Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud siguen auscultando la difícil realidad social de Irán. Y es que Satrapi, que vivió en el país durante su infancia y adolescencia, conoce a fondo las coerciones a la libertad que el régimen iraní impone (sólo hay que observar el encarcelamiento del director de El globo blanco, Jafar Panahi), y como muestra de ello, en una fusión de denuncia y nostalgia del país, ha elaborado una importante obra de cómic, donde encontramos destacados títulos como Persépolis, Bordados o Poulet aux Prunes. La pareja ya llevó a la gran pantalla Persépolis con excelentes resultados, y ahora le ha tocado a Poulet aux Prunes, donde encontramos una novedad: es una película con actores reales.

Y no cualquier actor, porque en el casting aparece Mathieu Amalric, Maria de Medeiros, Chiara Mastroianni e Isabella Rossellini. Pero la presencia de actores reales en Poulet aux prunes no supone la supresión de su estilo, porque logran conciliar la estética habitual de sus cómics y films de animación con las imágenes filmadas directamente. Y el resultado es asombroso: es un placer dejarse hipnotizar por esas imágenes cargadas de onirismo. Ahora bien, la estética que aplican a su film es fuertemente deudora de otro de los cineastas más bizarros de la cinematografía francesa: Jean Pierre-Jeunet.

De él toman un toque absurdo que se plasma en la composición del plano, mostrando las inconsistencias de los comportamientos de estos personajes que se dejan llevar en exceso por las convenciones sociales. Así, encontramos planos extremadamente cercanos al rostro que siegan la parte superior e inferior de la cara, suprimiendo ese efecto mágico del primer plano y creando una distancia hacia el personaje. También hallamos una iluminación muy contrastada, donde los elementos claves son iluminados y el resto queda en penumbras, dando cuenta de nuevo de una absoluta soledad del personaje y su desamparo de manera irónica. Y también hay una artificiosidad en el tratamiento de los colores que genera irrealismo y rarifica más los comportamientos de los personajes.

Con estas referencias (sus cómics anteriores y Jean-Pierre Jeneute), los realizadores logran crear un mundo autónomo, colmado de realismo mágico, donde lo inverosímil se confunde con lo verosímil. Ahí está su gran logro: introducir elementos mágicos y sobrenaturales en una narración que parte del realismo psicológico, y mostrarlos como un elemento cotidiano de la vida, como el propio García Márquez realiza en Cien años de soledad. Los directores parecen admitir que la realidad de Irán es tan compleja y desbordante que es imposible captarla mediante el drama realista. Sólo con lo inverosímil, como ese fabuloso humo flotando sobre la tumba o el violinista que realiza trucos de magia, se puede acceder a las simas más profundas de la sociedad iraní.

El viaje que nos proponen estos creadores es un trayecto a los abismos de la depresión, donde se ubica un violinista, Nasser Ali, encarnado por el fantástico Mathieu Amalric, debido a la destrucción de su violín por parte de su mujer, trastornada ante la infidelidad de su marido con una joven. Luego se revela una mayor profundidad en esta depresión, pues la causa es el malestar en el matrimonio. Y en esta infidelidad, hay un guiño a Almodóvar, en concreto a Hable con ella, en la sumersión del rostro del personaje en unos pechos gigantes. Así, Nasser deviene un ser melancólico, un ser inmóvil, pasivo, que sólo puede vivir a través de su pasado. Pero es un ser perfecto para la revisión de la memoria o de los sueños a través de las imágenes: en definitiva, un ser, como Scottie en Vértigo, cinematográfico.

Una cuestión interesante del film es esta integración del pasado (propio o colectivo) o de los ensueños en el presente del personaje, pues en cada día de la depresión (el film se divide en 7 episodios) se recurre a una textura diferente. Se vuelve al pasado mediante una cámara ahumada por los cigarros, de modo que la transición es imperceptible; o mediante una analogía de movimiento del plano o un fundido en negro que es un parpadeo: es una forma perfecta de diluir las fronteras del pasado y el presente, pues el flashback da la sensación de que hay una frontera entre ambos tiempos, y estos recursos generan una ilusión de continuidad. También viajamos a EEUU mediante un simulacro de diapositivas, a las que se insufla vida. Y hay un precioso fragmento para hablar del país recuperando la estética de Persépolis pero tiñéndola de un color que estalla en el plano.

El problema del film es que no funciona en su drama psicológico: si en algún momento se pretende un análisis del descenso a los infiernos del protagonista, se revela inconsistente, superficial. La depresión del personaje sirve para dar alas a unas imágenes bellas, hipnóticas, que fusionan texturas que parecían contrapuestas. Pero no hay un ánimo de análisis de la depresión: la depresión se toma en sus elementos más estereotipados, como los intentos de suicidio o la reclusión en la cama, para imprimir sobre ello un tratamiento estetizado. Así, queda bloqueada toda empatía o identificación con los personajes. Y le falta la ironía que surcada el fantástico metraje de Persépolis, y que impedía una caída en el sentimentalismo y la miseria, algo más próximo a este film. De todos modos, la experiencia del visionado merece la pena, porque esta fascinante mezcla de recursos e imágenes, sin caer nunca del todo en el esteticismo vacuo, con ese tono melancólico, es simplemente un placer para los sentidos.

Fotos: Cinemovies