España cuenta con El Cid, Francia con La Canción de Roldán, Noruega con Las Sagas, etc. Pero Estados Unidos carece del verbo con el que otros países fundan su patria, debido, en parte, a su tardía y artificial fundación. Para justificar su comunidad, debieron inventar relatos fundatorios, pero ya no recurrieron a la literatura, sino al cine, para generar sus mitos. De ahí la existencia de géneros cinematográficos: condensan en su campo semántico todos los elementos que justifican la existencia de EEUU. Y entre ellos destacan dos: el western, el relato de la conquista, lo más cercano a la Ilíada; y el género de gangsters, el relato del asentamiento, más que la Odisea, quizá lo que ocurriría tras el regreso de Odiseo a Ítaca.

Ambos géneros no suelen darse de forma simultánea, pues el western se genera en épocas de optimismo y el cine de gangsters en épocas de depresión. Quizá ése sea el motivo de que, después de la revitalización del western en los noventa y años 2000 (recordemos Sin Perdón, de Clint Eastwood o Valor de Ley, de los hermanos Coen), vuelva a revitalizarse ahora, en tiempos de crisis, el género gangsters. De ahí la presencia de Andrew Dominik, un de gángsters contemporáneo, y de Lawless, de John Hillcoat, presentada el mismo día que la obra del rumano Mungiu.

Lawless juega conscientemente con los mitos del asentamiento de EEUU, en concreto el relato del nacimiento de la mafia debido a la prohibición de venta de alcohol en los años veinte, a través de la fundación de una destilería ilegal por los tres hermanos Bondurant. Para ello, parte de unos personajes arquetípicos que carecen de toda profundidad psicológica, porque lo que le interesa al director es recoger las figuras que encarnan el mito: de ahí los hermanos rudos (Shia LaBeouf, Tom Hardy), la camarera con aires de femme fatale (Jessica Chastain), la joven ingenua (Mia Wasikowska). Y su objetivo es deconstruir ese mito, haciendo cada vez menos heroicos a unos personajes que se querían protagonistas de un relato fundador.

No obstante, el problema del film es que no llega a generar una mitificación de los espacios. En las primeras secuencias recorre todos los espacios que configuran la vida de EEUU en los años veinte: la Iglesia baptista, la taberna, la destilería de whisky. Pero la rápida sucesión de planos impide una auscultación del espacio para generar un mito que destruir, todo se disuelve en el fragmentarismo.

Los personajes sí que inician un camino de evolución, de modo que su esquematismo se va resquebrajando, pero aún así, no ganan en suficiente complejidad psicológica como para desmontar el mito. Por ejemplo, de los tres hermanos, el mediano carece de volumen. Y la mafia contraria sigue con los clichés de maldad, todo está observado desde el punto de vista reduccionista de la familia heroica. Es más interesante la evolución del hermano mayor y del menor: el rudo hermano mayor (Tom Hardy) termina refugiándose en el hogar, y el menor (Shia Labeouf) adquiere el anterior espíritu aventurero de su hermano mayor. Aún así, la escasa duración de los planos apenas dejan respirar a los personajes para su desarrollo.

El film termina destruyendo el mito en un epílogo que asusta por la exaltación de los valores más conservadores del país: el hogar, la familia unida, etc. Pero es un epílogo que sirve como contrapunto al heroísmo anterior: ahora los hermanos son simplemente dueños de una granja, una clase media con un pasado mítico, como el del propio país, que ya no recuerda a sus antiguos héroes y recurre a antihéroes. Es una película sobre la incapacidad actual del país para generar nuevos mitos, pues una vez conocido todo el espacio, ya sólo queda la inercia de los relatos fundatorios, representados sin fin en los géneros cinematográficos.

Lawless desmonta lo que no pudo montar en su comienzo, de modo que el film se sostiene por el conocimiento del espectador de los elementos del cine de gánsters. Aún así, es un film totalmente disfrutable, entretenido, y con una ambientación muy lograda, pues se respira la época en cada vestuario, en cada decorado, incluso en el tono mortecino de los planos. Y Jessica Chastain le da el toque de color, que aparece en una memorable escena de desnudo, quizá una de las escenas más bellas del film. No es justificable su presencia en Cannes, que quizá se deba a la necesidad de la presencia de estrellas en el festival, como Jessica Chastain. En todo caso, el público disfrutará del metraje, y es recomendable si eres fiel espectador al cine de gángsters.

Fotos: Página Oficial del Festival de Cannes