El cineasta estadounidense Sean Durkin obtenía el premio al mejor director por Martha Marcy May Marlene, una de esas películas que siempre te llaman la atención pero que, una vez vista, te arrepientes por no haberla visto antes. Lo que comienza como una drama de un joven que quiere escapar de la comuna en la que ha vivido los últimos dos años, acaba por convertirse en un angustioso drama sobre la falta de identidad de una joven que tampoco consigue encontrar paz y tranquilidad, ni mucho menos a sí misma, junto a su hermana, la única familia que le queda.

Película tan intimista como emocionante que plantea conflictos de muy diversa índole haciendo que el espectador se haga las mismas preguntas que la protagonista y revelando a su director como un auténtico terrorista psicológico en la onda de cineastas como Lars Von Trier que consiguen que se te encoja en corazón, pero al que odias profundamente por dejar su película abierta, inconclusa, dejando que sea el espectador quien decida el destino de su protagonista. La naturalista aproximación visual facilita extraordinariamente la verosimilitud y veracidad de una historia que se siente como una auténtica película de terror, pero que, afortunadamente, evita cualquier cliché del género, en el que podría haber caído con mucha facilidad. Autor también del guión, el hecho de que Sean Drukin decida desarrollar la narración en primera persona y de que sólo el espectador conozca de manera progresiva y mediante pequeños flashbacks el terrible periplo por el que pasa Marcy May en la comuna, permiten la empatía del espectador tanto con ella como con su hermana, que sintiendo lo que se esconde detrás de su terrible silencio, termina revelándose incapaz de hacer nada por ayudar realmente a Martha.

Sin desmerecer en absoluto el trabajo de Sarah Paulson, que interpreta a la hermana de Martha, tan confundida por el estado psicológico en que la encuentra como por no haber tenido contacto con ella en los últimos dos años; o el impresionante John Hawkes, cuya carrera se desarrolla principalmente en el seno del cine independiente pero con una fuerza imparable; o la más breve pero estimulante aportación de Louisa Krause en el pequeño pero agradecido papel de Zoe, la amiga y confidente de Marcy May en la comuna; una de las mayores virtudes de Martha Marcy May Marlene es la asombrosa revelación de Elizabeth Olsen en un papel por el que tuvo que hacer audiciones en dos ocasiones y para el que sólo tuvo dos semanas para prepararse antes de rodar.

En ningún momento se me ocurriría pensar que la relación de Elizabeth con sus hermanas en la vida real, Ashley y Mary-Kate Olsen, fuera a ser como la que mantiene Martha con su hermana en la ficción, pero no dejan de ser irónicas las similitudes entre actriz y personaje. De la misma manera, aquellos que estén familiarizados con las prácticas (y abusos) de Charles Manson y su "familia", verán como se les pondrán los pelos de punta en determinadas secuencias de la película, para nada tan salvajes como las acciones de la familia Manson, pero cargadas de toda la angustia y terror que propagaron en los años sesenta.

Y es que Martha Marcy May Marlene pone de manifiesto la necesidad que tiene el individuo de sentirse aceptado e incluido en una familia, ya sea biológica o social, pero en la que se sienta apoyado y a través de la que pueda realizarse a sí mismo. El problema surge cuando la propia familia es foco de conflictos, más que de cariño, o que la comunicación entre miembros se realiza por códigos incomprensibles para el otro, lo que termina por exponer al individuo más débil a peligros tan despiadados y desnaturalizadores como una secta.

5 estrellas