Es posible que Roger Corman no haya dirigido ninguna obra maestra en toda su extensa carrera cinematográfica. Es probable que no haya tampoco producido ni escrito ninguna de las mejores películas estrenadas en los últimos sesenta años. Otra cosa son sus cameos en filmes como The Godfather - Part 2 o The Silence of the Lambs. Pero es innegable que este cineasta estadounidense ha sido uno de los grandes y mejores mentores e impulsores de las carreras de cineastas contemporáneos como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Joe Dante o Jonathan Demme. En reconocimiento la Academia de Hollywood le entregaba en el año 2009 un Oscar honorífico.

Los que nos animamos a ver sus películas, nos acercamos a ellas siendo conscientes, no ya de que son productos de serie B, sino que están llenos de grandes dosis de sentido del humor. Probablemente el mismo que él se toma cuando alguien decide hacer una nueva versión de cualquiera de sus películas, como sucedió cuando un remake de The Little Shop of Horrors, una de las cuatro películas que dirigía y estrenaba en 1960, en la que participaba un jovencísimo Jack Nicholson.

Seymour Krelboin (Jonathan Haze) es un joven dependiente de una floristería que está enamorado de su compañera de trabajo, Audrey (Jackie Joseph), pero ella está enamorada de un sádico dentista (Jack Nicholson). Justo después de un eclipse, Seymour compra una extraña planta a la que bautiza como Audrey II. Se trata de un insólito espécimen nunca visto de planta carnívora que crece muy rápidamente, en parte gracias a que el propio Seymour se encarga de alimentarla, primero con su propia sangre, después con la de otros. Motivo por el que se convertirá en una celebridad en su barrio, para bien y para mal.

Si un servidor está habitualmente en contra de remakes es, sin duda, porque ninguno de ellos es tan original, fresco y divertido como la versión que Frank Oz dirigiera en 1989, a partir del musical con el que Howard Ashman y Alan Menken adaptaran la historia original que escribiera Charles B. Griffith para la película de Corman. Y es que no se limitaron a componer un puñado de fabulosos y espléndidos números musicales, sino que le dieron una vuelta de tuerca a la procedencia de la planta carnívora, convirtiéndola en una especie vegetal/animal del espacio exterior que había llegado a la Tierra en busca de materia prima para su subsistencia: carne, liberando a Seymour de su responsabilidad homicida, aunque en parte alguna tuviera.

Frank Oz fue uno de los grandes colaboradores de Jim Henson desde los años sesenta, que debutaba como director junto a su mentor en 1982 con The Dark Crystal, una auténtica joya del cine de animación. Después de dirigir en solitario The Muppets Take Manhattan, de aparecer fugazmente en filmes como The Blues Brothers o An American Werewolf in London, y de poner voz a Yoda en The Empire Strikes Back y Return of the Jedi, Frank Oz se disponía a dar un paso más en su reanimación personal como director de comedias con Little Shop of Horrors.

Y lo logró. Protagonizada por Rick Moranis, Ellen Greene, Vincent Gardenia, Steve Martin, las intervenciones estelares de James Belushi y John Candy, y la espectacular aparición de Bill Murray, su película se convirtía en una de las sorpresas de 1986. Dos nominaciones a los mejores efectos especiales y la canción Mean Green Mother from Outer Space, así como dos nominaciones a los Globos de Oro en las categorías de mejor banda sonora original, compuesta para la película por Miles Goodman, y a la mejor película en la categoría de comedia, no reflejan, ni de lejos, el placer que supuso para un servidor disfrutar de una película tan entrañable, encantadora y divina de la muerte.

Vista con la distancia del tiempo hay elementos de la película que probablemente hoy en día se considerarían escandalosos, como que el dentista sea además motero, vista cuero negro y sea un auténtico sádico que disfruta infringiendo dolor a la gente (y a Audrey); o que algunos de sus pacientes sean precisamente masoquistas encantados de sentir en sus carnes sus "delicias". Pero quizás eso sea en realidad un valor añadido a una película que gana con el tiempo, justamente al contrario que la película original de Roger Corman. ¿Y qué me dicen de ese delicioso coro griego formado por esas tres fabulosas afroamericanas que con sus nombres homenajean a grupos de los cincuenta y sesenta como The Ronettes, The Chiffons o The Crystals?

Ellen Greene sería la única actriz que repetiría el papel que había interpretado ya en Broadway, aunque no lograría con ello desarrollar una sólida carrera cinematográfica, aunque participaría en filmes como León, algún episodio de The X Files, o participaría en series de televisión como Out of Jimmy's Head, Pushing Daisies, Heores o The Young and the Restless. Puede que Rick Moranis ya fuera conocido tras su participación en Ghostbusters, pero me atrevo a decir que su participación en Little Shop of Horrors fue lo que le llevó directamente a Spaceballs, así como a Disney, donde protagonizaría otro de sus personajes más entrañables en Honey, I Shrunk the Kids y su secuela. Algunos ya conocerían a Steve Martin por su participación en Pennies from Heaven, pero para un servidor, aquí fue descubierto, así como debió serlo también para el propio Frank Oz, quien después le llamaría para títulos que dirigiría posteriormente como Dirty Rotten Scoundrels, Housesitter o Bowfinger.

Aunque quien mejor aprovecharía las aportaciones de Little Shop of Horrors, sería precisamente Disney, que incorporaría a su plantilla regular a los dos compositores de las canciones de la película, Alan Menken y Howard Ashman, que serían después parcialmente responsables del renacer y esplendor de la compañía a finales de los ochenta y principios de los noventa gracias a las bandas sonoras que compondrían para filmes como The Little Mermaid, Beauty and the Beast y Aladdin. Si podíamos disfrutar de la música de Menken en la reciente Tangled, Ashman fallecía en 1991 a la edad de cuarenta años, dejando incompleto este prodigioso tándem musical.

Notorios son también los nombres de quienes, por distintas razones, declinaron (afortunadamente en algunos casos) participar en el proyecto, como Cindy Lauper y Madonna, que fueron consideradas para interpretar a Audrey; Eddie Murphy que iba a poner voz a Audrey II, la planta carnívora; o Martin Scorsese y John Landis que estuvieran en algún momento dispuestos a dirigir la película. Quizás no incluyera a Seymour en aquel ranking de los mejores nerds cinematográficos, pero sin duda, merecería un puesto, de la misma manera que Little Shop of Horrors lo tiene en uno de mis placeres culpables, del que no me arrepiento en absoluto.