El universo de Hong Sang-soo es un universo desublimado. Hay protagonistas desgarrados, que en otros films coparían el protagonismo y trasladarían su dolor a la composición del plano, de modo que todo su sufrimiento está en el personaje y se filtra en la imagen. En Hong Sang-soo, este dolor no se intensifica en su proyección en la imagen, sino que se diluye en un universo plagado de ironía, donde enseguida tenemos el punto de vista de otro personaje que le corta las alas al primero. Y así, con el perspectivismo, con la yuxtaposición de puntos de vista, Hong Sang-soo sustituye el dramatismo por la ironía.

Pero el dolor tiene una salida para los personajes: el cine. La escritura o dirección cinematográfica les sirve como catarsis para purgar sus heridas y seguir adelante. Y Hong Sang-soo mezcla hábilmente cine y realidad hasta confundir sobre el estatuto real o ficticio de cada historia, pues admite que toda creación tiene dosis de autobiografía, y es imposible crear sin recurrir a la vida del entorno. Es lo que ocurría en Cuentos de Cine (2003), dividida en dos mitades: la primera es una película, y la segunda la historia del director, donde descubrimos los motivos sentimentales que le han llevado a su rodaje, y a la vez son relativizados a través de la ironía. Un film en dos mitades que, como Vértigo, de Alfred Hitchcock, deconstruye todo el universo creado hasta entonces.

En In another country, la joven coreana llega a la escritura cinematográfica por la desestructuración familiar, y se refugia en él. No obstante, enseguida es relativizada esta ruptura de la unidad familiar, pues bromean sobre la posibilidad de que su padre se haya suicidado. La joven se dedica a escribir tres posibilidades de guiones sobre unos mismos personajes y una misma situación. Y así, Hong Sang-soo nos muestra todas las posibilidades que nos ofrece el entorno a la hora de iniciar la creación. Y la joven lo hace de tres maneras, que parten de la llegada de Anne, una directora francesa interpretada por Isabelle Huppert, a Corea del sur.

En cada historia, el personaje parte de una situación diferente: en la primera, ella llega soltera a Corea, en la segunda con su marido, y en la tercera viuda, buscando consuelo en el país oriental. Y en todas se verá envuelta en una aventura amorosa con un socorrista. Aquí entra en juego uno de los elementos más recurrentes del director: la repetición, que Hong Sang-soo utiliza para demostrar nuestra fijación a un determinado modelo de vida, a una rutina que nos obliga a realizar una sucesión de comportamientos similares y reduce nuestra posibilidad de innovación, al cohibir la introducción de nuevos gestos. Y esta repetición, que funda nuestro sistema de vida, es la que produce lo cómico, al revelar lo inconsistente de la vida.

Pero en esta repetición con variaciones se muestra también una esperanza: la visión del mundo como una baraja de posibilidades, la vivencia de un presente lleno de opciones que poder tomar. Hong Sang-soo critica nuestra proyección de ideales, que aborta nuestro presente y nos hace tomar el camino más apagado de vivir. De ahí que cada historia se rehaga con diferentes posibilidades, aunque todas ellas parten de los mismos elementos semánticos, pues la realidad es el fondo común que el cine transforma.

Para afrontar el mundo desde el presente, es preciso otro modo de relación con el entorno. De ahí la actuación antinatural de Isabelle Huppert, su relación primera con las cosas, sin prejuicios, que le lleva a una vivencia más directa con la realidad. Mientras tanto, el resto de personajes están encorsetados por prejuicios y rutinas de vida.

Hong Sang-soo sigue con su estilo aparentemente descuidado, con violentos zooms que encuadran lo que le interesa, bruscos travellings y sin encuadres bien compuestos, pero esto otorga una frescura y una ironía al universo que retrata. En esta forma es imposible la sublimación del drama, sólo es posible el reino de la ironía. De ahí que el monje que intenta aconsejar un cambio de vida a Anne se vea como alguien tan terrenal como cualquier otro personaje, y de hecho se sugiera una relación sexual con la dueña de la casa que acoge a Anne.

Todo es relativización de sufrimiento, y así Hong Sang-soo construye una obra tan irónica que es imposible resistirse a la carcajada sonora. Esta relativización está presente en toda conversación, como la que mantiene Anne con el marido de la chica embarazada:
- Quiero hacer una película sobre esta zona.
- ¿Por qué?
- Porque la gente ha sufrido mucho.
- ¿Por qué ha sufrido mucho la gente?
- En realidad, nunca me lo he preguntado. Espero descubrirlo haciendo la película.