Más de 5 años ha pasado el dramaturgo y director Kenneth Lonergan en la sala de montaje para terminar su última obra, Margaret. Y no sólo por la complejidad del film, sino también por múltiples litigios que han paralizado el estreno en salas. Filmado en 2005, tras más de dos años de elaboración del guión, Lonergan realizó una versión de 3 horas que fue rechazada por el inversor privado. Éste encargó una versión de 100 minutos, pero Lonergan la rechazó por considerar que desvirtuaba el discurso de su obra, así que Fox y Lonergan realizaron un nuevo montaje de 150 minutos y lo estrenaron en 2011 en varias salas de Nueva York y Los Ángeles de forma casi silenciosa.

Margaret es un perfecto ejemplo de la dificultad de realizar un film complejo, que necesita de un largo metraje para desarrollar todas sus ideas, en un complejo industrial cuya base es la generación de dinero, donde una obra es un producto. Pero Margaret, cuyo estreno causó escaso impacto en el público, está siendo revalorizada progresivamente por la crítica, y por suerte ha llegado ahora en Julio a la cartelera española. Cuenta con más de 51 personajes con frase, y algunos de ellos están encarnados por célebres intérpretes como Matt Damon, Jean Reno o Mark Ruffalo.

Margaret, interpretada por Anna Paquin, es una joven neoyorkina de 17 años que ocasiona un accidente, de forma involuntaria, que siega la vida a una transeúnte. Así, el film parte de un shock, pues Margaret asiste a la muerte de la transeúnte en directo, y este hecho le genera un complejo traumático que le desliga del sistema de significados heredados por la cultura y los padres, en los que se había instalado cómodamente. Esta escena es una de las más poderosas del film, y en mi opinión, permite una supresión de tópicos en cuanto a la filmación de accidentes: está realizada en tiempo real, no sólo el accidente, sino el después, la asistencia de los viandantes anónimos a la moribunda, que sufre un shock post-traumático. Asistimos a una dilatación de la agonía, y la escena es tan extremadamente real, que parece surreal.

Y es que a partir de este episodio emerge lo real lacaniano, el horror puro que no puede simbolizarse, que no puede traducirse a la palabra, y queda grabado en la pantalla del inconsciente de Margaret en forma de sentimiento de culpa. Lo interesante del film es observar la construcción de una nueva identidad de Margaret tras este shock traumático. Y aquí es donde más se observa el aparatoso proceso de montaje: el film deambula con algunas elipsis demasiado bruscas, algunas escenas demasiado largas y una sucesión dramática algo desafortunada en ocasiones. Encuentro una cierta dispersión en cuanto a la progresión emocional de Margaret, con algunos vaivenes del montaje inadecuados a su subjetividad.

Aún así, hay una cierta coherencia en su evolución: primero se aferra a la descarga violenta, a la rebeldía, a través del sexo y las discusiones familiares. Más tarde, trata de refugiarse en la pureza moral, siguiendo la célebre frase del dramaturgo Shaw, nombrada en el film: “para el inglés, el mundo es un gimnasio moral”. Su propósito ahora es castigar al conductor del autobús por su descuido en el accidente, de modo que pueda pivotar toda su vida sobre la idea del bien. Pero Lonergan quiere señalar la imposibilidad de llegar a tal idea de bondad, pues muestra una visión crítica de Margaret a través del resto de los personajes, de modo que nunca aparece idealizada su opción: a través del perspectivismo, vemos el tambaleo de su identidad, que no logra estabilizarse sobre una opción fija.

Uno de los aspectos más interesantes del film es el retrato de la ciudad, que discurre de forma pareja a la evolución de Margaret. Los créditos están impresos sobre planos autónomos de la ciudad, que palpita por sí misma, y esta apertura sirve para indicar el sistema de significados sociales en el que Margaret se ha sumergido por el simple hecho de nacer en Nueva York. Más tarde, se sentirá juzgada por su entorno, de modo que la ciudad se vuelve hostil, y a través de ralentís mientras ella pasea observamos el peso de la urbe sobre el personaje. Se produce un conflicto individuo-sociedad, por lo que aparecen planos autónomos de la urbe mostrando su dominio sobre el personaje. Aún así, Margaret sabe que debe aferrarse a la sociedad para seguir viviendo a través de significados sociales, no puede generar por sí misma un sistema de vida. Por ello, realiza dos paseos solitarios en los que el conflicto individuo-sociedad se vuelve creativo: en ellos observa acontecimientos sin significado, y a través de la mirada les otorga un sentido: proyecta su subjetividad en la urbe. Ahí, en ese rehacer la ciudad conforme a su individualidad, logra Margaret una creatividad de su subjetividad errática.

En ese periplo en busca de su identidad, Lonergan ofrece un retrato sobre una sociedad también traumada tras el 11-S, y sobre la corrupción que mueve algunos de sus pilares; una sociedad que considera justicia el dar una indemnización a las víctimas: el dinero es la justicia. Así, el film deambula en círculos concéntricos cada vez más alejados del epicentro, el trauma del accidente, para acceder a un retrato del conjunto de la sociedad. Y para bien o para mal, Margaret obtiene una solución, aunque muy amplia y ambigua: el amor y la experiencia estética como única posibilidad de existencia en el mundo.

Un problema que encuentro es su excesivo intelectualismo: hay personajes demolidos y una fuerte crítica social, pero muchas veces se encadena a través de escenas discursivas, basadas en la interpretación, en la palabra, y olvida en ocasiones la capacidad del cine para crear sensaciones. Puede deberse al origen teatral del director, que sobrevalora la palabra frente a la imagen, y en mi opinión, era necesario incluir imágenes imágenes sensoriales que nos sumergiesen en el conflicto interno de Margaret. Aún así, creo que estamos ante una de las propuestas más interesantes del cine de EEUU de este año, y logra erigirse en una obra total, al estilo de la gran novela decimonónica, logrando un complejo retraro que salta desde el individuo hasta la sociedad de forma casi imperceptible.

Fotos: The Magazine