Sabemos que el cine norteamericano se basa en algo indiscutible: su capacidad para fetichizar a sus estrellas. Si en esas andamos, no nos tiene que sorprender para nada que una película como "My Week With Marilyn" resulte tan encantadora precisamente por ello, por mostrar como son las estrellas detrás de su máscara hollywoodense en otro esfuerzo por... Hacerlas todavía más míticas. No hay mejor forma que transformar a una persona en unn mito al tratar de mostrar esas debilidades que la hacen terriblemente humana, como si en el fondo esa "humanidad" no fuera otro elemento medular para llegar a lo "no-humano", "inhumano" de una auténtica estrella, una sombra que vemos en cada película que logramos poner en la tele o en la gran pantalla, una imagen absoluta que, ahora, resulta todavía más inalcanzable.

Basado en el diario de un director-productor que, en sus inicios, apenas era el Tercer Asistente del Director, colin Clark -- personificado por Eddie Redmayne -- en una película memorable como "The Prince and The Showgirl" (1957), cinta que en su momento reunió a dos de las indiscutibles estrellas de un lado y otro del continente, Sir Laurence Olivier y Marylin Monroe, interpretador por el genial Kenneth Branagh y por Michelle Williams -- aquí, absolutamente sorprendente --, esta película se encarga de mostrar el backstage de todo el proceso de filmación y se concentra, sobre todo, en el personaje de Monroe, alguien que tarda en llegar a los ensayos, que se demora muchísimo en salir a escena una vez en el set, que necesita de varias tomas para llegar a algún lado y que, encima, precisa las aclaraciones de Paula Strasberg/Zoë Wanamaker, una representante de la escuela de Lee Strasberg y portaadora de los secretos de "el método". ¿Qué es esto? Recordemos, al técnica desarrollada en el "Actor´s Studio" norteamericano en donde se formaron las grandes estrellas del cine y en donde, también, se llevaron adelante las investigaciones del método de Konstantín Stanislavski, esto es, aquello de trabajar el personaje, asegurarse de tenerlo internalizado y atado con garras y todo a la personalidad del actor. La diferencia con el método de un shakespereano como Olivier son claras: memorizar la línea, recurrir a una expresión desmedida -- propio del teatro, en donde ninguna cámara toma los pequeños gestos o los silencios y en un lugar en donde todo debe hacerse en voz alta y "sobreactuada" --.

Entre una forma de ver el cine y otra, la película llega rápidamente a la conclusión de que ambos métodos están en un conflicto temporal: Olivier quiere sumar puntos en el nuevo medio, el cine, y Monroe es ya el arquetipo de lo que una estrella hollywoodense debe ser; alguien que demora en sacar a flotar el personaje, que debe basarse en una interminable sucesión de tomas para lograr algo pero que sabe cuál va a ser el resultado en la gran pantalla. Alguien con carisma para la cámara, es eso, estrictamente, lo que Marylin Monroe representa aquí y, quizás, en la historia del cine.

Entretenida, con fuertes comentarios acerca de la industria del cine, con terribles retratos de lo que el mito le hace a la persona, "My Week With Marylin" es una película sencilla que no deja de mostrar cómo se hace una cinta en todos sus órdenes, desde los técnicos hasta los terriblemente humanos. No duden ni un segundo que, apenas terminada de ver, vamos a tener la urgencia de poner una cinta de doña Monroe en nuestra TV o DVD.

tres estrellas