En mayo de este año presentó en Cannes su última obra, y ya tiene un nuevo proyecto entre las manos. O, al menos, Jeff Nichols está comenzando negociaciones con Chernin Enternainment para realizar una nueva obra, que llevaría por título The Boy Who Played With Fusion. Y es que la carrera de Jeff Nichols está siendo fulgurante, pues en dos años ha realizado dos obras portentosas: la primera, Take Shelter, ganadora del Premio de la Semana de la Crítica de Cannes; y la segunda, Mud, presentada en la Sección oficial del Festival de este año.

The Boy Who Played With Fusion se basa en un artículo de prensa publicado en Popular Mechanics, donde apareció la historia real de un niño de Arkansas de 14 años, Taylor Wilson, que logró realizar con éxito, a edad precoz, una fusión nuclear. El artículo detalla las posibilidades que los padres han dado al niño para realizar sus experimentos, incluida la compra de todos los artefactos necesarios. Y esta hazaña que tiene una honda motivación: su abuela estaba enferma de cáncer y a través de la experimentación con la fusión nuclear podía lograr matar las células cancerígenas y salvar las células sanas.

Lo interesante es que esta narración será contrastada con la vida de otro niño prodigio cuyos padres, en cambio, no disponían de medios suficientes para satisfacer sus ansias de experimentación, por lo que no pudo desarrollar todas sus capacidades. Así, una historia de superación se camufla en una crítica al sistema educativo estadounidense y a la fuerte competitividad que rige su sociedad. A mí me recuerda, en este aspecto, a A Room of One's Own (Un cuarto propio), de Virginia Woolf, donde parte de la siguiente tesis: una mujer, pese a sus grandes dotes literarias, no puede escribir grandes obras si no dispone de dinero ni de un cuarto propio. Así, ambos autores quieren descubrirnos que un progreso cultural o científico requiere de algunos medios que la sociedad niega a menudo.

Jeff Nichols tiene ya experiencia en la aproximación cinematográfica a la infancia, tal y como demostró en Mud. En ella, dos niños descubren un fugitivo oculto en una isla y fabulan con su figura, porque para los niños es la única forma de asimilar la presencia extraña del fugitivo es mediante un relato. De este modo, la cámara no busca el realismo, sino la construcción de un mito, de modo que siempre filma desde la altura de los niños, engrandeciendo los espacios que recorre, la naturaleza que desborda, pues todo es mirada de ensueño de unos niños que descubren el mundo. La cámara dota de monumentalidad a través de travellings pausados pero con un dinamismo interno que dota de un sentido mítico a la imagen. Y dominan los planos medios y lejanos, pues el relato requiere de un espacio inmenso que lo genere.

Finalmente, la destrucción del mito es la destrucción de la infancia. ¿Recurrirá en The Boy Who Played With Fusion a los mismos recursos? Quizá el ánimo de crítica social que palpita en la narración bloquee este recurso al mito, pero seguro que el tratamiento de las relaciones familiares lo hace desde la perspectiva del niño, otorgando un toque naif pero bello e intenso a las emociones.

Jeff Nichols es un nuevo nombre que ha entrado con fuerza en Hollywood, introduciendo maneras clásicas en un mundo saturado de efectos especiales. Su confianza en una narración sólida, con escapes a la subjetividad de los personajes, y la búsqueda de una cierta épica, permiten crear en su filmografía una interesante síntesis entre clasicismo y desengaño, entre mito y destrucción del mismo. Una voz que fusiona la mejor tradición del cine estadounidense, con nombres como John Ford, con problemas contemporáneos, como demostró en Take Shelter, o con una propuesta poética siguiendo la estela de The Tree of Life, de Terrence Malick, tal y como ocurre en Mud.

Fotos: Filmschool