El cine de Québec ha sido considerado, siempre, el hermano menor del cine canadiense. Si la cinematografía canadiense brilla ya con la presencia del subversivo David Cronenberg, creador de una nueva forma de representación de la vertiente más enfermiza de la sociedad, la parte francesa se ha caracterizado por una exigua producción, pues no en vano lucha contra una población, la estadounidense, no acostumbrada a ver películas en idiomas ajenos al inglés y, por tanto, no disponía de posibilidades de distribución.

Aún así, surgieron nombres como el de Denys Arcand, que ha realizado un irónico díptico sobre las frustraciones de la clase media en un sistema de vida, el occidental, que mostraba su cercanía al colapso: se trata de Le Déclin de l´empire américain (El declive del imperio americano) y Les invasions barbares (Las invasiones bárbaras). Y en la última década, se ha producido un resurgimiento e incluso se habla del nuevo cine quebequés: entres sus directores, destacan sobre todo Denis Villeneuve (con su magnífica Incendies) y de Jean Marc-Vallée, que estrena Café de Flore.

Café de Flore es la tercera película del quebequés, tras su aclamada C.R.A.Z.Y., donde mostraba temas poco tratados por el cine quebequés, como la homosexualidad y la drogadicción, con gran espontaneidad, sentido del humor y sensibilidad: se nota que conoce las situaciones. Y después realizó un biopic sobre la vida de la Reina Victoria, demasiado clásico y académico, pues no dejaba ver la sensibilidad entre sus costuras. Pero con Café de Flore, vuelve a las historias cotidianas ambientadas en la actualidad. Porque el talento de Marc-Vallée es ése: reflejar los mínimos acontecimientos de la rutina diaria como si se asistiese a la primera vivencia de los mismos.

Y es que todo el film se erige en torno a microsecuencias, que generan un microclima de la cotidiandad: todos los planos son atmosféricos, retratan la sensación que provoca un acontecimiento o un gesto, y logran la conexión del espectador a través de una empatía sensitiva, pues todos somos capaces de identificarnos con tales sensaciones. Además, todos los gestos son de mínimo dramatismo: son los hechos más cotidianos los que tienen cabida delante de su cámara, y construye las historias a través de una sucesión de rutinas, de pequeños aconteceres, que son, en definitiva, los que tejen el devenir.

Pero a la vez, inserta esta capacidad por el instante, por el detalle atmosférico, en una trama de historias cruzadas que logra mantener en vilo al espectador. Por un lado, la historia del amor entre una madre y su hijo síndrome de Down ambientada en el París de los años sesenta. Sin duda, la más interesante, pues este tema ha sido tratado de forma muy estereotipada normalmente en el cine, y Marc-Vallée logra captar la conexión materno-filial con una gran sensibilidad y mostrar la difícil adaptación a las instituciones educativas del niño. Y es que concentrarse en gestos y no en situaciones arquetípicas logra desembarazar de clichés a la cinta.

La otra historia es un triángulo amoroso en el Montreal de la actualidad entre el DJ Maurice y dos mujeres, y también logra una cierta novedad por el recurso a microsituaciones. Y ambas se vertebran a través de un mismo sentimiento: el amor. De hecho, el director parece abogar por una especie de empatía universal, una red de relaciones en la que los sentimientos se trasladan de persona en persona. De ahí que ambas historias se comuniquen a través de los sueños, y las conductas de unos afecten a otros pese a la distancia temporal y espacial.

Tras este juego de concomitancias entre las historias descansa la siguiente ideología: los seres humanos nos animamos poseídos por un furor, por una emoción universal que surca la red de subjetividades y nos sacude. Es una teoría que se remonta a Heráclito: la existencia del logos común, de la razón común, una inteligencia universal que anima las manifestaciones concretas anímicas en cada individuo.

Quizá el final del film es demasiado trágico, y toda la verosimilitud que había construido a base de gestos cotidianos se desmorone ante un acontecimiento que estalla por su extravagancia. Aquí, puede romperse el pacto de credibilidad con el espectador. Pero, para entonces, ya se ha disfrutado del ritmo visual del film y de una atractiva banda sonora, con piezas de Pink Floyd. Uno queda hipnotizado ante este deambular de planos-atmósfera que construyen la narración.

Fotos: The Film Emporium