Chris Marker ha muerto a los 91 años, y se ha ido del mismo modo en que ha trabajado: en silencio y en soledad. Porque este cineasta, que ha revolucionado el documental y ha inventado un nuevo género, el ensayo fílmico, gustaba de trabajar sólo y en absoluta tranquilidad. Como algunos de los escritores más interesantes de la literatura contemporánea, como Thomas Pynchon o Salinger, no concedía entrevistas, y vivía aislado en su casa de Paris, como un enigma. De hecho, se desconoce el lugar exacto de su nacimiento y si alguien le pedía una foto suya, él enviaba una foto de su gato. Un gato que es irónico y no a la vez, porque siempre afirmaba lo siguiente: “Me hubiera gustado vivir una época más pacífica para dedicarme a filmar lo que realmente prefiero: chicas y gatos”.

Pero este aislamiento le permitió realizar algunas de las joyas más exquisitas de la historia del documental, la mayor parte de las cuales giraba en torno a la memoria, el tema que le obsesionaba. La imposibilidad de aprehender el pasado sin desvirtuarlo; de ahí que falsease su biografía cuando los periodistas le preguntaban, pues ¿qué es más cierto, una narración que simplifique el pasado o una ficción sobre el mismo? En homenaje a su figura, he querido elaborar un lista con 4 obras imprescindibles de este filósofo, intelectual, crítico, poeta y director, que cuenta con más de 60 documentales en su haber:

Les statues meurent aussi (Las estatuas también mueren), 1953.

Es un mediometraje documental dirigido en colaboración con Alain Resnais, y gira en torno a una idea: las estatuas mueren cuando son introducidas en el museo. El arte entendido como una feria de muestras de las grandes creaciones del pasado es una botánica de la muerte, pues una obra sólo está viva en conexión con su entorno y su contexto de creación. Así, el museo es la muerte del arte. El visitante observa las estatuas a través de la vitrina como un artefacto finalizado, y las objetivizan mediante su mirada, quebrando la cultura que las forjó; pero las estatuas mostradas en el film portan su mirada desde África, de modo que insertan un poder subversivo dentro de la civilización occidental. Un poder, no obstante, mitigado por la opacidad del cristal del museo. Es un documental que suma imágenes de archivo con imágenes reales, donde destaca un momento en el que suceden máscaras africanas al ritmo de la música, generando una reflexión sobre la carnavalización de las culturas periféricas a ojos de occidentales.

Les austronautes (Los astronautas), 1959

Chris Marker también se sumergió en el terreno de la animación por stop-motion a través de este imaginativo cortometraje sobre un astronauta que viaja a la luna. Realizado en colaboración con el animador polaco Walerian Borowczyk, destaca por el carácter onírico del film, que recuerda el espíritu de Méliès, y la fusión de texturas, con imágenes reales, imágenes animadas, tinturas, negativos o blanco y negro.

La jetée (El muelle), 1962

La Jetée es otra invención de Marker: lo que él denomina la fotonovela, una narración construida a través de imágenes detenidas. En La Jetée no encontramos ni un sólo fotograma en movimiento: todo son instantes detenidos. Pero la magia del montaje permite lo imposible: la creación del movimiento. El visionado de La Jetée ocasiona la vivencia de un movimiento inexistente en el plano, pero que se genera de forma inconsciente en su sucesión. Es un mediometraje de ciencia ficción sobre un hombre que, en un mundo devastado, viaja al pasado en busca de ayuda y al futuro en busca de solución. En definitiva, un viaje en busca del tiempo perdido, y una proyección de deseos al futuro, pero a través de fotos fijas, pues al fin y al cabo, como afirma el filósofo Gaston Bachelard, no recordamos fragmentos de tiempo, sino instantes.

Sans soleil (Sin sol), 1983

No existía ningún género capaz de abarcar la compleja obra que es Sans Soleil, así que los críticos inventaron un nuevo término: ensayo fílmico, que permite la transmisión de filosofía a través del cine. En Sans Soleil, Marker une imágenes de archivo con filmaciones propias en un intento de construir una definición de memoria. Y para ello, se sirve de uno de sus films predilectos, Vertigo, de Alfred Hitchcock, creando el concepto de memoria imposible: una memoria en espiral, como el peinado de Madeleine, como la persecución de Scottie en coche por las calles de San Francisco, pues el tiempo no es lineal ni es objetivo. Y como consecuencia, no podemos acceder a él directamente, sino a través de una espiral, pues el recuerdo es una herida sin cuerpo, una huella sin materia. Sólo el dolor se inscribe con eficacia en la memoria, y es imposible mirarlo directamente, por lo que es preciso rodearlo para conocerlo. Está bloqueada, entonces, toda arqueología: sólo mediante un desvío por la ficción, el mito, la realidad y el ensueño somos capaces de recuperarlo.

También tiene una parte política, donde destaco una mirada directa a cámara de una chica de Guinea Bissau, y que plantea la siguiente pregunta: ¿quién posee el poder ahora, la mirada occidental, que siempre lo ha detentado, o esa mirada que objetiviza al espectador dirigida desde la periferia del mundo a través del celuloide? Una mirada de la medusa, que petrifica al espectador y subvierte la jerarquía que ha existido entre los dos mundos.

Fotos: Grupo Joly