El cine es un medio difícil para desarrollar la ironía. Basada normalmente en decir algo afirmando lo contrario, encuentra su cabida en la literatura, pues el lenguaje es ambiguo en su estructura y permite los juegos de doble sentido en una misma frase. Pero el cine carece normalmente de esta ambigüedad por su propia construcción: la cámara reproduce de forma mecánica lo que observa. Es lo que afirma el célebre crítico francés André Bazin en su artículo Ontología de la imagen:

Por primera vez una imagen del mundo exterior se forma automáticamente sin intervención creadora por parte del hombre, según un determinismo riguroso.

Para la ironía hace falta una negación de lo que observado, y en una reproducción mecánica del mundo es difícil imponer un filtro irónico. Paradies: Liebe (Paraísos: Amor), la primera parte de la trilogía Paradies iniciada por el austriaco Ulrich Seidl sobre la búsqueda del paraíso a través del turismo, basa su estructura en la ironía. De ahí que sea difícil extraer el verdadero punto de vista del director en el tratamiento de un tema tan puntiagudo como el turismo sexual.

Lo más interesante del film es que ofrece una abstracción del contacto postcolonial entre turista y africano, despojada de todo artificio narrativo. Asistimos así a momentos desligados de la narración que buscan retratar de forma aislada el contacto con la alteridad radical. Así, hay escenas de sexo entre la turista y el negro, donde se intercambian diferentes concepciones de la belleza: el negro afirma que la protagonista, voluminosa y de edad avanzada, no es fea, el apelativo que ella recibe en occidente y por el que se ve obligada a recurrir a ese viaje.

Además, Seidl nunca ofrece una visión global del postcolonialismo: la cámara siempre sigue a la protagonista tras su espalda, pues Seidl sabe de la imposibilidad de conocer el punto de vista de la alteridad. Y ahí es donde la ironía tiene cabida: la cámara filma la visión estereotipada que la turista tiene de África, y el director filtra su visión a través de una transformación irónica de la realidad. Y es ahí donde se dispara la crítica hacia el simplismo de la mirada eurocentrista a la hora de abarcar al otro.  Para ello, hay ciertas marcas de ironía: el distanciamiento logrado con planos fijos y cerrados, que hacen ridículo el movimiento dentro del plano; o el tratamiento antinatural de los gestos de los negros: sus cuerpos son animalizados (dan volteretas por la playa), criticando de forma irónica y exagerada la visión primitiva que les otorgamos.

Quizá lo más destacado es la evolución de la protagonista: primero concibe al otro como un ser molesto que le atosiga con la venta souvenirs; después busca el amor en los africanos, de forma que les otorga un estatus de sujeto, aunque en el aspecto sexual sigue guiando al otro; y finalmente vuelve a cosificar al otro porque se ve decepcionada: ahí todas las amigas organizan una orgía con negro que se ve incapaz de sentir una erección ante la excesiva dominación occidental.

Seidl busca desvelar los mecanismos de dominación propios de un postcolonialismo que celebra la pluralidad, pero en el que todavía caben las jerarquías. De ahí el tono irónico de la cinta, sintetizado especialmente en el plano en el que la turista alienta a un mono, que es sustituido luego por otro mono que desea más. Es el mecanismo colonialista, basado en la caridad, de alimentar de forma paternalista sin dar posibilidades de mejora al otro. No obstante, la ironía a veces no funciona, y deja entrever un aspecto perverso en el tratamiento de la alteridad: los negros parecen guiarse, en numerosas ocasiones, por dinero únicamente, y son despojados de toda complejidad psicológica. Además, falta una profundización en la búsqueda de las causas que llevan a hacer ese viaje a África. Y por encima de todo, se sitúa el juicio del director, que parece estar siempre proyectado sobre los personajes, impidiéndoles la vivencia de la libertad. Aún así, plantea temas que siempre generan una conversación a la salida de la sala, y su filtro irónico provocará algunas carcajadas.

Pero donde realmente sufrimos la ironía fue en nuestras propias carnes: tras un día de lluvia copiosa, que nos paralizó en el hotel, salimos sin paraguas a última hora hacia la estación, en un instinto cinéfilo irracional. Y aún debimos entrar en el tren sin el ticket, pues de otro modo perdíamos la última oportunidad de llegar a la sala. Rozando el horario de comienzo, nos sumergimos y se apagó la luz, donde un paradisíaco Kenya, con un sol resplandeciente borraba hasta la sensación de humedad que calaba nuestra piel. Y es que es el poder que tiene el cine: el olvido del ser que siempre cargamos (para bien o para mal) y la proyección hacia otros mundos, emprendiendo así un vuelo imaginativo.

Fotos: Página Oficial del Festival de Cannes