
“Yo soy el amor (Io sono l’amore)” es una historia exquisita, deliciosa y sabrosa que, cocinada con mimo y esmero por Luca Guadagnino, ofrece una prodigiosa y maravillosa interpretación de Tilda Swinton.
La historia comienza en invierno en Milán, en un entorno urbano, frío y gris que contrasta con el calor de un hogar en el que Emma Rechi (Tilda Swinton) lo tiene absolutamente todo controlado hasta tal punto que ante un imprevisto, como el aviso de su hijo Edo (Flavio Parenti) que trae una invitada, Eva —-quien acabará siendo su prometida—-, no hay ni nervios ni prisas ni miedos… Otra cosa es la llegada de Antonio (Edoardo Gabbriellini), que siguiendo su instinto e impulsado por un sentimiento de gratitud acude inesperadamente a ofrecer un regalo: una tarta casera, cocinada por él mismo.
Los Rechi son una familia poderosa y lujosa, su fortuna proviene del negocio textil familiar que fundara el abuelo, quien en esta velada decide pasar el testigo, pero no ha una persona, sino a dos: su hijo Tancredi (Pippo Delbono), quien nunca le ha defraudado y ha sabido ser el hijo esperado —-la razón—-, y su nieto Edoardo, quien siempre ha sido fiel a su instinto —-el sentimiento.
A partir de este momento la trama se desenvuelve, principalmente, en dos niveles: el colectivo a través de la evolución del negocio familiar y las dificultades de tener dos cabezas opuestas, pues si Tancredi no tiene ningún escrúpulo en hacer lo que debe para incrementar la fortuna familiar, a Edo le duele romper una tradición que siente ligada a la memoria de su abuelo; y el personal centrado en Emma, quien descubre un fascinante mundo de pasión y emoción a través de un amante. Estas dos tramas no van separadas, sino que avanzan enrevesadas, conduciéndonos a un torrente de sensaciones que culminan en un intenso y emotivo final.
Igual que los grandes chefs condimentan sus platos con cuidado y esmero, añadiendo ingredientes en un determinado momento, esperando un punto de cocción, añadiendo un determinado caldo o aportando una guarnición que contrasta sabores, texturas y hasta colores, Luca Guadagnino nos conduce en su historia a través de un estudiado trayecto que prepara nuestros sentidos para recibir la emoción y la pasión consiguiendo con el espectador lo mismo que Antonio con Emma al cocinarle unas gambas: enamorarla y dejarla rendida al instante. Y al igual que los platos que cocina Antonio están elaborados con cosas sencillas y naturales que él mismo cultiva, las herramientas de Luca son básicas y sencillas: planos, encuadres, suaves movimientos y una estudiada composición que le lleva a resaltar las líneas rectas, pero desordenadas y caóticas que invaden lo urbano, en contraste con la exuberancia de la naturaleza salvaje en la que vive Antonio, sin orden ni concierto alguno.
Todo este torrente de emoción está coronado por una impresionante banda sonora compuesta por John Adams, compositor y director de orquesta norteamericano influido por John Cage, explorador de instrumentos electrónicos que encontrara en el minimalista una solución a su dilema creativo y que realiza en este filme su primera incursión cinematográfica.

Para apreciar la asombrosa interpretación de Tilda Swinton, que no sólo actúa sino que produce, es obligatorio ver la película en su versión original, pues su esfuerzo incluye aprender ruso e italiano. Pero lo que más impresiona es su capacidad para dejar asomar sensaciones, pensamientos y emociones con una trasparencia y naturalidad que nos transportan a sus mejores interpretaciones en aquellos títulos de Dereck Jarman o Sally Potter, poniendo en evidencia toda la ristra de directores norteamericanos que no han sabido (o podido) extraer de la actriz londinense tamaña maestría en el arte dramático. No debiera extrañar la compenetración entre actriz y director si recordamos que Tilda Swinton ya fuera protagonista de “Tilda Swinton: the love factor”, un corto documental que retrataba una conversación entre actriz y director acerca de cine, soledad y amor.
Aunque muy bien secundada por todos sus compañeros de reparto, es obligatorio resaltar otra auténtica recuperación, la que consigue una deslumbrante Marisa Berenson en un personaje alejado de aquellos otros lánguidos y contenidos que defendiera en “Morte a Venezia”, “Cabaret” o “Barry Lyndon”. La elegancia y distinción, innatas en ambas actrices, es aprovechada en sus distinguidos personajes que lucen un vestuario exquisito y delicado, acorde con el nivel social alcanzado.
Esperaremos pacientes la próxima muestra del buen hacer de Luca Guadagnino que si bien puede recordar a algunos filmes de James Ivory —-“A Room With a View”, principalmente—-, esta influencia parece estar asentada en su predecesor literario y la colección de heroínas que creara E. M. Forster, aunque mucho más todavía por otro clásico literario como la obra de D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley. Igual que esta última, puede que “Yo soy el amor” no sea un plato para cualquier paladar, pero no habrá duda alguna de que sea un exquisito manjar.![]()
Foto: I am Love Movie










Con muchas ganas de verla
Cuando salí del cine, tras la experiencia de ver esta pelicula, apenas pude hablar. Mi acompañante a la sesión me dijo ¿”no dices nada?” yo le repliqué “estoy en shock”.
Pensé en Rosellini y Fellini y en otros tantos que habían ya en su época pronosticado la muerte del cine. A igual que mi ex profesor de fotografía que nos dijo en clase que estudiábamos un arte muerto. Me pregunto porque esta gente no tiene la capacidad de Virginia Woolf de reconocer cuando se les acaba la inspiración (lo que es absolutamente comprensible en este oficio) y asumirla dignamente en lugar de adoptar una actitud soberbia y decir tonterías como la muerte del medio que les dio de comer.
Todo en esta pelicula está perfecto, desde la técnica hasta lo artistico y me sabe mal discrepar con Santiago Rubín de Celis (critico de Chaiers du cinema) que dice sobre su final “la tendencia al barroquismo que demuestra el film resulta contradictoria y no llega a cristalizar en una pelicula satisfactoria.” Todo va a favor del interior de los personajes y todo se encaja muy bien. La servidumbre ecaja como un guante en su equilibrio de acercamiento sentimental y distanciamiento formal a los jefes de la familia, tratandoles de usted sin dejar de abrazarles cuando estos reclaman su afecto. Algo digno de Robert Altman. La camara, los encuadres, y sobre todo la ausencia de palabrerías vanas la dignifica. Quentin Tarantino bien que podría conocerla y aprende de ella. Todo es efectivo y trabaja por el mismo fin con una economía de recursos increíble que hace con que la historia avance sin exprimirla artificialmente.
Ya le gustaría a Roberto Rosellini, el padre del neorealismo italiano, lograr en sus inicios un documental de insectos tan interesante y bien encajado como el que logró Luca Guadagnimo en esta obra maestra.
¡¡¡Qué gusto, por Dios!!!
Amén!!!
Todavía me niego a leer la crítica completa: la otra noche me quedé sin verla, no había sesión de 22.30! ups! Hoy lo intentaré de nuevooo
¿Todavías te lias con el camibio de hora, Esther?… jajajajaja…
Besos, guapa!!!
Para mi ya está dentro de mis favoritas del 2010, que elegancia…. Me encantó. Lo único que no me gustó es verle la cara a Tom Hanks, pero se lo perdono a Luca Guadagnino por el placer que sentí al ver su film.