Por unos motivos o por otros, en los últimos años el cine iraní va adquiriendo una presencia notable en el panorama cinematográfico contemporáneo. Mucho mayor, sobre todo, si lo comparamos con cualquiera de sus países vecinos que pasan totalmente desapercibidos en cuestiones cinematográficas. Con su última películas Asghar Farhadi no sólo ha conseguido una proyección inmejorable para Jodaeiye Nader az Simin (A Separation), sino que tras conseguir el Globo de Oro a la mejor película en lengua extranjera, aspira a conseguir el Oscar en la misma categoría, así como también está nominado a mejor guión original. Y todo ello casi un año después de haberse coronado como la mejor película de la Berlinale en su edición de 2011.

La primera reflexión que me asalta tras ver su excepcional película es una especie de confirmación de la suerte que tenemos los que hemos nacido en Occidente en la época actual, pues pareciera que nacer en Irán hoy en día es similar a haberlo hecho en cualquier otra parte del mundo, pero en la Edad Media. En el periplo emocional por el que nos arrastran Nader y Simin, también se perciben las ventajas prácticas de ser católico en lugar de musulmán, pues si el musulmán tendrá que rendir cuentas de todas y cada una de sus acciones, el católico tan sólo tendrá que arrepentirse de corazón para poder ganar el perdón. Por último, queda perfectamente plasmadas las abismales diferencias entre hombre y mujer en Irán, teniendo ellos todas las ventajas y quedando ellas a merced de la voluntad de un hombre, particularmente las que viven su vida de una manera absolutamente tradicional.

Las señas de identidad que hacen destacar a Jodaeiye Nader az Simin (A Separation) asoman desde la primera secuencia de la película. Ese plano frontal de Nader y Simin exigiendo una solución a un juez ante su situación, plantea lo que en un principio consideramos será la línea argumental de la película, para pasar a un segundo término en cuanto surge el verdadero conflicto, que servirá para que el espectador desarrolle por sí mismo una respuesta al conflicto inicial.

Casi como una seña de identidad cinematográfica del cine contemporáneo, volvemos a presenciar una historia dramática, contada desde un punto de vista absolutamente naturalista que se torna una auténtica película de terror ante unos sucesos que en cualquier otra cultura no tendrían mayor trascendencia. ¿Quien quiere hacer una película de género cuando la vida es una experiencia tan terrorífica y traumática?

Al menos a un servidor le resultan tremendamente impactantes ciertos momentos del relato en los que la respuesta de los personajes resulta insólita en el mundo contemporáneo, como la llamada de teléfono que Razieh (Sareh Bayat), la mujer que Nader (Peyman Maadi) ha contratado para cuidar a su padre con alzheimer ahora que su esposa, Simin (Leila Hatami), no está para cuidarle. A partir de ese momento toda la película deja de tener esa vocación de cine social para convertirse en ese thriller psicológico que se te agarra al estómago y te atormenta continuamente con el mismo mantra: ¿quien querría vivir en Irán?

Pero dentro de un relato tan visceral hay que destacar el preciso uso que de la elipsis realiza Asghar Farhadi, dejando que el espectador interprete lo que sucede en aquellos momentos que no muestra, para que, al igual que los propios personajes tendrán su propia versión del conflicto que surge entre Nader y Razieh, cada espectador tenga su propia opinión y desarrolle su respuesta personal al conflicto inicial entre Nader y Simin.

Es curioso que Asghar Farhadi, director y autor del guión, se guarde mucho de mostrar su opinión acerca de sus personajes. Si desde luego los encuadres y el punto de vista de cada plano está perfectamente escogido para transmitir el infierno personal de cada uno de los personajes, no podremos encontrar ningún síntoma visual que nos indique que Farhadi está más cerca de uno que de otro personaje. Todos ellos tienen su propia razón y ninguno está realmente equivocado. Igualmente, quedo fascinando ante la resolución de la película que cerrando perfectamente los dos conflictos, deja la resolución abierta para que cada espectador tome su decisión.

Quien iba a decirnos que desde Irán llegaría una muestra tan emocionante y extraordinaria de un cine tan vivo y contemporáneo que además nos brinda una de las interpretaciones más brillantes y vibrantes de los últimos años. Si Peyman Maadi y Leila Hatami están espléndidos en sus respectivos personajes, la que consigue llevar al espectador a un auténtico estado de arrebato es la interpretación de Sareh Bayat. Un personaje al que amamos y odiamos, que consigue que le compadezcamos, que disculpemos su ignorancia, que nos solidaricemos de su situación, y que, a pesar de todo lo que sucede, que perdonemos todo lo que ha provocado.

Sin duda la empatía con todos y cada uno de los personajes es la mayor seña de identidad de Jodaeiye Nader az Simin (A Separation) pues el espectador se verá realmente incapacitado para tomar una decisión como la que tiene que tomar Termeh (Sarina Farhadi) en el final de la película. ¿Que harías tú, te quedarías a vivir en Irán?

5 estrellas