¿Qué puede esperar cualquier espectador de una película como Project X? Después de ver los distintos avances que se publicaron sobre ella, lo único que se podía adivinar es que sería una nueva película sobre adolescentes que intentan llamar la atención y hacerse un nombre entre sus compañeros. El principal aliciente que tenía la película era mostrar la fiesta que “organizan” los protagonistas para conseguirlo, cómo se les va de las manos y cómo se convierte en algo tan salvaje y anárquico que ninguno de ellos podría imaginar. En principio puede parecer una propuesta que tenga algo interesante, que pueda aportar alguna novedad a un subgénero tan prolífico y tan tremendamente castigado.

Sin embargo, hay que perder toda esperanza de que Project X sea una película medianamente interesante. Para empezar, el planteamiento de la película gira en torno a los tres protagonistas y a la fiesta de cumpleaños de uno de ellos. La falta total de escrúpulos, o directamente de ganas de trabajar, de los guionistas les llevó a utilizar, sin ningún tipo de tapujos, unas características para su trío protagonista completamente iguales a las que ya pudimos ver en los tres personajes centrales de Superbad.

Por un lado tenemos al cumpleañero, interpretado por Thomas Mann y que da vida al prototipo de joven retraído y recatado cuya timidez le lleva no sólo a limitar sus acciones sino también las de sus compañeros. Eso en principio, porque después se descubre todo lo que guarda en el interior, toda la represión que ha sufrido especialmente por parte de sus padres y es uno de los principales alentadores de la fiesta. Este personaje equivaldría al que interpretó Michael Cera en Superbad.

Por otra parte tenemos al organizador, al que comanda el grupo y el principal promulgador de la fiesta. Cuanto más salvaje y desenfrenada, mejor. En esta ocasión tenemos al desconocido Oliver Cooper, que equivaldría a Jonah Hill, que utiliza toda clase de artimañas y herramientas de promoción para que la fiesta sea todo un éxito. Este tipo de personajes son los más desenfrenados porque no tienen en cuenta la consecuencia de sus actos, son irreflexivos y copan la mayor parte de los tacos que aparecen en la película. Además los momentos cómicos principales se centran en ellos.

Y el tercero en discordia es el personaje comodín, el que tiene una mezcla de los dos anteriores. En esta ocasión tenemos a otro desconocido, Jonathan Daniel Brown, que equivaldría a Christopher Mintz-Plasse, aunque con dos diferencias principales: unos cuantos kilos de más y que el personaje de McLovin es irrepetible. Estos caracteres son los cómicos en la sombra: no centran los gags más importantes pero suelen ser el centro de las bromas de sus compañeros, especialmente porque son personajes que no tienen la suficiente confianza en sí mismos como para contestarles.

Se puede observar que las similitudes entre las dos películas, con respecto a sus personajes, son demasiado evidentes. Si al menos hubieran conseguido mantener el nivel de Superbad en cuanto a las subtramas entre personajes, los momentos cómicos y el ritmo de la película, podríamos haber tenido una cinta decente y entretenida, pero lamentablemente no es así. La relación entre los protagonistas es puramente superficial: lo único importante es la fiesta, todo gira en torno a ella, al momento y a lo que pueda suceder. Esta importancia que le da la historia a la fiesta de cumpleaños es tal que todo lo demás de la película queda eclipsado.

El único aliciente que introduce el director para darle un toque de “originalidad” a la película es que toda ella se graba cámara en mano, ya sea con la cámara que lleva el grupo protagonista para dejar constancia del cumpleaños o con móviles de algunos de los que acuden a la fiesta. En teoría, esto tendría que servir para darle un mayor realismo y naturalidad a la película, además de para mostrarse como ejemplo de obra audiovisual que tan presente está entre los jóvenes de ahora, sin embargo todo se pone en su contra por varios motivos. Por un lado, el tema de la generación YouTube y las grabaciones con cámara subjetiva ya está demasiado trillado, por otro el montaje y el enorme número de cámaras utilizado en la película rompe esa naturalidad y, por si esto fuera poco, todo lo que acontece en la película es tan surrealista e inverosímil que nadie podría creérselo. Al ser su ópera prima, no se puede saber si esto es todo lo que puede dar de sí Nima Nourizadeh o es que no era un género en que sabe desenvolverse.

En definitiva, la película es un experimento completamente fallido, falto de originalidad, de sentido, de alicientes que puedan atraer al espectador y de una inverosimilitud que roza la locura. Además, si la película pretendía ser una comedia, deja bastante que desear puesto que no hay ni un momento destacable en este sentido en toda la cinta.

una estrella