Nunca me atrevería a decir que se pudiera aprender historia con ningún cineasta. Está claro que cualquier filme de ficción, por muy basado en hechos reales que esté, nunca está exento de ser una obra subjetivida, incluso si es un documental o aunque estuviéramos hablando de un libro, incluso de historia. Pero gran parte de la filmografía de Clint Eastwood, al igual que la de Olive Stone, parece construida de grandes frescos que trataran de capturar la esencia de los momentos más característicos de la historia de su país. Si en el caso de Stone su visión de los Estados Unidos es mucho más sensacionalista que la de Eastwood, además de ubicarse en un análisis político diametralmente opuesto, la del director de J. Edgar es mucho más sosegada, analítica y, lo más interesante, reflexiva, lo que hace que sus obras sean mucho más interesantes.

A través de la deconstrucción (más que reconstrucción) de un personaje tan controvertido como el de J. Edgar Hoover (Leonardo DiCaprio), Clint Eastwood consigue deconstruir el sentimiento de lo que los estadounidenses consideran patriotismo. Para ello, en lugar de poner el acento en la parte profesional del personaje, lo hace en la personal -aunque estamos hablando de un individuo que vivió para su trabajo-, mostrando a una persona vulnerable, reprimida y temerosa de que saliera a luz su verdadera identidad. En definitiva, que todos le vieran como lo hace como su compañero inseparable Clyde Tolson (Armie Hammer): "un hombrecito horrible, miedoso y sin corazón".

De la misma manera que los frescos Giotto di Bondone en Las escenas de la vida de Cristo narraban cual viñetas diferentes episodios del Nuevo Testamento, Clint Eastwood contribuye a crear una unidad estética en su filmografía la reiteración a colaborar con un mismo director de fotografía desde Blood Work, Tom Stern. Igualmente, la partitura compuesta por el propio Eastwood, contribuye a crear una especie de vínculo que une casi toda su filmografía más reciente, que responde a su manera concreta de entender la vida. Además, Clint Eastwood se une incuestionablemente a la liga de los auters, a la francesa, defendidos en los años sesenta por François Truffaut desde Cahiers du cinema, pues consigue hacer suyo el inteligente texto de Dustin Lance Black, que fuera ganador del Oscar por su guión de Milk.

En la paranoia de Edgar por buscar criminales donde no los hay, de maneras bastante cuestionables e inmorales, podemos encontrar el síntoma de todo un país que, en su afán por convertirse en el más seguro del mundo, tan sólo ha conseguido posicionarse como el más odiado, sin ser, ni mucho menos, seguro. En el subtexto de la película subyace una profunda reflexión sobre la ideología, no tanto sobre la del personaje, sino sobre aquellos individuos que se niegan a evolucionar con el paso de los tiempos y no ven más que los mismos enemigos en objetivos diferentes. Casi podríamos aplicar al personje aquello de que "piensa el ladró que son todos de su condición", siendo esta la máxima de un país para el que todo lo que venga de fuera es un potencial enemigo. Lo que nos lleva al asunto de la represión, ya no sólo sexual, sino completamente personal de un individuo que estaba obsesionado con las apariencias, sin importarle, de hecho ,cómo fueran las personas, sino aquello que transmitían, por eso era capaz de despedir a una persona eficiente tan sólo porque utilizaba un traje demasiado llamativo.

Si llamativo y hasta notable es el esfuerzo de Leonardo Di Caprio, no deja de ser en todo momento un actor disfrazado y excesivamente maquillado que, curiosamente, pareciera pretender parecerse más al propio Clint Eastwood que a su personaje, lo digo sobre todo por la modulación de su voz, particularmente cuando funciona a modo de narrador, cuya lentitud y cadencia parece emular a la de su director. Si las interpretaciones de Judi Dench y Naomi Wats son extraordinariamente precisas y contundentes, viendo en todo momento a sus personajes y nuca a las actrices -incluso en el caso de esta última con las capas de maquillaje que tiene que aguantar en una parte de la historia-, quien se destaca como un magnífico descubrimiento consiguiendo una interpretación llena de sutilezas es Armie Hammer como Clyde Tolson. La diferencia fundamental entre la interpretación de DeCaprio y la de Hammer es que mientras que el primero tiene que llegar a pronunciar las palabras para que sepamos lo que piensa, en el caso de Hammer no necesita hablar, sabiendo siempre lo que piensa y siente su personaje (¿quizás no le dijeron a DiCaprio que su personaje era homosexual como ocultaran a Charlton Heston cuando hizo Ben-Hur?)

Al igual que hiciera en Changelling o en Flags of Our Fathers, Clint Eastwood recurre nuevamente a las alusiones cinematográficas del período para mostrar la incidencia e influencia del cinematógrafo en la sociedad del siglo XX y viceversa, lo que unido a su cualidad de continuación con respecto a la historia estadounidense, coloca a su película dentro de el grupo de filmes de este año que volvieron la vista atrás en su reivindicación de los orígenes y precedentes del cinematógrafo.

Lo que Clint Eastwood también demuestra, no sólo con esta película, sino con todas las de su filmografía, no es su magnífica madurez intelectual, sino su capacidad para ponerse en el lugar del otro, cuyo ejemplo más claro sea el doble ejercicio que supuso Flags of Our Fathers y Letters from Iwo Jima, lo que hace que su reflexión y análisis, tanto sobre el individuo como sobre la sociedad de su propio país, mucho más fiable y certera que las efectistas aproximaciones de Oliver Stone, sin menospreciarlas en absoluto.

3 estrellas