El director de cine japonés Kenji Mizoguchi, célebre por obras que mezclan poesía y sordidez como El intendente Shanso o Cuentos de la luna pálida después de la lluvia de agosto (sólo por este precioso título merece ver esta maravillosa cinta), cuidaba hasta el último detalle de la puesta en escena de sus films. Y era tan riguroso en la dirección de actores que muchas actrices terminaban en el llanto ante sus rígidas órdenes.

El resultado, como puede comprobarse, no puede ser mejor: las mujeres de Mizoguchi son puro desgarro, dolor emergiendo a lo real, llanto materializado. Son mujeres dotadas con una compleja psicología, dado que Mizoguchi reivindicaba la igualdad de la mujer a través de su cine. De hecho, el otro día vi La calle de la vergüenza y sus personajes femeninos, prostitutas, parecían mujeres sacadas del universo de Pedro Almodóvar más próximo a lo real, especialmente el de Todo sobre mi madre. Y precisamente, esta semana ha fallecido uno de los iconos de este desgarro japonés: Isuzu Yamada, una de las actrices de cabecera de Kenji Mizoguchi.

Su familia ya era totalmente cinematográfica. Su padre era un actor de onnagata, es decir, un actor que encarnaba personajes femeninos en el teatro kabuki japonés. Su madre, Ritsu, era una geisha. Y ella aprendió el nagauta, el instrumento que se tocaba en la puesta en escena del teatro kabuki. Debutó en el cine con 12 años, pero su primer papel destacado fue en Las hermanas de Gion (1936), de Kenji Mizoguchi.

Es la mejor película del período anterior a la 2ª Guerra Mundial del director y ya da muestras de una adscripción al realismo, mostrando detalles sórdidos de la prostitución. En ella, Isuzu encarna a una geisha que pretende revelarse contra la dominación del hombre en el burdel y busca aprovecharse de sus clientes, pues considera que la mujer debe imponerse en un mundo que le obliga al desamparo. Con rasgos de femme fatale, lucha contra la pasividad de su hermana geisha, y Mizoguchi parece poner la cámara del lado de Isuzu. El mismo año encarnó, en otra obra del mismo director, Elegía de Naniwa, a una joven telefonista que debe acostarse con su jefe para poder pagar sus deudas, y termina ejerciendo la prostitución.

Pero no alcanzó celebridad en occidente hasta los años cincuenta, precisamente de forma simultánea a la eclosión del cine japonés en el mundo gracias a la presentación, en los festivales de Cannes y Venecia principalmente, de las obras dirigidas por la tríada de los directores japoneses más interesantes e innovadores: Kenji Mizoguchi, Yasujiro Ozu y Akira Kurosawa. E Isuzu participó con los tres, aunque fue breve la colaboración con Ozu, tan sólo en el film El crepúsculo de Tokio donde encarna a una mujer que abandona a su esposo por otro hombre.

Las cimas de sus interpretaciones llegaron de la mano de Akira Kurosawa, especialmente en Trono de sangre (1956), la adaptación a la cultura japonesa de Macbeth, de Shakespeare. Akira llevó el drama inglés al teatro Noh, basado en el minimalismo del gesto y en la exageración de una reacción circundada por silencio y quietud. Isuzu, aquí, encarna a una de las mejores Lady Macbeth del cine, y para su interpretación trató de convertir su rostro en una rígida máscara, que permanecería inmóvil ante todo hecho exterior que pudiese generar dolor interno. Es la apoteosis de la unión de femme fatale y mujer desgarrada, que termina en la desgracia, en decir, en la locura. Asimismo, también apareció en otras obras del mismo director, como Los bajos fondos, inspirada en una obra del ruso Maxim Gorki, y Yojimbo, donde actuó como esposa del líder de una de las dos facciones enfrentadas. Murió el lunes 9 de julio con 95 años y más de 120 títulos a sus espaldas.

Fotos: Criterion