Glen Hansard y Markéta Irglova nos enamoraron en el musical romántico Once (Una vez), del irlandés John Carney. Él, un músico callejero que de día canta canciones de éxito y de noche temas de desamor. Ella, una checa que vende flores por las calles de Dublín. Juntos deciden hacer un dueto en una tienda de música, y finalmente formarán un grupo de música, The Swell Season, e iniciarián un idilio amoroso… Que también ha tenido lugar en la realidad. La ficción tuvo sus consecuencias en la realidad, de ahí que se haya recurrido a otro modo de representación más anclado a lo real, el documental, para narrar la verdadera relación entre músico y vendedora. Así hemos desembocado a The Swell Season, estrenado este viernes en la cartelera de España.

The Swell Season es el toque desmitificador necesario en todo relato: su propósito es retratar los obstáculos de la relación ante una vida colmada de actividad, la de un músico que tiene proyectadas giras mundiales para mostrar su música. De ahí su interés: es lo que ocurre después del “Te quiero”, la segunda parte de toda comedia romántica o, si invertimos su significado, la fase de la relación que retrata Woody Allen. Y en este caso, tres directores que debutan en el cine, Nick August-Perna, Chris Dapkins y Carlo Mirabella-Davis, se encargan de realizar el seguimiento de la relación a través de la gira de conciertos de Glen Hansard.

El documental se inserta en un presente continuo: trata de huir del uso de imágenes de archivo en bruto o de fotografías, el recurso más fácil para mostrar el pasado de los personajes. De ahí que recurra a mostrar, a través de una televisión, las imágenes del recibimiento del Oscar a la mejor canción original en 2008 por Once: la presencia de ese televisor ancla toda imagen en el presente y genera una sensación de nostalgia de una forma bastante sutil. Asimismo, todas las entrevistas son en presente, los personajes visitan los lugares de su infancia o sus allegados hablan del pasado. Es, quizá, uno de los aspectos más interesantes de la cinta, pues la sensación final es la de vivir junto a la pareja el ajetreo de la gira por EEUU.

Por otro lado, The Swell Season recurre a un elegante blanco y negro para realizar el retrato de la pareja. Normalmente, este recurso se debe a motivaciones de ambientación, como ocurre en The Artist. En The Swell Season, el motivo es distinto: alcanzar un mayor grado de intimismo en el acercamiento a la relación. Y es que el blanco y negro sigue asociado a un mayor realismo, probablemente a causa del cine de los años sesenta, tanto la nouvelle vague como el cinéma verité, que gracias a las nuevas cámaras de 8 mm lograban rodar películas alejadas de convenciones de Hollywood y próximas a la vida.

Así, The Swell Season recurre al blanco y negro porque lo toma como sinónimo de realismo, y la realidad es su objetivo, pues adopta el modo de representación del documental. Y es que con Glen Hansard, la ficción siempre está desbordada por la realidad: siempre ha actuado con su profesión real en el cine, como músico, tanto en The Commitments, de Alan Parker, como en Once. En esta última, se buscaba una proximidad con la vida cotidiana, de ahí que la iluminación sea natural y los planos huyan del esteticismo: se busca más la expresión espontánea de vida que la rigidez de la composición pictórica. Pero además, en The Swell Season, el blanco y negro logra también una presencia quebrada de la realidad, como si fuese incapaz de completarse, señalando con ello la imposible completitud de la relación entre Glen y Markéta.

Los protagonistas aparecen por separado en numerosas imágenes, y las entrevistas personales suelen ser individuales, tratando de imprimir un distanciamiento amoroso en el propio plano. Además, para su retrato se recurre a entrevistas de sus seres más próximos, lo que otorga una visión perspectivista de la relación: no sólo conocemos las dos versiones discordantes, sino también las voces de alrededor, generando una realidad poliédrica.

Pero The Swell Season posee algunos problemas graves. Por un lado, es demasiado autorreferencial: el documental no se sostiene sin su obligado referente, Once. Por otro lado, hay una cierta monotonía en el montaje: gran parte de film se construye mediante la yuxtaposición de imágenes de conciertos y entrevistas, generando una sensación de repetición que puede hacer mitigar el interés del espectador. Finalmente, el discurso sobre el conflicto entre amor y fama es bastante endeble. La conclusión es fácil: es recomendable para los fans de Glen Hansar o si amaste profundamente Once.

Fotos: Videodromo