Cada película de Woody Allen que se pueda disfrutar en la gran pantalla es una celebración en sí misma, de más está decirlo. Está bien, sí, soy un fanático desbocado, lo entiendo (a las pruebas me remito). Pero creo que, en una cartelera circunstancialmente repleta de cintas referidas al mundo de los más pequeños con el objetivo de consolarlos en lo que se conoce como el receso de invierno en diversos países del mundo (o de verano, depende en qué punto del globo nos ubiquemos), poder disfrutar de una película repleta de referencias internas, intertextualidades, señalamiento a obras tan impresionantes como A Moveable Feast (1964) de Ernest Hemingway... Quiero decir, una de esas obras en las cuales podemos encontrar otras, el sedimento de lecturas, la espectacularidad en el manejo de referencias: todas esas cosas hacen de "Midnight in Paris" una película excepcional, una de esas cosas que se sienten en algún oscuro punto del paladar, como uno de esos pequeños placeres que hacen a la vida.

La película cuenta la historia de Gil, un guionista (Owen Wilson) que nota que su vida está un poco perdida en la medida en que nunca se animó a vivir según lo que le dictaba el corazón, esto es, quedarse en París y tratar de terminar su novela. Junto con él está su prometida, personificada por la terriblemente bella (y casi igual de insoportable en esta cinta) Rachel McAdams, quien lo insta a poner los pies en la realidad. Y aquí está el problema: Gil va a tener todo menos los pies en lo real, en la medida en que una noche, luego de las doce, un auto pasa a buscarlo en una esquina con nada más ni nada menos que Francis Scott Fitzgerald y Zelda, la mujer que lo haría perder la cabeza, pero que no por eso implicaría que nos deje sin obras ten impresionantes como The Great Gatsby, entre otras.

A partir de este punto, lo que tenemos es una sucesión de personalidades que conforman eso que Gertrude Stein había denominado como "la generación perdida": una serie de jóvenes que desfilan entre un bar y otro escribiendo o pintando o filmando o sacando fotografías... O sencillamente paseando por las calles, entregándose a los placeres de la vida al mismo tiempo que sumergiéndose en la producción artística. En el medio de ese ambiente, Gil se sentirá más que cómodo y tendrá que lidiar con el hecho de que, por mucho que nos guste el pasado, es bastante probable que no sea nuestro lugar.

La cinta es una hora y media que nos entrega a una hermosa ensoñación, no diría una pausa, pero sí un disfrute que, sin muchas pretensiones, sólo quiere dejarnos una buena obra: una cinta que cierra por todos lados, incluso, en su casi exacta duración -- ahora que todos los tanques tienen una duración promedio de tres horas, se agradece --.

"Midnight in Paris" es una excelente cinta, lo vuelvo a decir, que vuelve a dar ganas de ir al cine en lugar de quedarnos en casa dependiendo de lo que se suba en tal o cual página... El cine como evento no necesariamente tiene que ver con los efectos especiales, a veces, las más lindas, tiene que ver con esta especie de vuelta al lugar crítico de la gran pantalla, al espacio por excelencia que una vez se supuso como parte del arte de masas y ahora está medio en desuso. ¿Vendrá a buscarme también a mí un auto para llevarme al París de los años cincuenta, sesenta?