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Quien quiera ver un documental sobre Woodstock, con sus míticas actuaciones, que busque un documental, un DVD musical del festival o los innumerables discos que debe haber al respecto. Lo que aquí Ang Lee nos presenta no trata sobre el festival en sí, sino sobre lo que había detrás, sobre sus cimientos, los ideales que lo crearon y la fiesta alternativa que tenía a su alrededor.

Utilizando como excusa e inspirándose libremente (lo que no indica una adaptación) en las memorias de Elliot Tiber (Demetri Martin) sobre los orígenes de este mítico evento, la película pretende recrear y rememorar unas sensaciones olvidadadas y obsoletas por nuestra sociedad actual.

Nos sitúa en las verdes y hermosas praderas del pueblo de White Lake, utilizando con ingenio la pantalla partida, que ayuda a esparcir nuestra atención ante las múltiples visiones y emociones que se vivieron aquellos días.
Nadie puede negarle al sabio Lee que sabe dónde colocar una cámara y como moverla sin que el espectador note su presencia, y es así como entramos de lleno en esos tres días de paz y música sin comparación alguno.

Es una historia sencilla al servicio de la nostalgia y el ambiente, más que para contar una historia al uso, contiene una multitud de personajes y actitudes tan vivas y tan bien recreados que, si no le pedimos lo que no nos quiere ofrecer y aceptamos lo que sí nos ofrece, hacen de esta aventura una fiesta tan emocionante como la que se relata de fondo.

No es casualidad que el protagonista jamás llegue a ver el festival, porque Ang Lee desea centrarse en el contexto, en sus vehículos pintados de colores psicodélicos y flores estampadas, las largas colas de gente que llenaban las carreteras y los lagos llenos de hippies bañándose completamente desnudos.

Ves la libertad y la ausencia de prejuicios, de esa gente danzando sin ropa con sana alegría e ingenuidad, llenos de amor por la música, alucinados por las drogas, amando al ser humano y no limitarse por la orientación sexual, dejándose llevar y siendo puramente uno mismo.

Desde el comienzo, con el retrato que se hace de la familia protagonista, la película se mueve en el terreno de la comedia ligera, y lo hace con gracia, algo a lo que ayudan las interpretaciones de los tres protagonistas, especialmente la hilarante Imelda Staunton. Me hubiera gustado que se profundizara un poco más en el poder político del festival, el cuál hubiera sido interesante capturar esa pugna.

Foto: REHAVYA