No, el último film de Pablo Larraín, fue una de las revelaciones del festival de Cannes de este año. Presentada en la Quincena de Realizadores, obtuvo el Premio a la Mejor Película de la sección. Pero el reconocimiento no vino sólo de la crítica, pues todo el mundo en la calle preguntaba lo mismo en la puerta de las salas de cine de Cannes: ¿Ya viste No? Su fecha de estreno se acerca en Latinoamérica, pues algunos países podrán disfrutar de su visionado a partir de agosto; en cambio, a España llegará, probablemente, el año próximo. Mientras tanto, podemos disfrutar de su tráiler:

No aborda las elecciones convocadas en 1988 por Augusto Pinochet, bajo petición internacional, para dar una salida democrática al país; y René Saavedra, encarnado por Gael García Bernal, será el elegido por la oposición para diseñar una campaña que permita el derrocamiento del dictador. Una campaña que se sostiene con un solo monosílabo: NO. Otros actores que siguen a Gael son Alfredo Castor y Luis Gnecco.

El film propone algunas ideas estéticas interesantes. Está rodado con cámaras de televisión de los años ochenta, de modo que la imagen se presenta menos definida y con colores más saturados. Se busca, pues, generar la sensación en el espectador de asistir a las elecciones en tiempo presente, pues reproduce una de las posibilidades más extendidas para acceder a la información electoral: a través de la televisión. Así, si hay estética televisiva, nos convertimos en telespectadores de un acontecimiento real y contemporáneo a nuestra experiencia de visionado.

Además, sirve para igualar las imágenes de archivo con las reales, generando así una conciliación entre historia y representación: no sabemos si asistimos a imágenes del momento o a la reconstrucción de Larraín. De todos modos, no es la historia escrita una representación de la realidad, una narración posterior al hecho que busca asignarle unos significados que no posee. Toda imagen creada por televisión en aquella época es, igualmente representación del presente.

La estética televisiva irrumpe también a través de una imperfección en la composición del plano: los límites del encuadre recortan a las personas y a los objetos, la cámara tiembla constantemente, se recurre al uso de zooms y no buscan una composición clásica, en la que todo elemento resulta significativo. Se pretende generar la sensación de actualidad a través de un seguimiento del acontecimiento de forma brusca pero contemporánea: la cámara persigue los hechos, que se revelan demasiado enormes para ser captados en una imagen estable. Así, el plebiscito sólo puede ser capturado mediante una imagen temblorosa que busca retratar la complejidad y la velocidad de esta realidad.

Y el propósito de toda esta propuesta estética es permitir una aprehensión de la realidad de la forma más veraz posible. Es una propuesta de realismo diferente, que asigna a la imagen televisiva una connotación realista por su mayor aproximación a la actualidad. Pero debemos comprender que esta imagen no es realista por sí misma: su realismo proviene de un constructo cultural, de aquella fe depositada en la televisión como forma de acceder a una realidad que escapa a nuestro entorno cercano. Una fe que puede derrocarse si este medio sigue virando hacia una creciente politización de las noticias: ya no hay búsqueda de veracidad, sino discurso subterráneo.

Con No, Pablo Larraín sigue con su propuesta de construir un fresco cinematográfico sobre la dictadura de Pinochet. Vuelca la mirada a un pasado traumático que es preciso revisarlo, pues sin la palabra, sin la imagen, todo queda rezagado transformado en ira y dolor. Y esta vez se enfrenta al final de la dictadura, mientras que en Post-Mortem retrató el origen, el golpe de Estado y el dolor debido a la desaparición de un ser querido, que siempre bloquea el duelo, y en Tony Manero retrató el durante, el difícil contexto social en el que debía desarrollarse la vida.

Fotos: Filmofilia