Adaptaciones de la inmortal novela de Emily Brontë ha habido muchas. Desde la que protagonizaran Laurence Olivier y Merle Oberon en 1939, que fuera la primera que la propia Andrea Arnold viera antes de leer la novela, hasta aquella adaptación libre y algo canalla que hiciera Luis Buñuel en México, Abismo de pasión, cuya influencia aseguraría también se deja ver en la cineasta británica, incluyendo numerosas versiones para televisión, así como una versión cinematográfica cada década desde los años sesenta. Por eso mi única duda, antes de ver esta última revisión era sobre lo que la directora de Tank Fish tendría que aportar. Precisamente, igual que la última adaptación de Jane Eyre, su principal aportación es que se despoja de cualquier atisbo de melodrama y romanticismo folletinesco de versiones anteriores, logrando una adaptación tan intimista y romántica como sucia, agresiva, violenta y arrebatadoramente emocional.

Andrea Arnold y Olivia Hetreed, responsables del guión consiguen la adaptación más fiel a la novela, pero siendo a la vez la más libre. Fiel porque consiguen captar a la perfección el espíritu de la novela, pero con la libertad de traicionar las palabras. En su lugar se agarran casi desesperadamente a unas sobrecogedoras imágenes y unos sonidos envolventes por los que Heathcliff y Cathy arrastran su desgarradora historia de amor. Casi es de agradecer que Wuthering Hights sea parca en diálogos, pues cuando los personajes hablan, sus palabras son como dagas que se clavan en el corazón para dejarnos desangrar con la agonía del dolor que trasmiten sus terribles actos y las emociones que se esconden detrás de ellos.

La maravillosa fotografía de Robbie Ryan, premiada en los festivales de Venecia y Valladolid, casi se ve empobrecida por la hipnótica banda sonora compuesta por la naturaleza misma que acompaña a Heathcliff y Cathy en su agónica historia de amor y dolor. Y si las interpretaciones de James Howson y Kaya Scodelario como Heathcliff y Cathy adultos son realmente prodigiosas, me rindo ante las de los jóvencísimos Solomon Glave y Shannon Beer, que consiguen transmitir a la perfección su historia de amor sin palabras, así como dejar en ridículo cualquier otra historia reciente de amor adolescente.

Pareciera que Andrea Arnold se hubiera propuesto ofrecer una obra romántica en el sentido tanto alemán como francés del movimiento. Por un lado el relato se instala en un duro intimísimo que sigue a Heatcliff allá donde vaya, sin despegarse apenas de su lado, sin mostrar nada de su entorno en lo que no se fije el personaje, siguiendo al pie de la letra la máxima alemana sobre la exaltación del yo. Por otro lado, igual que sucedía en el movimiento naturalista francés de entre guerras, cuando alza la vista se deja embriagar y absorber por la exuberancia de la campiña inglesa y las inclemencias de un clima tan abrupto como el alma misma de Heathcliff, forjada a golpes y desprecio, que se pueden apreciar en su piel, de la misma manera que también queda en las paredes el reflejo de su amor por Cathy.

Tanto se centra la directora en los personajes y sus sentimientos que a pesar de que la dirección artística y el vestuario son absolutamente precisos y concretos, casi pasan totalmente desapercibidos, como si de una obra documental estuviéramos hablando. Pero es que mi exaltación era tal disfrutando del tormento de esta trágica pareja que por un momento deseé que sonara aquella famosa canción que Katie Bush dedicara a los mismos personajes. En su lugar, la película se cierra con otra canción, único y exclusivo tema musical extradiegético que se escucha en la banda sonora y que, desde mi punto de vista, empaña ligeramente la catarsis de esta maravillosa película gótica en esencia pero no en estética, romántica en sentimiento y trágica en emoción que consigue que el espectador termine tan enajenado como el propio Heathcliff persiguiendo el fantasma de Cathy.

5 estrellas