Después de vender millones de copias en todo el mundo, de que algún amigo o conocido te haya contado la historia (si no la has leído tu), y de tener ya una adaptación cinematográfica sueca de las novelas, bastante decente, parece que poco más queda por contar de la trilogía de Stieg Larsson que no se sepa ya. ¿Entonces por qué un cineasta como David Fincher, con la cantidad de proyectos que debe tener en cartera, a cada cuál más interesante, ha decidido retomar una historia tan conocida por todo el mundo? Además, hay que tener en cuenta que la trilogía sueca es de hace apenas tres años, ¿tan insatisfecho quedó Fincher con ella, que tenía la necesidad de hacer la suya propia?

Por ahora sólo podemos comparar la adaptación de la primera novela, puesto que a saber cuándo nos llegarán la segunda y la tercera entregas hollywoodienses. Pero hay que reconocer que Fincher consigue sacar mucha más chicha de la historia que Niels Arden Oplev: es lo mínimo que se le podía exigir a un director como él.

Película más larga, más oscura, mucho más visceral, más consciente de su propia historia y explotando sus puntos fuertes. Eso es The Girl With the Dragon Tattoo. ¿Y cómo lo consigue Fincher? Unificando cada uno de los elementos de la historia, de la propia producción, para ponerlos a las órdenes del conjunto y conseguir extraer de cada uno de ellos lo mejor que pueden dar. Por eso cabe destacar la música, el montaje, la fotografía, el guión o los intérpretes, pero a la vez nada de ello destaca en un conjunto en el que el nivel está muy alto.

Sin embargo, sí hay algo que destaca por encima de los demás, que demuestra la calidad que atesora en esta película, desde el principio hasta el final. Y ese elemento tiene nombre y apellido: Rooney Mara. Muchos estaban expectantes de si la actriz conseguía superar la interpretación de su compañera Noomi Rapace en las cintas suecas (sin duda, lo mejor que tenían). La respuesta es un rotundo sí: no sólo es un perfecto retrato de Lisbeth Salander sino que va más allá, también es un retrato de una generación de jóvenes apáticos, rebeldes e inconformistas que ven cómo el mundo se desmorona a su alrededor y ellos se debaten entre hacer algo o simplemente dejarse llevar. En el caso de Salander, su trauma infantil vivido por los continuos abusos de su padre la sirven para aceptar la petición de ayuda de Mikael Blomkvist (un correcto Daniel Craig) para investigar una misteriosa desaparición.

Ahí es donde hace especial hincapié David Fincher. Desde sus primeros trabajos, siempre se ha desmarcado por mostrar unos personajes muy peculiares, especialmente inestables, con unos demonios interiores que no se los desearíamos a nadie. Su peculiar manera de retratar estos personajes, con entornos oscuros, y sobre todo su efectiva manera de plasmarlos en pantalla, es lo que le han llevado a convertirse en lo que es actualmente. Sus personajes son los pilares de la historia, alrededor de los cuales gira toda la trama, y esta película no es una excepción. Le da una importancia capital a retratarlos correctamente, a definirlos y a pulirlos por igual. Desgraciadamente las interpretaciones de los dos protagonistas no están muy igualadas, y eso se nota en la alternancia de las subtramas.

Pero, como comentaba antes, Fincher cuida mucho otros detalles de su película para que todo el conjunto luzca más y mejor. Un apartado especialmente recalcable es la banda sonora, de nuevo realizada por Trent Reznor. El año pasado ya fue galardonado con el Oscar por este mismo trabajo por The Social Network, aunque este año no haya entrado en las nominaciones. Sin embargo mucho mérito tiene lo que ha hecho con la música en la película, aunque ya sabemos que Fincher para ese tema es muy perfeccionista, pero igualmente cada momento musical encaja a la perfección en la película. Salvo uno, donde estoy de acuerdo con mi compañero Luis: eso de meter a Enya en una escena tan tensa y dura, no tiene ni pies ni cabeza. Encajaba más el rock que usó Sofia Coppola en Marie Antoinette que esto.

Pero si algo es especialmente desconcertante de la película, son los créditos iniciales. En ellos Fincher demuestra su pasado de director de videoclips, al igual que en la famosa secuencia de The Social Network. Utiliza una versión del Immigrant Song de Led Zeppelin, al igual que en el primer tráiler que apareció. La música la cubre todo, las imágenes se ponen a su servicio y todo el conjunto consigue hipnotizar al espectador de una manera aterradora. Además es toda una declaración de intenciones: sabemos que lo que vamos a ver va a ser una historia pura y dura de los peores instintos del ser humano, una bajada a los infiernos de hasta dónde es capaz de llegar el hombre para cumplir sus deseos más íntimos y rocambolescos: eso es precisamente lo que quiere y consigue Fincher con esta película.

4 estrellas