El cine estadounidense siempre ha tenido una especial predilección por las películas cómicas nutridas con una generosa dosis de aquel humor slapstick que tanto proliferara en la época del cine mudo. Jerry Lewis, Peter Sellers o Jim Carrey son algunos de los cómicos que han explotado esta vertiente tan visual del humor que, en la mayoría de las veces (pero no en todas), carece de una mínima profundidad dramática. No es que Sacha Baron Cohen sea el colmo de la intelectualidad cómica, pero lo cierto es que, además de saber promocionar su película, tiene la capacidad de arrancarte más de una carcajada con algunos momentos de The Dictator, una gesta que ya es bastante loable hoy en día.

The Dictator

Si esta es su tercera colaboración junto a Larry Charles, que ya le dirigiera tanto en Borat como en Bruno, lo cierto es que yo diría que todos los aciertos de la película son atribuibles al propio Cohen. La dirección de la película está a la altura de la misma chabacanería de la que hace gala el personaje protagonista, en lo que no parece que sea una elección de estilo deliberada, sino la ausencia total y absoluta de intención creativa. Cualquier plano de la película está en función del actor, más que del personaje, pero nunca al servicio de su historia. Y no es que el guión de la película sea de una calidad suprema, dista bastante de ser incluso interesante, pero llama la atención todo lo que esconde detrás.

Sacha Baron Cohen y Beng Kingsley

Si a primera vista podemos encontrar una buena dosis de provocación, finalmente encontraremos una sátira, no tanto de los países árabes regidos por un dictador como el que él mismo representa en la película, sino hacia aquellos países democráticos que, como los Estados Unidos de América, se manifiestan libres… y no lo son. Cierto es que hay elementos de la trama que son altamente mejorables, como la improbable relación sentimental con Zoey (Anna Faris) o la imposible relación de amistad con Nadal (Jason Mantzoukas), además de la facilidad con la que se resuelven la mayoría de los conflictos de la trama. También es verdad que una vez se muestran todos los gas que se desvelaban en el tráiler de la película pocas bromas quedan realmente interesantes por aportar.

Anna Faris

Pero nada como comprobar en la secuencia final de la película que la defensa que el dictador Aladeen hace de una dictadura (la suya), se adapta como un guante a las prácticas sistemáticas de los gobiernos de muchas democracias conocidas (las nuestras). Particularmente y en lo que me toca, a las del gobierno de Mariano Rajoy en España, que va camino de convertirse en un país patéticamente similar al que lidera Aladeen.

2 estrellas