Desde que comenzara su carrera cinematográfica, Pablo Trapero siempre ha estado ligado a un cine social y reivindicativo que no estaba reñido con un estilo y estética tan depurados como concisos. Quizás Elefante blanco siga manteniéndose dentro de los mismos parámetros reivindicativos pero si por un lado pareciera no querer meterse en camisas de once varas en lo que respecta a la crítica política y religiosa, además de ceñirse a una estética más realista y sucia de lo habitual, por otro se acerca peligrosamente a un registro melodramático, que termina por devolvernos un filme interesante, pero ligeramente superficial.

Elefante blanco

Cuesta entender que el director de Mundo grúa, Leonera y Carancho no se haya atrevido a llamar las cosas por su nombre en Elefante blanco. Según lo que expone en su película, han sido la diferentes Administraciones las que han ido postergando la culminación de la obra del edificio al que alude en su título, que hubiera constituido un orgullo, pero que termina por simbolizar una vergüenza. Expone, pero no señala. Ni motivos ni culpables, ni nada que pueda comprometer ninguna ideología política. Por otro lado, aunque en alguna secuencia el propio Julián (Ricardo Darín), se enfrente a la burocracia y la falta de empatía de la iglesia para con los más desfavorecidos, tampoco acaba de denunciar lo que sí deja intuir sobre el paradero del dinero destinado a pagar a los obreros.

Si no faltan los guiños a la realidad social indignada actual, quizás podamos encontrar las razones que le llevan a mostrarse tan poco explícito en señalar con el dedo en que, a través de su película, no sólo pretende denunciar la corrupción de los poderosos, sino realizar un homenaje a un religioso que, de la misma manera que Julián, siempre se mantuviera al lado del pueblo. Por eso en Elefante blanco los sacerdotes protagonistas están presentados más como hombres que como clérigos, con sus dudas y sus pecados, pero sinceramente creo que hubiera conseguido lo mismo mojándose un poco más.

Martina Gusmán y Ricardo Darín

A pesar de todo Elefante blanco no deja de ser una película entretenida e interesante, con interpretaciones estupendas de sus tres protagonistas, Ricardo Darín, Martina Gusmán y Jérémie Renier en su primera interpretación en español, pero que no bastan para pasar por alto otras carencias. Si sus personajes están bien trazados y desarrollan sus conflictos personales (que se ven venir) a la vez que aumenta el conflicto general que les atañe a todos, no parece que tampoco que al cineasta le interese profundizar realmente en la manera en que cada uno de ellos supera sus propias contradicciones ni de ofrecer soluciones a ellas. No es que que sus relatos queden suspendidos para que el espectador decida por dónde quiere que continúen, sino que simplemente, los deja sin resolver en lo que parece más una estrategia para desviar la atención de cara a la resolución de la película.

Jérémie Renier y Martina Gusmán

Es posible que también pese en exceso la lejana influencia de Cidade de Deus, más por el entorno en el que transcurre la historia y sus similitudes temáticas que por la forma en que se desarrollan ambas películas. Para colmo, en un intento por dotar de una dimensión estética su película, Traprero recurre en un par de secuencias a dos temas compuestos por Michael Nyman, que si bien son fabulosos, no sirven más que para desubicar al espectador. Al menos a este y probablemente a aquellos que puedan relacionar uno de los temas con la banda sonora para la que fuera compuesto originalmente, The Cook, the Thief, His Wife and Her Lover, que inevitablemente evoca la imagen de Helen Mirren ataviada con diseños de Jean Paul Gaultier mientras fornica con su amante en una cocina llena de plumas, que no parece ser el atavío más apropiado para deambular por las ruinas de este Elefante blanco.

2 estrellas