Debe ser bastante difícil para cualquier director, por muy bueno o por mucho éxito que tengan sus obras, cambiar de formato, ya sea del cine a la televisión, al videoclip o viceversa. Cada uno de ellos tiene una razón de ser y un público determinado que espera ver una obra que cumpla ciertas reglas que restringen el medio, por lo que deben adaptarse o romperlas de tal forma que muestren algo que vaya más allá de su propio medio, algo que sólo está al alcance de unos pocos.

El último en cambiar de registro ha sido Seth MacFarlane, que se ha pasado de la televisión al cine. Estoy seguro de que para muchos no hará falta explicar quién es este personaje, pero para los más despistados decir que su carrera se centra principalmente en la animación para televisión donde ha destacado con dos obras principalmente: Family Guy y American Dad. Poco currículum más hace falta tener para demostrar que, cuanto menos, MacFarlane tiene mucho que decir en el mundo audiovisual. O al menos eso es lo que creíamos, por que con un artista así que nos ha dejado tantos buenos momentos en la televisión, podíamos esperar que haría lo propio en su debut cinematográfico: nada más lejos de la realidad.

En su primer largometraje se acoge a una historia ya bastante raída: la del protagonista que quiere vivir como eterno adolescente y cuyo mejor amigo es el que evita que se produzca ese paso natural (You, Me and Dupree). El protagonista se siente bien con la vida que lleva, sin responsabilidades y disfrutándola a su manera, hasta que la vida le exige algo más, madurar y romper con todos esos sueños de juventud. Ese conflicto es el detonante del resto de la previsible historia de Ted, donde desde el primer momento ya nos podemos imaginar no sólo cómo va a concluir sino también cómo se va a desarrollar.

Pero, hay que reconocerlo, cualquier espectador que acuda a las salas a ver esta película no espera un guión trabajado ni una forma de concebir el arte cinematográfico de forma innovadora. Si el público quiere ver esta película es porque espera unos cuantos gags al más puro estilo de Family Guy, que al fin y al cabo es el reclamo principal de la película. Desgraciadamente, aunque esto lo encontramos en la película, creo que este tipo de humor ha sido explotado por el propio MacFarlane durante tanto tiempo que ya ha perdido su esencia cómica y esto repercute de manera capital en la calidad de su largometraje. Todos ellos están protagonizados por el animado oso de peluche que da título a la película, que se muestra desde el primer momento como un ser malhablado que no teme decir lo que piensa (y que el público desea que así sea). Pero esos chistes tan vistos, y que tan bien funcionan en la serie, en esta película se quedan en poco más que comentarios chistosos.

Es una auténtica lástima que MacFarlane haya tenido un debut tan lamentable como el que representa esta película, pero no todo en ella es negativo: también cuenta con dos puntos positivos. Por un lado está la gran calidad de la animación del oso de peluche, realizado con gran naturalidad tanto sus movimientos como las facciones de la cara, especialmente durante una conversación. Consigue ser bastante creíble en este aspecto. Por otra parte, y lo único realmente gracioso de la cinta es el espectacular baile que se marca Giovanni Ribisi delante de la televisión, sin ningún pudor ni vergüenza.

Este es el momento estelar de la película, lo único que puede servir como excusa para verla, y eso que apenas dura unos segundos. Espero que en sus próximos proyectos cinematográficos, MacFarlane se dé cuenta de que existe una gran diferencia entre realizar series de televisión y obras cinematográficas, y sobre todo que la capacidad de hacer reír al espectador en cada una de ellas también es muy distinta.