Tenía que ocurrir. En un momento u otro, algún desgraciado productor de Hollywood se decidiría a adaptar mi novela favorita: A Confederancy of Dunces. Titulada en español La conjura de los necios, la novela póstuma de John Kennedy Toole, ganaba el premio Pulitzer en 1981, después de que su autor se suicidara en 1969, a los 31 años de edad, sin conseguir que su magnífica novela fuera publicada. Sólo el tesón de su madre, Thelma Toole, permitió que once años después, las desventuras de Ignatius J. Reilly vieran la luz para convertirse inmediatamente en toda una referencia cultural contemporánea. Una obra que comenzaba con una cita de Jonathan Swift:

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificarse por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

No es que no quiera que se realice una adaptación de la novela, sinceramente me da lo mismo porque la novela siempre seguirá siendo la misma y mi visión particular, al igual que la de cada uno de los demás lectores de la obra, seguirá siendo incorrupta. Pero es que en este caso, es tan fácil pasarse y convertir un texto tan divertido e inteligente como este en en un producto burdo y chabacano, tan lejano de la trágica visión de la vida que asola a este tan entrañable como desagradable personaje. Hay que recordar que siempre se ha especulado con la posibilidad de que detrás del personaje se refugiara la propia filosofía vital del propio John Kennedy Toole, que al igual que se Ignatius encontraba la consolación en la filosofía de Boecio, lo hacía el autor en su alter ego literario.

No es esta la primera vez que surge un proyecto de estas características. Poco después de la publicación de la novela, en 1982, Harold Ramis tuvo la brillante idea de hacer una adaptación con John Belushi de protagonista, que se vio truncada por el fallecimiento repentino del actor a causa de una sobredosis. Nombres tan inapropiados como los de John Candy, Chris Farley o Will Ferrell fueron candidatos en algún que otro momento y Chris Elliott fue incluso protagonista de una serie de televisión, Get a Life, que no ocultaba su inspiración en el orondo personaje. El simpático Zach Galifianakis, muy popular por su participación en filmes recientes como The Hangover y su secuela o Due Date, viene a sumarse a esta lista en un proyecto en fase de negociación.

Si en un momento mi primera elección hubiera sido para un actor dramático pero con claras dotes para la comedia, como es el caso de Jonah Hill, debo decir que Zach Galifianakis me parece que puede conseguir una interpretación bastante digna y apropiada del personaje. Pero no puedo evitar que salten disparadas todas mis alarmas cuando descubro los demás nombres asociados al proyecto. No tanto por el que sería su guionista, Phil Johnston, responsable de Cedar Rapids y el guión de Nebraska -próximo proyecto cinematográfico de Alexander Payne después de The Descendants-, sino porque el director asociado al proyecto, James Bobin, que si anteriormente ha desarrollado su carrera cinematográfica en la televisión, estrenaba este último año su ópera prima cinematográfica: The Muppets.

Nada en contra de los teleñecos. Me encantan. Pero me da a mi que no. Presiento que aunque el proyecto parte de una novela ganadora del Pulitzer, no vamos a tener una película con opción a Oscar, Concha de Plata o Palma de Oro. Va a ser que no. Tendré que seguir emulando a Ignatius buscando signos de mal gusto, pero en otras películas, porque a no ser que finalmente me disuadan con alguna declaración de intenciones del director o con algún tráiler realmente interesante, un servidor no va ni a pasar por delante del cine en que proyecten la pelíucla. Ni para fastidiar la proyección de los demás espectadores al igual que Ignatius iba al cine a volcar toda sus iras contra Debbie Reynolds.