El cine es movimiento, movimiento que se inserta en el tiempo. Para muchos, el tiempo es uno de los aspectos esenciales del cine, pues ha supuesto una evolución desde la fotografía. Y uno de los desafíos del cine es lograr capturar el tiempo en su flujo, uniendo todos los planos temporales posibles, especialmente pasado y presente.

El cine clásico recurre a una solución fácil para integrar el pasado en el presente: el flashback, que supone una ruptura del ritmo y una separación radical entre ambos planos temporales. Para intentar superar esto, diferentes autores han recurrido a diferentes soluciones: Ingmar Bergman, en Fresas Salvajes, y Woody Allen, en Delitos y Faltas, han apostado por el viaje del personaje del presente al espacio del pasado; por su parte, Angelopoulos ha traído el pasado al presente, de modo que el personaje saluda, en la Eternidad y un día, a sus seres queridos del pasado. Terrence Malick, en Tree of Life (El árbol de la vida), lleva a una disolución de pasado, presente y futuro en el reencuentro final en la playa de todos los personajes. Y en Apichatpong Weerasetakhul, los fantasmas del pasado visitan a los personajes presentes, como en ncle Boonmee, o con gestos que contienen el pasado, como en Hotel Mekong.

El chileno Raúl Ruiz da una respuesta a esta problemática del cine en La noche de enfrente, presentada en la Quincena de realizadores. Se trata de su obra póstuma, y una obra que parece ser una despedida ante su inminente muerte, que se produjo el año pasado. Parece que supiese de la inminente desaparición de su ser, y por ello ha realizado esta obra en la que un personaje, en el día de su jubilación, decide narrar por radio todo su pasado. Y en ese narrar, en esa novela personal que construimos cuando nos pensamos, se produce la indiferenciación, el caos, que es en el fondo nuestra vida.

Raúl Ruiz trata de mostrarnos ese caos mediante la fusión del pasado y el presente. De ahí su discurso sobre el tiempo, advirtiendo al espectador a través de su personaje que los recuerdos son como canicas aisladas, que se chocan y provocan la emergencia de otro recuerdo. De este modo, la película es una sucesión de secuencias, cada una de un tiempo diferente, y totalmente autónomas, que en su engarce forman toda una vida. Aparece el personaje de niño en su tiempo, en el Chile de los años cuarenta, pero el anciano también visita ese tiempo. Y viceversa, el niño visita el presente y se funde con el anciano.

Pero la mezcolanza es mayor, pues en la vida, ficción y realidad también se confunden. Lo que soñamos o pensamos también está en lo que vivimos o experimentamos. De ahí que el niño invoque a un pirata que recordaba de sus películas de la infancia y le sirva como iniciador a la vida. Y de ahí que un actor encarne a Beethoven, el músico preferido del personaje, y se pasee por los tiempos hablando con el protagonista. Es bellísima la escena en la que llevan a Beethoven al cine y les pregunta: ¿Por qué os gusta el cine si ni siquiera sabéis decirme de qué va la película? Una oda de amor al cine, y al misterio del cinematógrafo, que cautiva de una forma tan sutil que es imposible trasladar a palabra la sensación. Y es que para Raúl Ruiz, cine y vida se confunden y son lo mismo.

Pero la película también ausculta el espacio, con unos elegantes movimientos de cámara que analizan los recovecos de la habitación y otorgan un carácter de danza a las imágenes. Y es que Raúl Ruiz es tiempo y espacio, los dos elementos claves del cine. De ahí ese título, en el que el elemento temporal, noche, se enfrente al espacial, de enfrente, premonizando el futuro del personaje y del director. Ambos se sitúan en el atardecer, frente a la noche que viene, pero que permite el afloramiento de toda una vida en imágenes.

Fotos: Enciclopedia del cine chileno