Andrei Zvyagintsev es la nueva revelación del cine ruso y la cabeza, junto con Sokurov, de una cinematografía que siempre está soportada por directores faro. Y como todo director ruso, debe comenzar siguiendo los pasos del genio Andrei Tarkovski, como hizo en su El regreso y The banishment. Pero en Elena, ganadora del Premio Especial del Jurado Un Certain regard en Cannes 2011, ya se ha desembarazo de su influencia y ha firmado una obra personal y desligada de su producción anterior, filmada a través de planos distanciados, muchos de ellos secuencia, logrando conciliar acontecimientos diferentes en un mismo fragmento temporal: ahí es donde destella la genialidad de este realizador.

En Elena filma una obra escindida entre el drama social y el drama psicológico, entre la crítica social y política y el retrato de una familia desestructurada. De ahí el recurso al plano medio, que teje todo el film: no hay apenas planos generales, ni tampoco primeros planos, pues busca en todo momento un equilibrio entre individuo y sociedad. Además, la composición refleja una influencia del pintor Edward Hopper, pues los personajes son poco expresivos, están ensimismados, y no revelan su psicología; es la propia composición del plano la que permite esbozar su interioridad. Tal y como ocurre en los cuadros del pintor: son los elementos y motivos los que nos narran su vida, pero sus gestos conducen al vacío, a la nada.

El film narra el reparto de las propiedades de un empresario, Vladimir, tras el sufrimiento de una enfermedad que lo degrada progresivamente. Y ese motivo sirve para tejer un drama de admirable ambigüedad, evitando el juicio del espectador, pues la motivación de los personajes se desvela siempre tarde, después del acto, de modo que no podemos emitir una valoración de su conducta. Y el hilo conductor será Elena, la mujer-sirviente de Vladimir, que trata de ayudar económicamente a su primera familia.

Elena es el nexo de unión entre dos mundos, las altas finanzas y los bajos suburbios, y sólo tiene un propósito que mantiene inmutable durante todo el film: obtener dinero de Vladimir para pagar la universidad de su nieto Sasha. Y cada mundo revela una distinta puesta en escena: la geometría domina en la mansión de Vladimir, mientras que las composiciones orgánicas y la imperfección son los protagonistas en la casa de su familia. Incluso los planos de la mansión están más equilibrados y son más aéreos, mientras que la imagen siempre está obstaculizada por objetos en el suburbio. Todo ello muestra las contradicciones que encierra cada lugar.

Lo interesante del film es la posible proyección sociopolítica de los personajes, sin convertirse el film en una alegoría política: simplemente es el retrato de unos arquetipos propios de la cultura rusa que dominan la escena del país desde la caída del Muro de Berlín. Vladimir es la encarnación de Vladimir Putin, o de cualquier otro presidente ruso que, pese a fundar su gobierno en la democracia, adoptan maneras dictatoriales. Y es que el arquetipo zarista parece imposible de extirpar de un país donde la libertad está cada vez más socavada. El Vladimir de Elena es una abstracción del poder: un patriarca en casa y en la empresa, dotado de una masculinidad arcaica hasta el punto de convertir a su mujer en sirvienta, pues es incapaz de reconocer la igualdad entre sexos. Todo es sumisión en su entorno, pues él dispone del motor del país: el dinero.

Su hija, que le evita, regresa en el lecho de muerte a buscar herencia, y encarna perfectamente el arquetipo de hija de millonario ruso desligada del padre, como muchos hijos españoles se distanciaron de unos padres situados en la cúpula del poder franquista. Es la encarnación del nihilismo más nietzscheano, ese vacío constitutivo de todo el pensamiento occidental, pues la vida, al fin y al cabo, no tiene sentido en sí misma; debemos otorgárselo. Pero ella es incapaz de continuar con los significados que su padre le ha impuesto y no consigue crear los suyos propios: sólo le queda la deriva.

Por otro lado, el derrocamiento de la clase dirigente a causa de la enfermedad permite el acceso al dinero de la clase obrera, como si de una nueva revolución rusa se tratase. Pero este triunfo no revela una utopía: ahí emerge la terrible complejidad de este film. La casa del empresario saboteada por la familia empobrecida estalla como un caos, y el hijo que parecía ir a la universidad se refugia en estallidos de violencia. Elena se siente íntegra moralmente, pero lo que el film nos comunica es que lo que Nietzsche nos revela en toda su obra: hemos juzgado la moral por su intención, y hemos olvidado sus consecuencias. La intención de Elena era irreprochable, pero sus consecuencias ruinosas pese a su inconsciencia.

En definitiva, una película que se sirve de profundos arquetipos arraigados en el inconsciente colectivo de Rusia para realizar un retrato de la sociedad del país, y sólo a través de una pequeño drama familiar. Todo ello sostenido a través de una excelente banda sonora, donde destaca el tema principal, en mi opinión una obra maestra en sí mismo. Se trata de la Tercera Sinfonía de Philip Glass, un genio de la música que ha compuesto bandas sonoras exquisitas, como The Hours o Notes on a Scandal (Diario de un escándalo). Esta composición me evoca un paseo por la ciudad, rodeado de estímulos que soy incapaz de asimilar y con una ansiedad desbordante. O, al menos, yo la asocio a tal situación. Y precisamente, Andrei ha dotado a esa canción de una significación similar, como ocurre en el paseo de Elena por la ciudad, donde se encuentra asediada por signos que es incapaz de interpretar: trenes, bullicio, pasajeros, grafitis… En definitiva, la realidad social rusa, que se cuela por la rendija del plano. Os dejo con la composición y os recomiendo escucharla, porque es una pura maravilla:

Fotos: Depesha