Muchos son los cineastas fascinados por el mundo de la prostitución. En Vivre sa vie (Vivir su vida), Jean-Luc Godard realizó una deconstrucción fílmica del retrato de una prostituta en cuadros autónomos, sin causa ni efecto, siguiendo las teorías de Bertolt Brecht. Federico Fellini narró el desgarro de una prostituta que no es capaz de desarrollar una relación amorosa en Le notti di Cabiria (Las noches de Cabiria). Kenji Mizoguchi efectuó un retrato sociológico y psicológico de un burdel en Akasen chitai (La calle de la vergüenza), con un reparto coral. Y próxima a esta obra, se presenta en cartelera L´apollonide (Casa de tolerancia), del francés Bertrand Bonello, un film sobre un grupo de prostitutas confinadas en un burdel de lujo del París de 1899 y 900.

A Bertrand Bonello no le interesa especialmente el retrato sociológico o psicológico de la prostitución. Lo que desea es realizar un fresco de la vida cotidiana de un burdel. Pero la pregunta es: ¿cómo se retrata la vida cotidiana? Muchos cineastas buscan la captación de la rutina: Wong Kar-Wai, mediante la repetición de espacios con leves variaciones de acontecimientos y puesta en escena; el japonés Hirokazu Koreeda, en Nadie sabe, mediante planos breves sobre acontecimientos superfluos; y Chantal Akerman, en Jeanne Dielman, mediante planos largos focalizados en gestos mínimos, como cortar una patata.

La solución de Bertrand Bonello es diferente: recurre a planos medios de los personajes reproduciendo su conducta cotidiana, de modo que el espectador se identifica con el personaje que siempre observa en pantalla, y la sensación que recibe el personaje de la realidad es transmitida, por identificación, al espectador. Es importante que el personaje no salga nunca de pantalla pues, como afirma Truffaut, la identificación se produce por el contacto constante a través de la mirada.

Así, L´apollonide (que también es el nombre del burdel) se convierte en un torrente de sensaciones, pues la vida cotidiana de las prostitutas es una sensación constante. La sensación de orgasmo, la sensación del tacto palpando telas y sedas, la sensación del perfume para cautivar a los clientes, la sensación de la ducha. Y para que la sensación de habitar un burdel pase a primera plana, ha despojado a la obra de narración, dispersando los acontecimientos en un reparto coral que impide la construcción de una trama sólida. Así, sin relatos que apuntan finales, podemos concentrarnos en la vertiente sensorial del plano y dedicarnos al goce del presente.

El visionado de L´apollonide es un dejarse llevar por una cámara que te adhiere a la piel de los habitantes del burdel, gracias a ese contacto íntimo y constante entre cámara y personaje, y asimilar las sensaciones que invaden la vida cotidiana de las prostitutas. L´apollonide es un ambiente, no una narración; es una atmósfera sin tiempo, una sugerencia sin desarrollo. En el fondo, nos convertimos en voyeuristas de la esfera íntima de las protagonistas, y desde una posición segura, escondidos pero con plena visibilidad, asistimos a la desnudez corpórea de la casa de citas. Porque L´apollonide es una reivindicación del papel del cuerpo en el plano cinematográfico: los personajes son cuerpos que, en su movimiento acompasado, generan un sutil erotismo.

L´apollonide está surcado de imágenes propias de la estética decadentista. No en vano, está ambientada en el tránsito del s. XIX al s. XX, momento en que modelos aristocráticos se agotan para dejar paso a una burguesía competitiva, y en que realidades sostenidas por Dios dejan paso a sentidos construidos en el seno de la sociedad. Una crisis espiritual que fomentó una mezcla entre lo sublime y lo grotesco, lo bello y lo feo: es el decadentismo, una sensualidad enfermiza, una sexualidad tuberculosa. En L´apollonide, por ejemplo, el espacio de lujo decimonónico, tejido con telas y cúpulas, está invadido por la sífilis que sufre una prostituta o por una pantera, gran símbolo decadentista de belleza y ferocidad.

Pero el culmen del decadentismo irrumpe en la única narración desarrollada en el film: una prostituta sufre dos profundos cortes de las comisuras de su boca por un joven cliente, creándole la sonrisa del payaso en su rostro. Este hecho inserta un signo de feísmo, de deformidad, en la belleza formal del lugar, y pone de relieve la necesidad de conservación estética de su cuerpo para el cliente. El auge decadentista se da en el plano más arriesgado del film: con su amplia sonrisa pintada de carmín, llora esperma, tal y como le prometiese a su verdugo. Además, hay planos que parecen reproducciones de lienzos de Manet en los aspectos más bellos, o de Touluse-Lautrec en los más decadentistas.

El subtítulo Souvenirs de la maison close (Recuerdos de la casa cerrada) también tiene su papel en la obra. Y es que hay una vivencia de una claustrofobia sexualizada a lo largo del metraje, lo que permite generar esta sensación de atmósfera sin reloj. L´apollonide es espacio sin tiempo, espacio estancado en el quicio entre dos siglos. Pero precisamente la obra se despoja del tiempo porque es tiempo encerrado: el film se sabe del s. XXI, no pretende crear un relato ambientado en el s. XIX, sino filmar el recuerdo (souvenir) que el espacio del burdel ha condensado en sus rincones. Como afirma Gaston Bachelard: "Creemos a veces que nos conocemos en el tiempo, cuando en realidad sólo se conocen una serie de fijaciones en espacios de la estabilidad del ser". L´apollonide gira en torno al tiempo que se ha colado en el espacio del burdel, y que se pretende recuperar mediante la imaginación: y esta imaginación nos remite a sensaciones, no a relatos.

Por eso su atmósfera estancada, casi irreal, se quiebra en los últimos planos en los que la cámara sale a la calle del s. XXI, y observa a unas prostitutas que realizan su servicio en la calle. Este plano introduce una crítica social en el discurso del film: si hasta entonces, todo había sido sensación, ahora hay una oposición entre dos formas de concepción de la prostitución. Por contraste, Bonello parece denunciar las penosas condiciones en que la mujer debe prostituirse en la calle; o, quizá, simplemente quiere mostrar la perpetuidad de un gesto que no se extingue pese al cambio de las sociedades.

Fotos: La higuera