Hay veces, cuando terminas de ver una película, que sabes que lo que has visto es una obra superior a las demás, diferente y grandiosa, que recordarás durante muchos años y que recomendarás a todo el mundo. Lamentablemente esta sensación, que provoca la pasión que tenemos por el séptimo arte, se da muy pocas veces. Pero además de ella, hay otra mucho más rara que es la que se experimenta mientras se está admirando dicha película, y que antes de acabarla ya te das cuenta de que lo que ves no es una obra artística normal, sino que va más allá de cualquier expectativa.

Tengo que confesar que esto último es lo que me ha ocurrido con la última gran(dísima) obra de Darren Aronofsky. "Black Swan" llega con las credenciales de inaugurar el pasado Festival de Cine de Venecia, donde desconcertó al respetable con su propuesta y con una larga lista de nominaciones a numerosos premios. Todo ello está más que justificado puesto que la película supone el punto álgido en la carrera de Aronofsky, aunque ya cuenta con una filmografía más que interesante.

El director es un perfecto conocedor del material con el que está trabajando, y demuestra en cada plano que sabe lo que quiere mostrar y cómo mostrarlo. El guión de la cinta, aunque no es malo, tampoco es que sea lo más destacado de la misma: lo más interesante es cómo muestra Aronofsky todo lo que hay en el texto previo en la pantalla. Básicamente trata la historia de una compañía de ballet, y concretamente de su bailarina principal interpretada por Natalie Portman, durante el trabajo previo al estreno de una nueva versión de El Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. El director toma esto como base para luego explayarse sobre complejos y universales temas como la dualidad, la ambición humana o ese lado oscuro que todos llevamos dentro, aparte de otros más concretos como la presión de los artistas y los sacrificios que conllevan alcanzar el auténtico arte.

Para ello, Aronofsky utiliza como excusa la obra del compositor ruso aunque hace una reinterpretación de toda ella. La historia de Tchaikovsky habla de dos cisnes, uno blanco y otro negro, y cómo el primero de ellos deben convivir con que su amor verdadero elija a su gemela malvada, lo que la lleva al suicidio. Tomando esto como base, Aronofsky teje una compleja tela de araña que profundiza en el personaje principal, en sus sentimientos más primitivos y en cómo se relaciona con el resto de los personajes. La dualidad del personaje de Portman supone una contraposición al que pudimos ver en el que interpretó Mickey Rourke en "The Wrestler": mientras Nina es bella por fuera y oscura por dentro, Randy es todo lo contrario, un luchador que esconde auténtica belleza en su interior.

La puesta en escena que lleva a cabo para todo ello es simplemente sorprendente. Sólo con la escena del prólogo ya podemos apreciar las intenciones del espectador y todo lo que nos quedará por ver durante el resto del metraje. Consigue una perfecta conjunción entre la magnífica banda sonora, los pasos de baile de los actores y la cámara, cuyos movimientos consiguen que el espectador se sienta parte de la coreografía y le introduzca dentro de la acción. A partir de aquí, es casi imposible despegar los ojos de la pantalla durante el resto del metraje. Esta puesta en escena, más visceral y visual, con planos impactantes, se asemeja más al estilo que demostró en "Requiem for a Dream", con bastante uso de los planos detalle en las escenas más desagradables. Sin embargo también existe la simbología que tanto desarrolló en "The Fountain" como el uso de los colores para demostrar esa dualidad y los sentimientos de los personajes. Lo mejor de todo es que consigue un perfecto equilibrio entre ellas dos, alternándolas para conseguir una mayor riqueza narrativa.

El reparto es un punto y aparte dentro de la obra, sin duda uno de los pilares maestros sobre los que se asienta toda la historia. La interpretación de Natalie Portman es, simplemente, magistral. Personalmente nunca la he considerado una gran actriz, aunque tampoco me parecía mala. Sin embargo estoy seguro de que tanto a mi como a todos los que hayan visto la película nos ha convencido de todas las posibilidades que puede llegar a tener como actriz. Y el papel no es nada fácil, puesto que tiene que representar esa dualidad de la pureza e inocencia con la locura e inestabilidad que vive la protagonista. La vida de Nina al tener que interpretar a los dos cisnes en la cinta es similar a lo que tuvo que vivir Portman para encarnar a la bailarina.

Pero su trabajo no es el único que cabe destacar dentro del reparto: los secundarios también intentan mantener el listón que tan alto pone la protagonista y nos dejan grandes trabajos. Aparte de el de Mila Kunis, son remarcables las interpretaciones de Vincent Cassel como director de la obra y Barbara Hershey como sobreprotectora madre de Nina.

Sin embargo, si hay algo que se le pueda achacar a la cinta para que no sea completamente perfecta —puesto que la perfección no existe— es que resulta demasiado evidente en su discurso, aunque no previsible. Es inevitable sentir que Aronofsky quiere dejar tan claro su mensaje, que el espectador entienda las intenciones de su texto, que utiliza numerosas alegorías para que no nos perdamos en ningún momento. Tampoco se produce una saturación de este recurso en el metraje, pero sí que es evidente que su utilización es mayor de la que debería. Además, mientras que el primer y el tercer tercio de la película son simplemente geniales, en el segundo decae levemente, introduciendo nuevos elementos que podrían haberse desarrollado de otra manera.

Pese a estos pequeños detalles, definitivamente nos encontramos con una obra tremenda, magistral y que estoy seguro de que Aronofsky tendrá muy difícil igualar en próximos proyectos. Además, el propio director es consciente de la grandeza de su película y al final de la misma la califica, en labios de Portman, como perfecta. Una clara referencia al final que planeó Tarantino para su "Inglorious Basters", una actitud tremendamente autoindulgente pero que en ambos casos, sobre todo en el de "Black Swan", está perfectamente justificada.