimo como la imposibilidad de acceder a una verdad: la verdad se diluye en una convivencia de puntos de vista resultado del multiculturalismo.

Zodiac es un referente de esta nueva racionalidad, que dinamita la pretensión de verdad de los argumentos. Así, este film policíaco se construye mediante la elusión de la resolución del caso: nunca conocemos al verdadero asesino. El film, guiado a través del detective (Jake Gyllenhaal) apunta a sospechosos, pero nunca afirma su culpabilidad, nunca dicta sentencia, pues el ser humano postmoderno es incapaz de acceder a la certeza, vive sumido en la duda.

Silencio de hielo sigue, en cierto modo, este elemento clave que Zodiac ha lanzado, como una bomba, en el género policíaco. Narra dos crímenes simétricos, la violación y asesinato de dos jóvenes en un campo fuera del poblado, distanciados entre sí en 21 años. El espectador visiona el primer crimen, que la policía no había resuelto, así que conoce a los asesinos que llevan el coche. Pero hay una elipsis en cuanto a la identidad del segundo, que es desvelada de forma parcial, sin una rotunda afirmación. Así, tanto espectador como detectives sufren el ejercicio de la razón débil, la razón que no logra acceder a los entresijos de la verdad.

No obstante, el film se distancia de Zodiac en el resto de su construcción: Zodiac y la mayor parte del cine policíaco están focalizados en la figura del detective, que debe descubrir pistas encadenadas hasta la resolución, y que solapa su conocimento del caso con el del espectador (de manera que vivimos siempre el proceso de resolución del caso con los mismos vacíos de información). En cambio, Silencio de hielo recurre a una cámara omnisciente, que tanto nos sitúa en las víctimas como en los verdugos o como en los policías, lo que genera una cierta dispersión narrativa que afecta negativamente al film, pues expulsa esa sensación de atrapamiento que el policíaco suele desarrollar sobre el espectador.

El paralelismo narrativo entre ambos crímenes permite construir una crítica a la lógica policial. Al desvelar el primer caso, el detective jefe duplica sus conclusiones y señala, como culpable del segundo asesinato, al sospechoso del primer crimen. Así, el film enfoca su mirada hacia la rutina de la lógica humana, no sólo de la policía, sino del ser humano que desarrolla una vida sedentaria y fijada en un punto de por vida, como el pequeño poblado que sirve de escenario para el argumento. Un ser humano rutinario desarrolla una forma de pensamiento lógico demasiado cerrada, que no deja grietas para el cambio, para el progreso.

Pero el director no es pesimista: apuesta por una razón lúcida y despierta para aproximarse a una verdad parcial. De ahí que divida en tres el cuerpo policial, cada uno poseedor de un tipo de razón: la razón rutinaria del jefe; la razón despierta, indagadora, propia de la modernidad, del detective; y la mujer, que sirve como nexo apaciguador entre ambos. Asimismo, hay interesantes reflexiones en torno al duelo y, en especial, en torno a la culpa, indagando en la capacidad del ser humano para asumir responsabilidades ajenas, pues el cómplice carga con la culpa del asesino.

El principal problema del film es que trata de añadir psicologismo a los personajes, pero lo hace de una forma bastante estereotipada, lo que aproxima su estética al telefilm en algunas ocasiones, y además dispersa la atención de la trama policial, por lo que puede expulsar a algunos espectadores de su visionado. Además, abusa de ralentís y, sobre todo, de la banda sonora, que sobrecarga el film con los habituales sonidos del género, creando una sensación de déja-vu, de repetición. Lo más bello son las escenas en el campo de trigo del asesinato, donde el diretor se lanza a una cierta poeticidad en las imágenes. Así, lo recomiendo para los amantes del género, pero dista mucho de ser una obra renovadora.

Fotos: cinemagia