
Harvey Pekar es uno de los nombres más importantes en cuanto a la historia de los cómics se refiere. ¿Qué tiene que ver con el mundo del cine? Mucho, muchísimo, en la medida en que la manera en que se adaptó la biografía particular de Pekar, su obra en su totalidad es uno de los ejemplos de lo que tendría que ser una adaptación de un cómic a la gran pantalla, una labor coherente, que apueste por ser una obra en sí misma y no una mera reproducción de un “original”. La noticia en cuestión que nos obliga a volver a pensar en el particular aporte de este historietista es impactante: Pekar, de 70 años, fue encontrado muerto el lunes en su casa de Ohio.
Claro que, en el caso de este autor, los límites estrictos entre lo que es obra y vida son bastante difusos, digo, considerando que una de las puntas de lanza del trabajo de Pekar tenía que ver, precisamente, con contar la vida cotidiana de un hombre mediocre, en el sentido estricto, medio, atosigado por el trabajo, sin éxito sentimental, con serios problemas pero que después de todo elige seguir viviendo a su modo particular.
Con la fama alcanzada por el cómic autobiográfico que sacó al mercado en el circuito independiente en el año 1976 gracias a la ayuda de su amigo Robert Crumb, encargado de los dibujos de los primeros números, Pekar fue convocado para participar en populares programas como el de David Letterman en NBC; show en el que su salida terminó causando más impacto que todas sus presentaciones anteriores.
En la medida en que este espacio está dedicado al cine, no quiero dejar de aprovechar la ocasión para reflexionar alrededor del problema de la adaptación de historietas para la pantalla grande, estrategia que en los últimos años se ha empezado a explotar hasta el punto de que muchas productoras tienen los derechos de adaptación de historias que ni siquiera están terminadas, situación similar a varios y varios libros pensados originalmente para públicos masivos, operando antes por la supervivencia de la franquicia y no por la calidad de la historia —- pensemos en lo que recientemente ha sucedido con Miramax, sino —-.
¿Que distingue a “American Splendor” (2003) de cualquier otro trabajo de adaptación de cómics? En principio, la propuesta, la aceptación de una diferencia de base que obliga a repensar qué es una adaptación. Con estrategias metadiscursivas —- autorreferenciales: el cine dentro del cine, vean sino “Adaptation” (2002) —- utilizadas con sutileza, respetando un estilo antes que exhibiendo de manera grosera un saber que cualquiera que se haya detenido dos segundos en una obra podría realizar, la película logra poner en escena, ante todo, la soledad del hombre contemporáneo, alienado en cada una de las prácticas vitales que debe ejecutar todos los días.
Uno de los puntos más importantes de ese filme es el soberbio trabajo de Paul Giammatti, quien nos regala nuevamente una interpretación grandiosa por humilde, inmensa por meticulosa, adaptando gestos, tonos, realmente encarnando a Harvey Pekar. La escena que aparece al final de esta entrada es uno de los grandes momentos de Giammatti y el momento central del citado filme: ¿Qué hay realmente en un nombre?

El trabajo de los directores, Shari Springer Berman y Robert Pulcini, es también una de las notas a tener en cuenta en lo que respecta a este trabajo. En ningún momento se oculta que se está adaptando una historieta, sino que, por el contrario, retoman las complejidades que la obra original plantea y las mantienen en un trabajo pensado para otro medio, por momentos sucitando los cruces —- muy diferentes a tomar a la historieta como el storyboard de una película, cosa que ha sucedido con “Sin City” (2005) de Frank Miller y Robert Rodriguez —-, por momentos permitiendo cierto vuelo propio o incrustando en la cinta material de archivo correspondiente a la TV.
La desaparición de Pekar es una de las noticias más dolorosas para el medio historietístico y, si logran ver “American Splendor”, también para el mundo cinematográfico. Frente a las complejidades que cualquier obra suscita tanto para el pensamiento de lo estético como para cualquier instancia del pensamiento en general, sigue quedando la obra, la Obra, en mayúsculas, mejor, ese gran gesto ético, ese gran intento de poder entablar la compleja comunicación con algún otro siempre insospechado, imposible.
Vía: Heat Vision | Foto: Terra










Un tipo autentico y personal. Tambien me gusto mucho la pelicula.