Es curioso que a pesar de que tengan un jurado diferente en cada edición, se pudiera encontrar un denominador común entre las películas premiadas en festivales como Cannes, Berlín, San Sebastián o Venecia. Es evidente que siempre hay excepciones, pero pareciera que cuando los premios de Cannes tienden a mirar más occidente que a oriente, en Berlín hay una tendencia hacia el cine más independiente, en San Sebastián prefieran las propuestas más experimentales y en Venecia, aparte de mirar más a oriente que a occidente, suelen premiarse obras densas y metafóricas que, en muchos casos resultan duras para el espectador medio, como es el caso de Faust.

Baste señalar que se trata de la tercera película de producción rusa que se lleva el León de Oro -después de Urga, dirigida por Nikita Mikhalkov, y Vozvrashcheniye (El regreso), dirigida por Andréi Zviagintsev hace ocho años-, y que está dirigida por Aleksandr Sokurov, considerado por algunos como el sucesor del gran cineasta Andréi Tarkovski. Igual que este, todos sus relatos están construidos a partir de unas poderosas y muy concretas premisas de estilo y estética, además de una considerable carga metafórica que podría defraudar considerablemente al espectador incauto que se dispusiera a ver cualquiera de sus propuestas sin estar avisado de antemano.

Adelantar que si Hanna Schygulla está absolutamente inquietante en su metafórico personaje, Isolda Dychauk está completamente arrebatadora como la representación de la belleza y la pureza. Pero todo el peso de la película recae en las impecables y absorbentes interpretaciones de Johannes Zeiler y Anton Adasinsky como Fausto y Mefistófenes, representado tan apropiadamente, para esta época en la que estamos, que por un prestamista.

De entrada, el propio Sokurov parece advertirnos que Faust no debe ser observada desde la misma óptica que cualquier otra película contemporánea ya desde el primer plano de la película, tanto por el formato que utiliza, casi cuadrado, como por las deformaciones visuales que proliferarán posteriormente a lo largo del relato, nos obliga inmediatamente a cuestionarnos el sentido de lo que estamos viendo. Estamos pues ante una obra para disfrutar como la expresión artística de un cineasta que se acerca más a la sensibilidad de un pintor que a la de un escritor pues, a pesar de la densidad del texto, es con imágenes con lo que trata de transmitir las emociones de sus personajes.

Además de las distorsiones, están los efectos ópticos y una fascinante fotografía, responsabilidad de Bruno Delbonnel -Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, Infamous, Harry Potter and the Half-Blood Prince o próximamente Dark Shadows-, en la que los personajes llegan a fusionarse en muchos momentos con los decorados por los que se mueven en una paleta cromática muy limitada y en la que si apenas hay lugar para el color, sí desarrolla un elaborado abanico de texturas que forman en algunos casos, parte misma de la piel de algunos personajes.

A pesar de que algunas versiones previas de la misma obra de Johan Wolfgang Goethe puedan estar más vinculadas con el terror, no es este el caso. Aunque si no faltan rasgos terroríficos en la adaptación de Sokurov, nunca están con la intención de crear suspense o misterio, sino para alcanzar una atmósfera adecuada para esa lucha entre el bien y el mal en la que se mueve el personaje protagonista. Y también a pesar de las bondades visuales e interpretativas, quizás haya alguna descompensación en el ritmo del relato que si en algunos momentos consigue atrapar al espectador, en otros se pierde en los devaneos y disertaciones de los personajes. A pesar de ello, la poderosa capacidad visual de Faust se impone favorablemente para el espectador, nuevamente, siempre que estuviera avisado del tipo de obra al que se iba a enfrentar, de la misma manera que sucedía con las impactantes obras de Tarkovsky.

3 estrellas