Es claro que, sea lo que sea lo que haya sucedido después del 2008, no podemos decir que vivimos en el mismo tipo de estado del sistema económico mundial: digamos, no estamos más en el capitalismo al que estábamos acostumbrados a vivir. Las versiones acerca de lo que puede suceder con una u otra cosa pueden sintetizarse en dos perspectivas: la primera, aquella que proviene de Marx, indica que la serie de sucesivas crisis a las cuales el capitalismo está destinado lo llevaran inevitablemente a la derrota y a la aparición de un nuevo sistema de organización socioeconómica -- claro está, el comunismo --. La segunda, propia de los pensadores post-marxistas, señala que el capitalismo no hace otra cosa que desear la crisis, ya que de esa manera agrega una nueva axiomática que permite que el sistema siga igual, o sea, de todas maneras continúe funcionando sin ningún tipo de sensación de fin: es sólo modificar algunos engranajes y la máquina continua haciendo su tarea. De una u otra manera, la cinta "Margin Call" (2011) reúne las dos posturas, las contrasta, pero las deja vivir en sus límites: no plantea una solución, solo retrata, o mejor, presenta las dos posturas.

Si dijimos en estas mismas páginas que la falla de "J. Edgar", la última película de Clint Eastwood, era que planteaba un problema de índole histórica -- esa forma tan extraña que tiene la biopic -- bajo el código cerrado de la estructura gramática hollywoodense, aquí tenemos el lado contrario: hay muy poco acercamiento psicológico a los personajes, hasta el punto de que parecen, ante todo, unidades necesarias para contar un movimiento económico, algo necesario para que se entienda el planteo y nada más. Los pocos momentos en que nos acercamos a lo que los personajes realmente están sintiendo o piensan acerca de todo lo que les sucede son memorables: desde la muerte del perro del personaje de Kevin Spacey hasta el encuentro en el baño de Zachary Quinto/Peter Sullivan con el personaje de Jared Cohen, interpretado por un excepcional Simon Barker, o incluso la desazón de los personajes interpretados por Demi Moore y Stanley Tucci al encontrarse ambos en una pequeña oficina a la espera de que el mundo, tal como lo conocemos, se desplome en unas cuentas operaciones comerciales... Todo parece tener un gusto a responso que abruma, todos pasan por una sensación de pérdida semejante a una muerte que hace lo que el capitalismo, a duras penas, consigue con malas publicidades: humanizar.

La historia es sencilla si nos atenemos a todo lo que está pasando en el mundo por estos días: un empleado recientemente despedido, personificado por Stanley Tucci, se encontraba en el medio de un complejo manejo de números en la oficina de riesgos comerciales de una importante firma que administra acciones. Ese mismo problema matemático es resuelto por Peter Sullivan/Quinto, un joven experto en matemáticas que descubre que ese entuerto indicaba que los riesgos con los que se maneja la firma son muchísimos y que, a la larga, o mejor, a la muy corta expectativa, tendrían que dar como resultado el cierre de la firma, la depreciación de las acciones y la puesta en jaque de todo el mercado de valores. ¿Qué hacer con esa información entre las manos? El cínico dueño de la mayor parte de las acciones, digamos, el boss de todo esto, John Tuld, interpretado por un genial Jeremy Irons, decide vender en un plazo de 12 horas todas las acciones a precios irrisorios, acciones que, claro está, por el mismo hecho de venderlas a tan bajo precio entrarán en una serie de depreciaciones sucesivas que colapsarían el mercado inmediatamente: el gran affaire de las hipotecas que desencadenó la última gran crisis mundial en la mayor parte de los grandes emporios económicos -- algo que, en ciertas regiones, no tuvo el mismo impacto pero que, a la larga, transforma el esquema de jerarquías en cuanto a economías dominantes se refieren: ¿quién iba a pensar que, en el 2012, las próximas potencias se convierten en fuertes por tener esa cosa que las finanzas anulaban: gran territorio y una notable cantidad de personas en él? Piensen en los BRIC, por caso --.

Ascético, el film no se demora en ninguna otra cosa que no sea el conflicto económico, y si bien no es una de las películas que quedaran grabadas en la historai de la humanidad, sí demuestra con creces que, para contar este tipo de historias, no hay que hacer otra cosa que recurrir a la muestra casi documental de lo que realmente sucedió y no aligerarla con "grandes personajes" o "grandes dramas personales"... Eso, mis queridos, es caer en la trampa de un sistema económico que, como mínimo, ya no es el mismo.

tres estrellas