Al contrario de lo que ocurría con la reseña de mi compañera Pabela, en mi caso no me encuentro entre los lectores de la trilogía literaria escrita por Suzanne Collins, ni siquiera del primer libro. Esto muchas veces se convierte en un inconveniente al acudir al cine a ver su adaptación, puesto que la mayoría de ellas suelen ser inferiores a la obra original, por los motivos que sean.

Esta vez, creo, no es una excepción. Cuando uno se enfrenta a The Hunger Games con los únicos conocimientos de la historia que le han proporcionado los tráilers promocionales, es inevitable que todos sus temores sean que la historia sea una versión descafeinada del manga que publicaron Koushun Takami y Masayuki Taguchi allá por el año 2000. Por supuesto, tampoco voy a entrar en si la adaptación cinematográfica es mejor o peor que la obra original.

Lo importante es que para todos los escépticos, entre los que inevitablemente me encontraba, Los Juegos del Hambre no es una mezcla entre Battle Royale y Twilight, afortunadamente. Es verdad que toma muchos elementos de la obra japonesa, y el hecho central que supone todo el desarrollo de la historia, como son los famosos juegos, son muy similares a los que podíamos ver en el manga. Pero aparte de eso Collins supo añadirle nuevos elementos que construían una historia más elaborada, más compleja y sobre todo más interesante.

El elemento central de la historia, y alrededor del cual giran el resto de acontecimientos, son los propios juegos y lo que suponen para los protagonistas. Es una lucha a vida o muerte entre 24 jóvenes donde sólo uno puede sobrevivir, lo que ya es bastante dramática o por sí solo es suficiente como para narrar toda una historia. Pero me pareció bastante interesante, repito que no me he leído ninguno de los libros, cómo Collins introduce elementos actuales en un futuro distópico que, esperemos, nunca suceda. Subtramas como el morbo televisivo, la trivialización de una muerte humana, la competitividad más sangrienta y muchas otras son constantes en la historia que quedan más o menos plasmadas en la película, pero que ahí están y que enriquecen mucho más el argumento que si sólo se hubieran dedicado a narrar los juegos.

Y me refiero a que todo esto lo encontramos en la historia en sí. Estoy seguro de que en los libros encontramos todos estos aspectos mucho más desarrollados, pero en la película no han conseguido que el guión sea capaz de explicar cada uno de los detalles que nos muestran en pantalla. Se dan muchas situaciones en las que apenas se sobreentienden algunas subtramas, que no se vuelven a mencionar y que llevan al espectador a cuestionarse no sólo si era importante entenderlo para comprender el conjunto de la historia, sino si era necesario introducirlo de forma tan superficial en la película.

Esta base narrativa es buena, o al menos así lo podemos entender si haber leído los libros, pero su ejecución en la gran pantalla lo lleva todo por tierra. Gary Ross, para contar sólo con tres películas en su filmografía, ha demostrado que es un director cuanto menos competente. Sin embargo esta vez da la sensación de que la historia le ha venido grande, que no ha sabido cómo tratar un material tan bueno para atraer tanto a veteranos como a neófitos, que no ha sido capaz de transmitir todo lo que la historia podía dar de sí, que estoy seguro de que es mucho. Con un estilo, supuestamente, cercano al documental, la primera parte de la película está más cercana a The Blair Witch Proyect que a cualquier otra cinta: movimientos de cámara desmesurados, planos sobrecargados de elementos y un montaje que deja mucho que desear.

Esto es, quizá, lo peor que tiene la película: su penosa edición. Ya desde el primer momento nos encontramos con que el montaje está tremendamente mal medido: planos que se superponen unos con otros, objetivos que encuadran a un personaje y que, sin razón ninguna, cambian de ángulo para volver otra vez al principio. Está bien que con ello se quiera mantener la tensión en el espectador, sin dar lugar a que lo que vemos en pantalla se vuelva monótono, pero hay otras formas de conseguirlo y esta lo único que hace es que se pierda todo atisbo de naturalidad en la cinta. Además, al suceder esto prácticamente desde el primer minuto de metraje, ya no podemos sentirnos atraídos por lo que vemos en pantalla, por muy dramático que sea.

Sin duda la película habría ganado mucho si todas estas herramientas cinematográficas se hubieran puesto al servicio de un objetivo común, pero lamentablemente no ha sido así. Pero lo que principalmente lastra la adaptación es la mala conversión que se ha realizado de la historia y qué mejor que el gran Hitchcock para explicarlo: de un buen guión puede salir una película buena o una mala, pero de un mal guión sólo puede realizarse una mala película.

dos estrellas