Que Wes Anderson retorne al cine de imagen real, después de la maravillosa Fantastic Mr. Fox, no quiere decir que haya dejado de lado las técnicas de animación. Además de seguir siendo fiel a sí mismo, tanto por el tema que trata como por el estilo y estética con el que lo lo aborda, Moonrise Kingdom se convierte en una deliciosa película que al ubicarse en los años sesenta, parece encontrar el marco idóneo para desarrollar tanto las peculiares relaciones de sus personajes, como para alcanzar el esplendor de su particular estilo visual, que le enmarca como uno de los miembros más estimulantes de ese peculiar grupo de cineastas que denomino como ladrones de orquídeas.

En perfecta coherencia con las premisas que viene promulgando a lo largo de su trayectoria, Anderson vuelve a rodearse de sus colaboradores habituales, quienes ya constituyen familia profesional. Si Roman Coppola fuera el director de la segunda unidad de The Life Aquatic with Steve Zissou y de The Darjeeling Limited, en este última también era responsable del guión junto al propio director, al igual que lo es en Moonrise Kingdom. Reincide también el prolífico compositor francés Alexandre Desplat después de su magnífica colaboración en Fantastic Mr. Fox. Pero la colaboración que resulta definitiva en esta ocasión es la de Robert D. Yerman, que viene siendo su director de fotografía habitual desde Rushmore. Su particular uso de la luz es lo que permite esa coherencia estética que nos transporta a unos años sesenta de ensueño en los que no sólo no rechinan sino que resplandecen tanto el vestuario de los personajes, como el fabulosa diseño de producción de Adam Stockhausen, con quien ya trabajara también en The Darjeeling Limited.

Igual de afortunado resulta el equipo artístico encabezado por Bruce Willis, Frances McDorman y Edward Norton, que a pesar de ser la primera vez que participan en una película de Anderson, captan a la perfección el sentido del humor necesario para conseguir unas interpretaciones sobreactuadas, pero en perfecta sintonía con el tono de la película. Una capacidad que ya dominan colaboradores habituales de la familia Anderson como Bill Murray o Jason Schwartzman. No puedo dejar de mencionar a los dos adolescentes que protagonizan verdaderamente la película, Kara Hayward y Jared Gilman, absolutamente encantadores en su primera interpretación cinematográfica. Y es obligatorio aludir la deliciosa intervención de Bob Balaban, tierno y entrañable como ninguno de los profesores que pudieras imaginarte y que sirve además como narrador de la película.

Muchos espectadores disfrutarán con las señas de identidad de Wes Anderson como esos planos frontales y cenitales que transmiten esa claridad con la que los personajes ven su realidad, o los planos con movimiento que contribuyen a crear esa dimensión mágica que traspasa todas y cada una de sus películas. Pero podemos incluir como una de las características más interesantes de la película que los encuadres no siempre están diseñados a la medida de los personajes, sino a la de la naturaleza. Porque en Moonrise Kingdom las fuerzas de la naturaleza se convierten en un personaje más, que sirve como metáfora del amor, ese sentimiento incontrolable que empuja a Sam y Suzy a planear su escapada y a querer permanecer juntos aunque todo esté en su contra, y a pesar de sus respectivas circunstancias, que les abocan a neuróticos deseos de ser el otro sin ser conscientes de que tendrían las mismas necesidades y carencias.

El amor es para el cineasta la respuesta y solución para la incomprensión que puedan sufrir los miembros de una familia que no viven ni sienten de la misma manera que sus padres y hermanos, como también es la única salvación para aquellos que ni siquiera tienen familia. Muchas películas recientes tratan el tema de la crisis familiar, pero desde una perspectiva más negativa, poniendo en tela de juicio los valores de la institución. La respuesta de Anderson es clara: si te sientes un bicho raro, si crees que nadie te comprende, si no tienes nada que compartir con tu familia la única solución es fundar la tuya propia, acorde con tus gustos y necesidades. Lo interesante es que para transmitir su mensaje, Anderson sigue siendo fiel a su trayectoria previa, reivindicando que "sólo no puedes, con amigos sí", tal y como promoviera antaño La Bola de Cristal, aquel maravilloso programa de Televsión Española en el que cualquiera que se sintiera peculiar, podía encontrar su sitio y su lugar, sentirse querido y comprendido, y explorar las virtudes de la clase de pájaro que le había tocado ser.

4 estrellas