En 1994 los hermanos Ethan y Joel Coen ya se habían labrado una sólida carrera dentro del panorama cinematográfico independiente. Habían ganado el Gran Premio del Jurado en Sundance con su ópera prima, Simple Blood; tenían la Concha de Plata del festival de San Sebastián por Miller's Crossing y conseguían un fabuloso triple en Cannes con Barton Fink llevándose la Palma de Oro a la mejor película, a la mejor dirección y al mejor actor para John Turturro. Además todas sus películas habían funcionado bastante bien en taquilla, por lo que no es de extrañar que ante tan espléndido currículo la industria estadounidense estuviera deseando hincares el diente. Irónicamente y a pesar de que el público la recibiría con cierto agrado, The Hudsucker Proxy no cumpliría todas las expectativas de los ejecutivos de Hollywood. Si personalmente considero que tampoco es una de sus mejores películas, me despierta tal ternura que nunca puedo evitar volver a verla cada vez que la pasan por televisión.

Protagonizada por Tim Robbins, Paul Newman, Charles Durning y Jennifer Jason Leigh, el argumento de The Hudsucker Proxy se centra en torno al ingenuo Norville Barnes (Tim Robbins), que tras dejar a tras la vida en el campo se dispone a ganarse la vida en la gran ciudad. Desde un puesto sin importancia en una gran compañía, su carrera sufre un inesperado y meteórico ascenso cuando el director se suicida saltando desde una ventana para terminar aplastado en el asfalto de Nueva York. La responsabilidad de su nuevo cargo es muy alta, pero sale airoso de su primera propuesta: el hula-hoop. Sin embargo, quien le ha nombrado en el cargo está preparado para ponerle la zancadilla, así como una intrépida periodista está convencida de que no es más que un impostor.

Tanto por la época en la que se desarrolla la trama, los años treinta posteriores a la Gran Depresión, como por el desarrollo de algunas de las acciones, como que la película comience en Nochevieja con su protagonista a punto de salar de la cornisa de uno de los edificios más altos de Nueva York, la aparición del directivo suicida convertido en ángel con regalillo de Navidad y, particularmente, el personaje de Jennifer Jason Leigh, trasunto del que interpretara Barbara Stanwick en John Doe, nos sitúan directamente en el espíritu del cine de Frank Capra. Desde mi punto de vista la revisión que de algunos géneros han realizado los hermanos Coen no se realiza sobre la renovación que se produjera en los años cuarenta por aquellos cineastas de la Generación Perdida, como John Huston, Elia Kazan, Fred Zinnemann, Billy Wilder o George Stevens, sino sobre las obras que surgieran en la denominada era del New Deal en la que proliferaran Frank Capra, Howard Hawks y sus comedias alocadas.

The Hudsucker Proxy encierra también citas a filmes previos de los Coen: el nombre de la fábrica que da nombre a la película aparecía en los uniformes de unos trabajadores en Raising Arizona, al igual que la canción que Waring Hudsucker (Charles Durning) canta cuando se aparece en forma de ángel es la misma que cantaban Gale (Nicolas Cage) y Evelle (Holly Hunter) tras secuestrar a su pequeño también en Raising Arizona, en la que el personaje que interpreta John Goodman utiliza un alias, Karl Mundt, nombre con el que es acreditado el propio actor en un cameo que hace en The Hudsucker Proxy. Las conexiones también nos llevan al universo de Sam Raimi pues "Hudsucker Proxy" era uno de los encantamientos del Libro de la Muerte en Evil Dead II. Y es que Sam Raimi tuvo también su parte de responsabilidad en la película de los Coen.

Conocido por aquel entonces por sus logros dentro del cine gore con The Evil Dead y sus secuelas, o Darkman, cuya protagonista femenina era, precisamente, Frances McDormand, Sam Raimi estaba acreditado como guionista junto a Joel y Ethan Coen. Dice la leyenda que los hermanos Coen invitaron a Raimi a dirigir alguna de las secuencias de la película, concretamente la que ha terminado siendo mi favorita: la del niño probando el hula-hoop. Se trata de una larga secuencia en la que se sintetiza el paso del invento de diseño hasta su fabricación, su bautismo, el proceso de distribución y los largos minutos en los que esperan los resultados de la acogida del público ante el nuevo juguete.

Toda la secuencia transcurre al ritmo que marca el Adagio del ballet en cuatro actos Espartaco, compuesto por el compositor de ascendencia armenia Aram Khachaturyan. El momento culminante comienza tras abaratarse considerablemente el precio del producto. Dado que nadie parece estar interesado en comprar el novedoso objeto, un vendedor se deshace de sus hula-hoops, arrojándolos entre un montón de basura en el callejón de atrás de su establecimiento. Pero un hula-hoop rojo sale rodando, y termina por azar a los pies de un niño que, ante la mirada atónita de otros niños y niñas de su edad, demuestra las prodigiosas posibilidades del cilíndrico objeto. La profesionalidad el actor infantil es tal que se presentó al casting portando su propio hula-hoop y debo confesar que cada vez que veo esta secuencia, no puedo evitar emocionarme, como espero les suceda a ustedes.