El año pasado no debió ser un buen año para Sean Penn. Y no lo digo porque no recogiera ningún premio por sus interpretaciones, todas siempre estupendas, sino porque parece que no se le dio nada bien escoger los proyectos en los que participó. Si él mismo confesó, a posteriori, que no estaba muy satisfecho con el resultado definitivo de una película tan ambiciosa como mediocre, como resultó ser The Tree of Life, dudo que tampoco le haya parecido que su trabajo para a Paolo Sorrentino haya tenido mejor resultado que el que hizo para Terrence Malick. Porque una cosa es seguir la carrera de un político como Giulio Andreotti en Il divo, y otra muy diferente seguir a un músico gótico en un viaje con retorno en busca de su identidad… Sobre todo cuando da la impresión de que te importa un bledo que tu protagonista sea tanto músico como gótico. Y no lo digo por Sean Penn, que se enfrenta de manera muy valiente a su personaje, sino porque el director de la propuesta se perdió totalmente cuando trató de construir un puente entre Lynch y Almodóvar.

Y es una pena porque This Must Be the Place comienza bien. Se agradece el sentido del humor que desprenden sus personajes, que contrasta con sus diferentes dramas personales. La fotografía de Luca Bigazzi -responsable de la luz de filmes como Lamerica o Romanzo criminale- es realmente espectacular, y en perfecta sintonía con la magnífica banda sonora creada por David Byrne, que también hace un cameo en la película. Pero a medida que comienza a desvelarse la verdadera trama de la película, comienza mi estupor ante el descaro de Sorrentino. Es posible que no haya entendido su propuesta pero mi impresión es que ha convertido a su protagonista en un millonario músico de pop para que no tenga ningún problema económico y pueda así justificar que se pierda una semana, dos o las que hagan falta cruzando los Estados Unidos de América. Que sea gótico es una excentricidad que tan sólo aporta una originalidad forzada al aspecto visual de la película. Hubiera dado lo mismo de haber sido un rockero, vaquero, travesti o un extraterrestre que hubiera adoptado la imagen de Marta Sánchez, como aquel de la divertida novela de Eduardo Mendoza.

No me creo el sentido de culpa por el suicidio del fan. No me impresiona la madre que mira por la ventana esperando que su hijo vuelva a casa. No me trago la discusión con David Byrne. Para nada es creíble la manera en la que consigue el coche para cruzar el país, y mucho menos la estúpida manera en la que lo pierde. Me pone enfermo cada vez que sopla para quitarse el flequillo de la cara. No me creo al niño que se sabe la letra de una canción de Talking Heads. Ni siquiera es creíble que un personaje como este y el que interpreta Frances McDormand puedan estar casados y vivir en una mansión como esa. ¿Qué me dicen del momento jugando a la pelota en la piscina sin agua? ¿¡Y se va con la hija del otro a merendar a un centro comercial!? ¡Venga ya, hombre! En cualquier otro caso no lo expresaría de esta manera pero creo que algún médico tendría que recomendarle a Paolo Sorrentino que experimentara con alguna droga, aunque sea una aspirina, como la que tuve que tomarme yo después de ver su película.

La breve pero estimulante presencia de Harry Dean Stanton, no sirve más que para confirmar una sensación que me golpea en cuanto Cheyenne (Sean Penn) comienza su viaje: que no se trata más que de una versión descafeinada y sin sentido de The Straight Story, pero que en lugar de avanzar en línea recta, discurre por un camino plagado de giros tan inesperados como improbables y baches que hunden progresivamente la poca credibilidad del planteamiento inicial. No digo que no haya góticos cuyos padres hubieran estado en un campo de concentración, ni que no me crea los conflictos por los que pasan los personajes de la película, lo que no me creo es la manera en la que lo muestran. Es más, apostaría a que es Paolo Sorrentino quien no sólo no se los cree, sino que le importan un bledo. Un sentimiento que transmite a la perfección la última secuencia de la película y que es tan incomprensible, incluso aceptando el conflicto principal, que ni me molesto en tratar de entender lo que Paolo Sorrentino quería contar con This Must Be the Place. ¿Será que tiene algún hijo gótico y no sabe cómo hacer para que deje de serlo?

2 estrellas