Hay sectores del público, tradicionalmente los que sólo buscan entretenimiento mientras engullen palomitas, que siempre evitan identificar una película con una determinada ideología política. Pero lo cierto es que toda expresión artística es política, esta era precisamente una de las afirmaciones que se escuchaban en Anonymous, aquel bodrio dirigido por un señor tan reaccionario como Roland Emmerich. Aunque no hace falta ser necesariamente conservador para hacer cine de derechas o liberal para hacer el de izquierdas, fíjense en Clint Eastwood, cuyas obras cinematográficas siempre están adscritas más a un sentimiento liberal y progresista que al de la derecha en la que militaba políticamente. Dado que la creación artística siempre ha estado más identificada con la izquierda, asentada más en guionistas y directores, siempre ha sido más complicado para la derecha expandir su semilla, mucho más identificada única y exclusivamente con los productores y algún director solitario. Si estás interesado en identificar el cine de derechas, tan sólo tienes que seguir la misma premisa que sus políticas: busca el cine que utiliza los fuegos artificiales para esconder su discurso ideológico. Pero voy a intentar ponerlo un poco más fácil.

Por un lado puedes acudir a casi cualquiera de las producciones asociadas a nombres como Jerry Brukheimer -salvo Prince of Persia que estaba frontalmente en contra de la administración Bush, para eso estaba dirigida por un cineasta experimentado como Mike Newell-, James Cameron -que inteligentemente implanta la semilla más derechona en mentes jóvenes e inexpertas que caen rendidas ante la aparatosidad de sus propuestas de acción- o, a mucho menor escala, las de Luc Besson -que se conforma con productos estéticos de bajo calado moral. A ellos podemos añadir los nombres de esa colección de nuevos (y confusos) cineastas, herederos (probablemente inconscientes) de un movimiento artístico como el futurista, entre los que se incluyen nombres como David Fincher, Danny Boyle, Guy Ritchie, Matthew Vaughan, Zack Snyder, Jon Favreau o Joe Carnahan. También hay actores y actrices que no quieren ni pueden disimilar sus tendencias políticas, como es el caso de Matthew McConaghey o Kate Hudson, cuyas propuestas casi siempre están ligadas a un pensamiento claramente conservador y retrógrado. Y si podríamos añadir muchas de las adaptaciones de novelas gráficas, como las de Alan Moore, David Lloyd o Frank Miller, que han visto como, en algunos casos, se ha desvirtuado su discurso inicial para llevarlo hacia esa derecha, ahora ya podemos confirmar que The Avengers y toda la prole de películas periféricas de su entorno, están plenamente identificadas con la derecha más agresiva y belicosa, en oposición a un pensamiento mucho más demócrata que el que representan los X-Men.

Con una torpeza visual que no he sido capaz de asimilar y absolutamente deudora de su pasado televisivo, Joss Whedon viene a sumarse con extraordinaria fuerza a esta colección de cineastas de derechas que aprovechan productos diseñados para el entretenimiento, e introducir sus recetas políticas, que en el caso de Los vengadores, está en perfecta sintonía con aquellas políticas tan agresivas como las de la administración Bush. De hecho, sólo le hubiera faltado colocar el World Trade Center en su sitio para que fuera de nuevo derribado por las fuerzas malignas de Loki y sus tenebrosos asociados, de esta manera la comparación entre la ciudad de Nueva York devastada en la película sería perfectamente identificable con el panorama que tenía aquel fatídico 11 de septiembre.

Puede que sobre el papel, mezclar a Thor con Iron-Man, el Capitán América o Hulk tenga sentido, al menos están dibujados por la misma pluma, pero al verlos a todos juntos en la pantalla, cuando han sido rescatados de producciones de muy diferente concepción visual, chirría tanto como las torres gemelas en el final de Artificial Intelligence: AI. Más que a otra cosa me refiero al contraste de las indumentarias de todos y cada uno de los personajes que, si pueden funcionar en sus respectivas franquicias, aquí más parece una fiesta de disfraces que otra cosa. Si a esto sumamos un guión de lo más predecible y repleto de chistes obvios, burdos y extremadamente facilones, obra de la propia pluma de Joss Whedon, no me queda más remedio que rendirme ante la poderosa campaña de promoción que ha hecho de The Avengers un éxito tan extraordinario como olvidable.

De entre los miembros de su extenso reparto, si Robert Downey Jr ofrece, sin duda, lo que se espera exactamente de un personaje tan facha como Iron-Man, tan sólo Mark Ruffalo y Jeremy Renner, consiguen dotar de algo de carisma y profundidad psicológica a sus respectivos personajes. Los demás se limitan a hacer del cliché y la sobreactuación su marca distintiva, incluyendo a la liga de la triple S: Samuel L. Jackson, Scarlett Johansson o Stellan Skarsgard, de los que podríamos haber esperado algo mejor. Habrá muchas voces que proclamen que se trata de una película hecha única y exclusivamente para entretener. No me cabe duda. Si a ti te a entretenido, créeme que lo celebro, pero es que yo me aburrí soberanamente. No tanto como con Battleship, pero casi y en la misma línea.

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